AJIMEZ ARTE

Crítica

Bruno Marcos

Miguel Bosé Ministro de Cultura

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Publicado en e-norte
Hay un dato que han introducido, como de rondón, los brumarios en el asunto que avivó, hace días, la contestación del Director General de Bellas Artes a un texto de José Luis Brea, y que parece no sorprender a nadie más que a mí.
En su disertación afirmaban, con toda seguridad, que el presidente Zapatero pensaba nombrar ministro de cultura a Miguel Bosé. Inexplicablemente me ha excitado la idea.
Me imaginaba cómo sería un país con un ministro de cultura como Miguel Bosé. Le veía en mi mente en el momento solemne de jurar el cargo levantando la mirada y lanzando un sensual beso a la cámara. Creo que es mi deseo irracional de esperpento, de que la realidad sea chusca para poder reírme. Lo peor es ser gris. Miguel ministro nos podría llevar al abismo pero iríamos enamorados, seguros de seducir, de gustar y que gustamos.
Quién va a poder hablar en serio en estas circunstancias si aún confundimos el deseo con la profesión, la apariencia con el sentido, la diversión con la ciencia...
Ahí quedarán las buenas prácticas como un papelote que alguien olvidará en una gavilla entre pasados suplementos culturales que anunciaban los mil y un artistas que amanecían a la gloria y fenecieron mudos. Brea ha sido muy directo, pero no lo suficientemente claro, no se ha arremangado la túnica para bajar al lodo del ágora donde, con los pies en el charco y después de los primeros salivazos, la voces se distinguen de los ecos.
José Jiménez cree también que ha llegado ya el momento de que se haga público el plan museológico de Borja-Villel pero qué ocurrirá entonces: ¿aparecerán colosales disparates o se verá que es maravilloso, o que no se cumple lo prometido?
Al fin y al cabo la sensación es que el tema de las buenas prácticas, a partir de un punto, es todo niebla. Las alertas de Brea o de los brumarios se tornan difusas, inconcretas... Da la sensación de que se detuviera todo en el nivel del tribunal o los patronatos, como si a nadie le interesase ir más allá porque, seguramente, el colectivo del que se nutre la cosa nostra sea totalmente familiar y construido con familias, pero esa familias patricias del arte no se sabe en qué punto usan la república para sus fines y en qué punto permiten la monarquía para mantener sus posibles privilegios presentes o futuros.

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