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Juan Carlos Gea

Los monumentos más pequeños del mundo

1 comentario

Santiago Mayo muestra una selección de pinturas, tintas y construcciones poéticas, irónicas y minúsculas

Publicado en La Nueva España



En tiempos de monumentalidad, dispendio, saturación y ruido, Santiago Mayo (Tal, La Coruña, 1965) lleva años apostando con tenacidad por una manera de hacer las cosas diametralmente opuesta a los excesos del espectáculo: una actitud y unos métodos capaces de extraer toda la poesía que pueda esconderse en lo modesto, lo aparentemente obvio y lo minúsculo para suscitar la extrema atención que exige lo que apenas se deja percibir y demostrar que una cosa es lo pequeño y otra lo insignificante. El coruñés afincado en Extremadura lo ha demostrado hace sólo unos días en la gijonesa galería Cornión con su primera exposición en Asturias en varios años, y sigue haciéndolo hasta el día 25 de este mes en la sala Guillermina Caicoya. En su muestra gijonesa, Mayo reconstruyó de manera monográfica todo el complejo paisaje espiritual de sensaciones y sugerencias que ha ido recolectando a lo largo de veinte años de estancias estivales en distintas islas del Atlántico, desarrollando ese tema único a través de sus diminutas construcciones y de sus habituales óleos de treinta por treinta centímetros. Frente a esa concentración monográfica, el artista despliega en Oviedo un mayor abanico de asuntos y de recursos. 

Esa diversidad, así como el espíritu de experimentación y de juego incluso humorístico que infunde su peculiar vibración a la obra de Santiago Mayo quedan ya claros en el título de la exposición: «Tinterías, psiquedelicias y obra reciente». Y, en efecto, la sala exhibe tres aspectos bien diferenciados: unas tintas en las que se hace más evidente que nunca la veta «zen» de Mayo; una serie de óleos en los que rescata los frutos de una serie de experiencias con drogas psicodélicas y una colección de sus pequeñas estructuras, construidas con una pobreza de recursos casi ejemplar: envases de alimentos, cables mondos, pequeñas bombillas, alambre y papel? 

En estas piezas, las de más reciente factura, se hace evidente que, a pesar de la extremada economía de sus materiales y lo precario de su ejecutoria, el planteamiento de Santiago Mayo no es el de un minimalista. Desde una sensibilidad arraigada en la pintura que no busca en absoluto la impersonalidad de la pulcritud, sino cierto desvencijado patetismo, los «cacharritos», como los llama su autor, evocan lugares o atmósferas, no conceptos, y delatan una espiritualidad más bien oriental entreverada de un romanticismo sin grandilocuencia. Bajo esa poética, aspiran -así lo ha escrito el propio Mayo- a buscar «el milagro de resucitar» experiencias singulares, sensaciones que dejaron «una fuerte impresión emocional». El objetivo final es «buscar la manera de atraparla (la sensación) en una forma rescatándola del olvido», «fijar lo efímero e inabarcable» confiriéndole «una ilusión de presencia y permanencia». O, siquiera, «honrar y venerar una memoria». Exactamente igual que un monumento. 

Se asientan, por tanto, estas piezas en un suelo elegíaco, y su fragilidad no es menos ambiciosa, en ese sentido, que la de un monumento? aunque sí más escéptica acerca de una «permanencia» que, como se ha visto, no es más que una «ilusión». En esa pugna entre la emoción, su fugacidad y la precariedad de los medios para revivirla o compartirla reside buena parte de la poesía de estas chabolas levantadas al borde mismo del abismo de sus peanas, desde donde parecen glosar irónicamente el destino de cualquier empresa artística. O quizá humana. 

En «Psiquedelicias», la percepción se vuelve sobre sí misma y la pintura aspira a convertirse en la manifestación más o menos pura, sin referentes externos, de un determinado estado mental. Según precisa Santiago Mayo, la serie nace de varias experiencias con «sustancias psicoactivas extraídas directamente de sus fuentes vegetales» mediante las cuales el pintor intentó «percibir lo que percibe», enfrentarse a la mente, sus procesos y las emociones que se desencadenan a través de los mismos, y convertirla en materia de su pintura. No es que se haya pintado durante la experiencia de alteración de la conciencia, sino que, del mismo modo que los paisajistas cuya fuerza reside en el modo en que recuerdan lo visto y lo vivido, Mayo ha recreado mediante la memoria, y ya en estado «normal», aquellas experiencias. La materia pictórica se convierte, así, en estas ventanas en un medio dúctil y denso que intenta servir de cauce a la desconcertante potencia de lo psicodélico y sus «fuerzas salvajes», convocándolas para el espectador. 

Finalmente, la serie de dibujos sobre tinta titulada jocosamente «Tinterías» es quizá el punto de la obra de Mayo donde el autor se ha manifestado más próximo a las fuentes orientales del «Enso Zen». Ejecutados en un momento de bloqueo creativo y de profundas dudas acerca de su trayectoria, los casi doscientos dibujos que el artista ejecutó en un prolongado período de ejercicio buscaron reflejar en la inmediatez del pincel sobre el papel una «experiencia límite de la creatividad y el despojamiento de objetivos» al margen de la voluntad y del control. 

Al final, tal y como reconoce el propio Santiago Mayo, «a pesar del intento de vaciamiento interior y de la voluntad de no expresar nada, sigue habiendo un contenido referencial»; algo que demuestra que, incluso en esta experiencia límite -añade el artista-, «seguí siendo más fiel a mí mismo que a ninguna tradición».


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Comentarios

Díaz Peral, Carlos escribio el 09-04-2009:
No tiene pase es un autentica tomadura de pelo mala hasta decir basta. Y si tanto tiene de "despojamiento de objectivos" que no venda esos cuadritos de 30x 30 por "4000" euros. la critica retórica vacua como la obra.

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