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Jaime Luis Martín

Reflexión con arco al fondo

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Publicado en La Nueva España

La escasa representación asturiana en esta edición de Arco -el colectivo PSJM en la galería Espacio Líquido; Manolo Rey-Fueyo en la galería Canem; Dionisio González en Max Estrella, y Pelayo Ortega en Marlborough- permite reflexionar sobre la situación que vive el arte asturiano, cuya presencia resulta meramente anecdótica en los foros nacionales e internacionales. Y lamentarse de esta circunstancia no sirve de nada cuando se vive atrincherado en posiciones defensivas, atendiendo, en más ocasiones de las deseadas, a lo costumbrista y decimonónico, propuestas artísticas fuera de la historia que, sin embargo, encuentran un eco desmedido en los medios de comunicación; temiendo y denostando cualquier novedad, porque lo cómodo es seguir siempre con los mismos actores en un círculo cerrado de aplausos, y aplazando, de continuo, por parte de los distintos sectores implicados, cualquier compromiso en un debate serio y público que propicie la creación de un espacio de crítica y reflexión. Pero, además, con la idea, todavía, de que para ser artista basta con producir cualquier objeto o pintura enmarcados en unos esquemas formales y acompañarlos de un discurso débil que no requiera mucho esfuerzo digerirlo. 



Por otra parte, el poder político, en muchos casos, lejos de actuar con autonomía apoyando la producción cultural, creando estructuras modernas que respondan a los tiempos actuales, prefiere el brillo fácil y acomodaticio del mercado o el aplauso al localismo más estúpido, pero rentable electoralmente. De esta manera, apenas queda lugar para propuestas diferentes y de riesgo, ajenas al gusto personal del político de turno. 



Pero sospecho, también, que quienes defendemos el arte actual, con todos los riegos que conlleva esa defensa, sin perspectiva histórica, inventando palabrejas para expresar lo inaprensible, siempre en la cuerda floja, estamos haciendo algo mal. Me refiero a críticos, artistas, galeristas y educadores, que no logramos transmitir lo que aporta y significa el arte contemporáneo. Y precisamente en este territorio calificado, en muchas ocasiones, de elitista y despreciable, se ha creado una enorme esfera de libertad donde podemos refugiarnos y fomentar debates de indudable interés social y cultural. Cualquier tema puede ser tratado sin tabúes porque en el arte actual encuentran acomodo desde el sano cachondeo de todas las religiones a lo políticamente crudo, sin que nadie se rasgue las vestiduras por lo inapropiado o lo políticamente incorrecto del debate. Sin embargo, debemos entonar un mea culpa colectivo, por no saber transmitir al público las aportaciones de estos artistas que mañana serán, sin duda, parte de nuestro patrimonio. 



A raíz de la reflexión anterior, observo cómo cada vez con mayor desfachatez e ignorancia se denigra el arte contemporáneo. Indudablemente la ausencia de una educación visual en los planes de estudio ha traído como consecuencia -Asturias es representativa en este sentido- que buena parte de los intelectuales, periodistas y escritores que opinan sobre el tema desprecien todo lo que no se ajusta a los cánones artísticos decimonónicos o a las primeras vanguardias pictóricas. Literariamente desaprueban, como parece lógico, a los émulos de Campoamor, pero visualmente aplauden, sin reservas, a los copistas de Monet.

 

Sin embargo, parece difícil que podamos salir del aislamiento y la crisis sin un tejido artístico que se extienda por Asturias, alentando radicalidades, entendiendo el arte menos como moda y más asociado a procesos de información, conocimiento y producción, capaz de generar antagonismos, espacios comunes donde salte el debate y se asuma la diferencia. 

Las dificultades económicas en las que estamos inmersos sacudirán, más profundamente si cabe, el mundo del arte, pero también nos ofrecen la posibilidad de pensar, sin tanta presión, si queremos seguir apostando por los floreros o situarnos al lado de un arte asturiano capaz de dialogar con su tiempo. La decisión que tomemos será importante, porque de una u otra dependerá que entremos en el siglo XXI o nos quedemos otros cien años en una esquina olvidada del mundo.


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