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Ángel Antonio Rodríguez

La memoria de Javier del Río

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A falta de una exposición antológica, el homenaje del Museo Evaristo Valle al artista gijonés permite conocer sus mejores registros creativos y humanos

Publicado en El Comercio


'5 años sin Javier del Río'
Autor Javier del Río (Gijón, 1953-2004). Contenido: 60 piezas, entre pintura, escultura, dibujo y obra gráfica, procedentes de la colección del museo y de algunas colecciones particulares.
Clausura: finales de junio.

La Fundación-Museo Evaristo Valle ha vuelto a tomar la iniciativa en defensa de Javier del Río (1953-2004)con una amplia exposición del gijonés.
A expensas de una gran antológica que recoja su legado, esta muestra permite conocer sus principales registros, que le definen como uno de los creadores más singulares del panorama contemporáneo. La exposición se nutre de pinturas, esculturas, dibujos y de los grabados de la serie 'Eva Risto', donde el artista homenajeaba a Evaristo Valle. Además, se incluyen las planchas y ediciones de los volúmenes 'El cuervo', de Edgar Allan Poe, y 'De demonios y ángeles', de Álvaro Cunqueiro, cedidos por la Editorial Trea.
En la primera mitad de los años setenta, Javier del Río vivió intensamente la dinámica del circuito asturiano, participando en varias aventuras colectivas y mirando a maestros cercanos, como Piñole, Valle o Aurelio Suárez. Presentó su primera individual en 1974, en Gijón, en el Centro Cultural de Roces, donde conoció al pintor Ramón Prendes, su futuro cuñado.
Juntos expusieron en la Caja de Ahorros de Asturias, recibiendo sus primeros elogios del entonces director de EL COMERCIO, Francisco Carantoña. Después, Javier entró en una etapa nómada que le llevó de Madrid y Londres, donde estudió a Goya y Bacon, antes de viajar a Roma y Urbino, al abrigo del arte italiano. Rafael y Piero della Francesca fueron sus renacentistas preferidos.
La galería Cornión proyectó la carrera del artista en los últimos veinte años. Además, participó en la excepcional colectiva 'Habitar la pintura' (CCAI, 2003) junto a otros cinco compañeros de generación.
Alegría e ironía
Desde la calidad y el eclecticismo, pasó por muchas etapas pictóricas y escultóricas, caracterizadas por armonizar fuerza e ironía.
Esa huída de la inmovilidad le definió como artista aunque, con frecuencia, frenó los aplausos de la crítica. Su perenne amalgama de luz, color y volumen se expresa iconográficamente en arquitecturas fantásticas, personajes anónimos, grandes retratos y formas primitivas como las aquí expuestas que, en pintura, se resumen con gruesas texturas, y en escultura, con hierros picasianos y piedras de aspecto precolombino y totémico. Le interesaba la femineidad, la mitología, la familia o los entresijos de la sociedad de su tiempo. En sus últimas series, esas 'Pintures de Gijón' que mostró en sus últimas exposiciones púbicas, plasmó la ciudad como un ente emotivo, de gestos muy libres, alejados de prejuicios y arquetipos, desprendiendo su alegría, su ironía y su capacidad plástica, sin prejuicios.

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