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Juan Carlos Gea

Contemplación e interpretación

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Francisco Fresno regresa a la pintura con una individual, mientras la revista «Diseño de Ciudad» dedica un reportaje a su escultura pública

Publicado en La Nueva España



En un texto para el número de la revista «Diseño de Ciudad» que aparecerá el mes próximo, el arquitecto Vicente Díez-Faixat pone en contacto la obra de Francisco Fresno (Villaviciosa, 1954) con los valores literarios que Italo Calvino examinó y ponderó en sus célebres Seis propuestas para el próximo milenio: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia. Y encuentra el autor del texto, en un repaso que incluye algunas de las piezas públicas más características del artista y algunos de sus proyectos recientes, que los seis parámetros se ajustan tan perfectamente a la obra plástica de Fresno como al ideal de escritura que prefiguró el escritor italiano. Recortes de luz y tiempo, la exposición que desde la pasada semana hasta el próximo 27 de junio exhibe el artista maliayés en la galería Gema Llamazares de Gijón, es una buena prueba de que, en efecto, las «propuestas» calvinistas encuentran una completa traslación en la poética y la práctica del Fresno que trabaja pensando en interiores. 

La muestra consta de tres series, basadas en la exploración sistemática de sendos motivos plásticos y ejecutadas con una mayor limitación de recursos materiales -que no conceptuales ni técnicos- de los que Fresno suele desplegar en una obra que siempre tiende a lo multiforme y en la que a menudo se diluyen las fronteras entre la pintura, el grabado, la escultura, el «collage» y el arte digital. En el caso de Recortes de luz y tiempo, el uso casi exclusivo de óleo y acrílico sobre papel o lienzo determina la muestra más puramente pictórica de las que el artista ha realizado en bastantes años; pero sin perder de vista en ningún caso que la pintura es, en este caso, la plasmación de un proceso mucho más complejo y prolongado, que incluye el uso de la fotografía y de medios de impresión y troquelado digital, presentes y al tiempo ausentes en la obra final, conforme a una dialéctica que está en la médula de la poética de Francisco Fresno. 

La seriación de estos «recortes» responde a los tres temas elegidos por el autor: en primer lugar, una serie de paisajes urbanos tomados de distintas localidades costeras asturianas; en segundo, una colección de pequeños modelos escultóricos en papel y, finalmente, una serie de sobrias estructuras geométricas que evocan, también, piezas escultóricas, aunque éstas, orientadas hacia unas proporciones y una gravidez que tienen que ver con lo monumental. Lo que tienen en común las tres colecciones es el modo en el que Fresno aligera, fragmenta, horada, erosiona, esencializa y, finalmente, enajena la identidad de los objetos elegidos hasta presentarnos lo que llama, respectivamente, «vestigios», «naturalezas quietas» (en un juego alusivo al término inglés para «bodegón»: «still life») y «pliegues». Tal como lo proclama el título, Fresno asume su tarea como análoga a la de agentes como la luz y el tiempo, que transforman, destruyéndolos, los objetos expuestos a su acción. El arte no preserva las cosas: busca sus partes blandas, perecederas, y las corroe; cataliza los procesos de destrucción natural y nos invita a seguir encontrando significado en sus ruinas. 

El resultado depara una transfiguración plástica (y poética) de lo más común y cotidiano que, en el caso de Fresno, siempre envuelve una doble intención que dota de su singular coherencia a toda la trayectoria del artista: de un lado, se busca la destilación de una belleza puramente formal a partir de un procesamiento de la realidad basado en la sensibilidad, el rigor y la experimentación; y de otra, se despliega una crítica «en acto» de nuestras convenciones preceptuales que se transforma, inmediatamente, en una invitación al espectador para reconfigurarlas desde sus propias facultades como sujeto. Fresno mantiene un profundo compromiso humanista, en la medida en que confiere al ser humano la capacidad de recomponer los fragmentos del mundo, dotándolos así de un cierto sentido. El arte -su capacidad seductora y sus métodos entre el juego experimental, el análisis crítico y la redención por la belleza- parece ser el mejor modelo por el que Fresno apuesta para obtener esa dosis, siquiera provisional, de significado. 

En este caso, los estímulos que el artista emplea para inducir al espectador a esa tarea se apoyan plenamente en la sensualidad y la riqueza de la materia pictórica. Fresno ha trabajado exquisitamente los fondos en cada una de las series, dotándolos de un protagonismo fundamental que contribuye al misterio tanto como a la fuerza física de las piezas y, sobre ese fondo, ha hecho destacar en un juego que siempre apunta al negativo -a la negatividad, la ausencia- tanto como a lo positivo -la presencia-, densas configuraciones de materia pictórica en las que recupera valores como la densidad, el color y la textura. Las estructuras evocan ruinas, construcciones imprecisas, signos y ritmos de una escritura desconocida, restos arqueológicos o figuras geométricas descompuestas en sus sombras y sus luces por una iluminación fantasmal y dramática. La belleza y una melancolía que homenajea a pintores como Luis Fernández, Morandi o Zurbarán -en el caso de los «pliegues»- emanan de estos «recortes» primorosamente troquelados por Fresno en esta muestra que incita con la misma intensidad a los placeres de la contemplación y de la interpretación.


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