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Crítica

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Juan Carlo Gea

La tentación del control

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Luis Fega ofrece una nueva síntesis de su poética, su repertorio formal y sus recursos técnicos en Grafías del olvido

Publicado en La Nueva España      

 «Me atrae la sinuosidad de las líneas curvas enfrentadas a lo hiriente de las rectas, el gesto azaroso dialogando con el trazo preciso, la contención frente a lo espontáneo... en definitiva, razón y emoción enfrentadas». El pintor Luis Fega (Vegadeo, 1952) escribía esto hace unos años, con ocasión de la edición en 2006 de un libro sobre su trayectoria titulado del mismo modo que la exposición con la que estos días ha vuelto a su galería de referencia, Cornión: Grafías del olvido. Planteaba así el pintor con la mayor nitidez la dialéctica de fondo que ha sustentado una trayectoria que se hace plenamente reconocible a partir de mediados de los noventa a cuya poética, radicalmente formalista, y a cuyos elementos se ha mantenido fiel Fega desde entonces.

Sin embargo, hay en estas nuevas Grafías del olvido un cambio muy notable respecto a las trazadas en todo ese tiempo: un cambio en el que el elemento recto, preciso, contenido y racional -por seguir la caracterización de más arriba- gana presencia frente al curvo, azaroso, espontáneo y emocional.

«Desde siempre ha aparecido en mi trabajo la geometría, pero siempre más supeditada a la expresión y el gesto. Ahora prima más lo geométrico», admite Fega, que arriesga varias explicaciones para esa deriva hacia el orden y el control: «Quizás sea que intento ser algo más reflexivo, que necesito algo más de sobriedad y meditación; pero también es porque encuentro que lo gestual está más gastado, más usado, y es imposible hacer con el gesto algo novedoso en pintura. Al atender más la geometría, lo complico, intento abrir las posibilidades de un campo de acción mayor uniendo dos elementos que casi siempre se dieron por separado», argumenta el pintor. Y se añade además una razón que «tiene que ver con que uno ya va cumpliendo cierta edad» y que afecta a lo que podría describirse como la economía del gasto en el acto mismo de la pintura: «El gesto agota mucho porque es incontrolable, y a menudo arruina en un minuto fondos que has estado preparando trabajosamente durante dos o tres días».

Lo cierto es que la obra reciente de Fega -que se despliega, sobre todo, en grandes formatos, pero también se confina en pequeñas piezas de tono más íntimo- presenta una nueva síntesis de su poética, su repertorio formal y sus recursos técnicos. De algún modo, Fega los ha desjerarquizado y les confiere a todos un mismo nivel de presencia. Los planos de color que antes estructuraban el fondo sobre el que se desplegaba la «escritura automática» del gesto pasan a ocupar el primer plano; los gestos, a su vez, se ralentizan, se solidifican, se hacen más definidos y adquieren una estabilidad dibujística que los equipara en muchas ocasiones a figuras con ciertos ecos zoomorfos o antropomorfos.

Otras figuras, éstas exquisitamente dibujadas, aparecen inscritas en planos independientes, casi exentas, como recortes de otras obras insertos en complejas composiciones que adquieren también protagonismo por sí mismas, apelando a la vez a lo barroco y a lo racionalmente constructivo. La paleta, además, ha ganado en vivacidad, en amplitud y en ligereza, y la aplicación de la pintura oscila entre la fluidez del puro movimiento y sus accidentes y efectos más medidos, en gradaciones de color obtenidas mediante pinceladas breves y vibrantes, de manera que Fega saca todo el partido posible al acrílico, al que sabe infundir a la vez velocidad y la densidad y la riqueza del óleo.

Pero quizá lo más llamativo de todo en Grafías del olvido sea el modo en que todo ese vocabulario de la pintura de Fega se ensambla orgánicamente en una relación inédita en su pintura de madurez. En las obras más representativas («Neután», «Sumpal», «Nipo», «Pondal») no es difícil fabular una relación de figura y escenario. Que queda en un eco, no obstante. Ya que Fega mantiene en su poética una fidelidad absoluta a una triada de principios íntimamente relacionados: el acto de pintar como explicitación del «lado oscuro de la mente», un «misterio que está en uno mismo pero que uno mismo desconoce» (no otro es el sentido del título «Grafías del olvido»); la lealtad al principio formal como esencia constitutiva de la pintura («el contenido está en la forma, y es lo que se expresa en la superficie»); la noción de que la materia es «un enemigo» al que uno se enfrenta armado precisamente con su capacidad para imponerle formas, y, sobre todo, la convicción de que «el hecho plástico es sensible antes que inteligible», ya que opera «más que por comprensión, por contaminación». En esto, por debajo de cualquier evolución, Fega sigue siendo insobornablemente Fega.

Fotografía: Marcos León

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