AJIMEZ ARTE

Crítica

Juan Calos Gea

Los dormidos y los muertos

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José Aja restituye, mediante la pintura, la violencia a las imágenes cotidianas en «Tumba del sueño», su individual en Guillermina Caicoya

Publicado en La Nueva España



 ¿Puede la pintura, como tal pintura, restituir la violencia que imprime la historia en la marea de imágenes con que nos anegan los medios de comunicación, pero que ya ni siquiera advertimos? ¿Es posible convertir de nuevo la figura humana en el centro de una experiencia significativa de lo individual y lo colectivo, devolverle dentro del cuadro una presencia y una intensidad que se ha vuelto banal dentro de la pantalla o del recuadro fotográfico? ¿Hay alguna forma de superar las cautelas e ironías posmodernas y recuperar, al mismo tiempo, el contacto directo con la tradición pictórica y la inmediatez entre la obra y el espectador? La pintura del cántabro José Aja (Reinosa, 1966) es, hoy por hoy, el resultado de plantearse, desde una reflexión profunda, esas cuestiones y de intentar darles después, ya desde dentro del acto físico de la pintura, la más enérgica de las respuestas afirmativas. En esa clave se articula la serie que el pintor exhibe hasta mediados del mes que viene en la galería Guillermina Caicoya bajo el título «Tumba del sueño», que Aja ha tomado en préstamo de un libro del filósofo francés Jean-Luc Nancy, pero en el que también resuenan los ecos del goyesco «sueño de la razón». 

Ampliando y ahondando la línea que se inició en su reciente individual en la sala Robayera de Miengo (Cantabria), Aja recurre a la ambigüedad entre la muerte y el sueño como leitmotiv para una colección de pinturas, casi todas ellas de muy gran formato, en las que censa la población de un mundo -éste, y en este preciso momento de la historia- en el que es fácil confundir las imágenes de durmientes aparentemente ociosos y satisfechos con las de los muertos a consecuencia de actos violentos, y viceversa. Desde un espíritu que se reclama deudor de Goya en su mirada cruda y directa hacia los detalles de la realidad circundante («pero más cerca de los "Disparates" que de los "Desastres"», precisa Aja), «Tumba del sueño» consigna con una urgencia que se plasma en la virulencia de esta pintura un entorno enfocado «no desde la trinchera, sino desde la aparente seguridad de Occidente», pero en el que prevalece una vibración de zozobra y amenaza. En él se alternan figuras que descansan en entornos residenciales o recreativos con cuerpos que han sido víctimas de algún tipo de agresión, en poses y gestos tan banales como aparecen en los medios. «Trabajo sobre imágenes de mi vida cotidiana y sobre las que todos vemos a diario en los periódicos, a las que ya nos hemos amoldado a pesar de su violencia», comenta Aja, que en sus notas de trabajo describe el procedimiento empleado como un método para «rescatar esas imágenes y sus huéspedes y situarlos en otro lugar». 

Ese «otro lugar» es la propia pintura, que en el caso de José Aja ha emprendido un viaje desde la abstracción hasta una decidida apuesta por la figura -y por la figura humana-, sin dejar nunca de ser consciente de que es tanto representación de un cuerpo como testimonio o rastro de otro cuerpo: el que pinta. Significativamente, el artista habla del modo en que «la incorporación de todos esos materiales permite darle más cuerpo a la pintura». «Desde el punto de vista del acto mismo de pintar, el motivo sigue siendo una excusa», admite Aja, que, sin embargo, se ha vuelto hacia la figuración en busca de una «inmediatez» que dé todo el protagonismo a la experiencia estética del espectador ante la obra. Para el artista cántabro, «practicar la figuración te permite delegar en la gente, no tener que dar explicaciones, establecer un diálogo directo con el espectador», salvaguardando, además, la pintura en sí misma. 

Todo ello condensa, según ha escrito el crítico Fernando Castro Flórez, «un esfuerzo tremendo por convertir lo visto en otro tipo de experiencia»; una experiencia que, en la muestra ovetense de José Aja, se manifiesta también a través de una serie anterior, «Gabinete de identificación», en la que el pintor, a través de la urgencia de 18 acuarelas sobre papel, retrata a otros tantos jóvenes alumnos suyos, «conflictivos y abocados a la delincuencia», que, sin embargo, encontraron un raro momento de comunión con su profesor cuando éste recurrió a la mediación del arte.


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