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Crítica

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Javier F. Granda

A propósito de Carlos Álvarez Cabrero y del carácter narrativo de su obra.

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El artista Álvarez Cabrero (Oviedo, 1967) ha provocado un resurgimiento en el panorama creativo asturiano al reunir expresión plástica y literaria, continuando un ejercicio que históricamente ha dado lugar a brillantes producciones y que, en su caso, podemos rastrear siguiendo los ejemplos que brevemente citaremos. Simultáneamente el discurso del artista ha buscado en el lenguaje cinematográfico un nuevo medio de ensayo y experimentación.
 En abril de 1998 María Álvarez Morán, en el catálogo que el Museo de Bellas Artes de Asturias dedicó a la exposición de pinturas y grabados de Álvarez Cabrero, apuntaba con total coherencia que sus cuadros son “un desfile de influencias, pero el carácter especialmente narrativo de su obra, y de sus orígenes, parten del cómic” y añadía que “en su obra es muy importante el lenguaje de los objetos inanimados, que resultan textos de lenguaje tan efectivo como el de los protagonistas”. Esta afirmación supone un anticipo de lo que luego el artista habría de generar, una vez que decide compartir la poderosa capacidad de evocación de su obra con el escritor dispuesto a recrearse en ella, así como a canalizar sus inquietudes cinematográficas.
En 1999 se materializa la colaboración entre Cabrero y el poeta Pelayo Fueyo provocada por el editor Fermín Santos (Ed. Pata Negra), que les sugiere la participación en un proyecto denominado 20x20, aún en pie con notables intervenciones en la edición gráfica y poética asturiana. Del salto al vacío al que se lanzan ambos artistas nos queda la edición limitada (100 ejemplares) de un repertorio poético de Fueyo que aporta ocho poemas “dialogantes” con otros tantos aguafuertes de José Carlos Álvarez Cabrero, donde encontramos una rica exploración de los ambientes cotidianos e imaginarios de ambos artistas. William Burroughs dijo que cuando dos mentes colaboran, una tercera es creada…
El segundo de los ejemplos viene de la mano de Septem Ediciones en 2007, bajo el título “Mensajes de un mundo dibujado. 15 dibujos de Álvarez Cabrero ilustrados por 32 exploradores literarios”, donde se dan cita escritores muy diversos bajo la coordinación de Antonio Valle, para urdir un libro de relatos basado en las imágenes del artista. Valle destaca con acierto en el prólogo del libro que la de Cabrero es una obra repleta de sugerencias para la literatura y nos advierte de su clara intención comunicativa. En la publicación se reproducen quince ilustraciones, parte de las cuales habían sido ya recogidas en una hermosa tirada de quinientos ejemplares por Paloma Esteban Ciriza en “Cuaderno de Dibujo” (Oviedo, 2000).
Sólo un año más tarde de que Septem Ediciones sacase su libro al mercado, el testigo fue recogido de nuevo por Ed. Pata Negra para realizar una “Mitología Asturiana” muy especial que se construye sobre imágenes inéditas del artista. El resultado es una edición limitada (75 ejemplares) que incluye doce estampas originales y doce textos inéditos de escritores que nos trasladan una visión nueva e inquietante de unos personajes mitológicos transformados y llevados a una insólita y alucinante dimensión ideada por Cabrero. La obra es una cuidada carpeta donde se muestran imágenes y relatos que reinventan algo que en Asturias había sido manipulado hasta la saciedad: la mitología; aportando una nueva visión impactante por lo que tiene de apuesta novedosa, auténtica y trasgresora.
De este conjunto podemos extraer que el artista dispone de un imaginario con una enorme capacidad de evocación, que dirige la proyección de las escenas hacia el campo de la narrativa, donde se recrean y reinterpretan; despertando en el escritor una poderosa atracción. La expresión no se queda así en la superficie de la tela o del papel, sino que fluye en lo etéreo para ser recogida, multiplicada y fijada en forma de escritura. Pero también Cabrero nos aporta una narrativa que se apoya en una sólida trama, cuyo elemento dinámico y secuencial se ramifica hasta llegar al terreno de la imagen en movimiento. Véase en su corto de animación “Caracerdo” (1998) o en la posterior incursión del artista en el mundo del cine con “Los árboles del imperio” (2005) y “El enigma del ático izquierda” (2008) la búsqueda de una mayor expresividad, o al menos una nueva vía dinámica en la que dar forma a escenas que tienen su conexión con un repertorio ensayado previamente en la plástica y ahora manipulado con un nuevo lenguaje caleidoscópico. Lo mismo ocurre cuando observamos su necesidad por adentrarse en otra dimensión con los pictorelieves a los que ha dedicado una especial atención en los últimos años.
Cabrero cultiva lo figurativo y escénico, mostrando un enorme interés por la crítica social. Se sitúa y posiciona en las composiciones desde la caricaturización, empleando cierta estética pop y ayudándose de reminiscencias del cómic, para amplificar todo tipo de situaciones con un marcado carácter sarcástico e irónico. Su obra es inconfundible y manifiesta una decidida continuidad a lo largo de los años, mostrándose fiel a sus principios. No se trata solamente de un artista, sino también de un excelente artesano que trabaja la pintura, el dibujo, el grabado o el cine experimental, con marcada autoexigencia. No nos cabe duda de que Carlos es un perfeccionista meticuloso con su trabajo y que a su vez disfruta con la ramificación que el mismo experimenta en el subconsciente de otros creadores que lo interpretan.
El carácter de su obra no es intrascendente pese a que lo lúdico y lo irónico es puesto de manifiesto con diversas tonalidades. Sus extraordinarias composiciones nos sitúan en ambientes cargados de potentes detonantes que celebran una abierta crítica a la enorme variedad de personajes que conforman nuestra sociedad. Esa crítica tan necesaria y “extraña” a la vez, transformada en admiración, ha sido la que con seguridad ha movido al escritor a entablar con el aura del artista una relación consciente y fructífera, sabiéndose parte de la corriente que fluye de su mensaje.
Recordemos nuevamente las palabras de Alvarez Morán a propósito de la exposición de Cabrero en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón, en 1997: “todos deseamos salir en las páginas de Carlos, aún a riesgo de no parecernos o ser parte del escenario de un increíble desfile de personajes extravagantes”. El deseo de formar parte de ésta galería se confirma en quienes han colaborado en los trabajos citados, como testigos admirados por la prolongación de su obra en una literatura con múltiples caras y propuestas, tantas como ventanas abiertas él ha sabido mostrarnos. Lo mismo cabe decir de la variedad de actores que han encarnado a los personajes de sus películas.
De tan diversas propuestas y colaboraciones debemos intuir un enorme respeto por un artista que no ha sido valorado en Asturias como se merece. La perversión que invade esta sociedad terriblemente manipulada y fragmentada por todas las instancias del poder, ha tratado de limitar su cauce expresivo, bien tratando de desplazarle en la muestra de pintura de la Junta General del Principado en 2003, bien mostrándose totalmente insensible a sus trabajos cinematográficos que nos evidencian una decidida apuesta por moldear un nuevo discurso sólo comprensible a la luz de una atmósfera sublime.  
Todo esto, junto a su profunda independencia y autenticidad, sirve para que el artista se convierta en uno de los “malditos” de nuestro tiempo. Pero ha de ser un maldito, que como otros que le han precedido, no dejará de brillar con luz propia en el firmamento de los más notables.

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