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Crítica

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Luis Feás Costilla

M. Dixon, ventanas abiertas

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Publicadoe en La voz de Asturias



Mónica Dixon.
 Sala Murillo, calle Marqués de Pidal, 17 (Oviedo). Lunes a sábados, de 18 a 21.30 horas..
 25 de mayo.
Es la segunda vez que Mónica Dixon expone individualmente en la sala Murillo de Oviedo, después de compartir espacio con Bernabé Fernández Llana, a quien le une el interés común por los efectos de contraluz, más acusados, deslumbrantes y urbanos en el caso del pintor de Valduno, más sosegados, íntimos y recogidos los de la joven pintora de Nueva Jersey, licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Rutgers. Aunque norteamericana de nacimiento y educación y por parte de padre, Mónica Dixon Gutiérrez de Terán es asturiana por parte de madre, vive en Oviedo y en Asturias ha desarrollado la mayor parte de su carrera artística, desde que realizara su primera exposición individual en la Casa de Cultura de Salas en 1994, al tiempo que exponía en algunas colectivas en Filadelfia.
Desde entonces, se ha ido convirtiendo en una artista de los pies a la cabeza, que ha pasado de pintar botas y zapatos como registro del acontecer en el mundo a hacer interiores mucho más reflexivos, más pensados e intencionados. Lo que a la pintora de Nueva Jersey le interesan ahora son los umbrales, las puertas, los pasillos, los huecos de escalera, las habitaciones vacías con un gran ventanal al fondo, tomado como foco de luz que lo inunda todo pero con una sensación fría, despojada, entre paredes blancas que ya no parecen querer dar cobijo a nadie. Dixon muestra preocupación por el detalle, por el suelo de damero, por ese teléfono que va a sonar inútilmente, pero a lo que dedica mayor atención es a los efectos luminosos, a esa luz frontal que molesta a los ojos o a ese rayo solar que penetra de soslayo y rebota en el tabique, las contraventanas entreabiertas o los aparadores en medio del pasillo. A veces la representación fiel es perturbada por un efecto vorticista, en otras la mirada se detiene en huéspedes sorprendidos en su intimidad o se dirige al exterior, con una incidencia en el vacío que recuerda a la poética hopperiana y a su constatación metafísica de la soledad.
Fotografía: Pablo Lorenzana
Año de premios


El calendario, pero es entonces cuando se promueven, divulgan, fallan y reciben los más importantes galardones artísticos que en la comunidad existen, todos ellos de carácter bienal, por eso de dosificar las fuerzas, no tirar la casa por la ventana y hacer las cosas a su debido ritmo.
Sin obviar la importancia de algún otro premio de carácter anual también señalado, el hecho es que en este 2009 se vuelven a repetir las convocatorias de concursos tan significativos para la historia artística asturiana como el de la Fundación Laboral de la Construcción o el del Certamen Nacional La Gastronomía y la Pintura, uno de los más veteranos, prestigiosos y suculentos, que se falla hoy en el restaurante Casa Consuelo de Otur con cierto sabor agridulce por motivos personales, el fallecimiento de uno de sus más entusiastas promotores, el entrañable Roberto García. Este año también habría que esperar que se activara la Bienal Nacional de Pintura La Carbonera, en Sama de Langreo, aunque ciertas desavenencias surgidas en el seno de su organización podrían malograr su mantenimiento por parte del Ayuntamiento de Langreo, lo cual sería, desde luego, una pena. En cualquier caso, no hay duda de que cualquiera de ellos puede convertirse, para muchos artistas, en el ansiado trampolín desde el que dar doble salto y triple tirabuzón y zambullirse con fuerza en las procelosas aguas del mundo artístico, tan dado a la competencia y a las ahogadillas, y nadar ya sin miedo y mantenerse a flote en un año en que las mareas de la crisis vienen septembrinas. La condición es presentar una obra de calidad --sin que importe demasiado el tamaño o la técnica-- y dejarse arrastrar hasta el cálido resguardo de los fogones caseros.

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