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Crítica

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Jaime Luis Martín

Paisaje sin identidad

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Publicado en La Nueva España
Pablo Hugo Rozada
Stop
Pintura
Del 17 de Abril al 9 de Mayo
Galería Octógono


El paisaje urbano se ha convertido en un género frecuentemente transitado por el arte contemporáneo. Y tanto la fotografía como la pintura se han acercado a la ciudad intentando desentrañar, en unos casos, su grandeza vinculada a la civilización y, en otros, las miserias que arrastran las metrópolis modernas, con continuos desgarramientos y tensiones del territorio; producidos, en la mayoría de las ocasiones, por el desarrollo y la especulación. En este sentido la ciudad se ha visto desbordada por un dramático crecimiento y una homogeneización que ha transformado todas las ciudades en parecidas, quedando tan sólo el centro histórico, un lugar acotado y ocupado por las grandes firmas comerciales y financieras, como algo diferenciado, pero sólo al alcance de unos pocos pudientes. Más allá, en los barrios periféricos se erigen grandes masas de edificios anodinos, un paisaje que se repite en todos los lugares, sin que ya podamos diferenciarlos. 

Este paisaje sin identidad inspira los últimos trabajos de Pablo Hugo Rozada (Pola de Siero, 1964), de formación autodidacta, aunque vinculado con el arte desde su niñez, a través del taller de forja de su padre, el escultor y también pintor Constantino Rozada Castro. Pablo, además, ha cursado la especialidad de Alfarería-Ceramista en la Escuela Municipal de Cerámica de Avilés, con la que colabora impartiendo clases y talleres especializados. Desde 1993 ha venido manteniendo una intensa actividad plástica participando en numerosas exposiciones individuales y colectivas, en su doble faceta de pintor y ceramista. Su labor se ha visto recompensada con la selección en diversos premios de pintura y escultura, caso de la Bienal de la Carbonera (2006) y el III Certamen Nacional Casimiro Baragaño(2007). 

Sus recientes pinturas se centran en las arquitecturas urbanas impersonales que se revelan silenciosas e indeterminadas, salpicadas por ciertos hitos, asociados a la cultura ciudadana, como el semáforo -de indudable fuerza expresiva reforzada por la potencia del color- que, en estas imágenes, alcanza un gran protagonismo, erigiéndose en un elemento fundamental de la exposición y funcionando como metáfora de la necesidad de regular y repensar la ciudad. 

En estas obras la influencia del pop se deja notar, pero también esta presente el racionalismo en el tratamiento de los edificios, definidos por volúmenes geométricos y fríos, despojados de cualquier ornamentación. En ocasiones esta arquitectura se presenta fragmentada, aislada, desprovista de toda belleza, potenciando la idea de seriación. El artista transmite una idea de la metrópoli moderna como una máquina deshumanizada -la figura humana se encuentra ausente de toda la serie- y sin concesiones a lo evocativo. Pero, en algunas pinturas, un destello en las ventanas o un momento cromático más intenso, consiguen romper el ritmo e introducir alguna nota lírica. 

El conjunto presenta un panorama que ya no responde a la concepción romántica del paisaje sino más bien a situarnos en un lugar atemporal, sin historia, una ciudad que «impone -como escribió Jorge Luis Borges- el deber terrible de la esperanza».


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