AJIMEZ ARTE

Crítica

Javier Ávila

Favila

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Resulta desolador cruzar el umbral del Palacio de Revillagigedo y observar en qué ha quedado convertido este espacio, aquél que en su día encabezaba la propuesta expositiva de la región con muestras algunas de ellas memorables y que hoy en día va de mal en peor, desde que las nuevas directrices de la dirección decidiesen apostar por un populismo cateto, cosas del marketing supongo, olvidándose del prestigio y su obligación de ofrecer al público un discurso y una visión amplia de los procesos artísticos contemporáneos.
Desaparecidas y borradas del mapa programaciones donde se podían encontrar artistas como Cabrita Reis, Paladino, Schnabel, Hernández Pijuan, Brossa, Sinaga, Sanjurjo o los Salones Internacionales de la Fotografía, han puesto su empeño en abandonarlo a su suerte, con muestras bochornosas y pueblerinas, imagino que reflejo de quien decide, el mismo que se encargó de echar al cajón del olvido proyectos como el de Fernando Alba, comprometido por el anterior equipo responsable y rechazado por el bizarro visionario, todo un trabajo tirado a la basura y una oportunidad perdida para la entidad y, sobre todo, para un artista que no merece ese trato.
Las exposiciones itinerantes, que servían de apoyo necesario y fundamental a jóvenes artistas tampoco están mejor, considerando un dispendio hacer un catálogo decente a nuevos valores, vamos que se den por contentos por exponer, que se busquen la vida, “que la caja ya tiene muchos cuadros y para qué quieren más”, declaración textual de quien está al frente de la cosa, dando paso a acuarelistas domingueros salidos de las academias de manualidades en el mejor de los casos, aunque alguna se salve de la quema, pocas.
Si hace unos meses encontrábamos la obra de la joven y rutilante estrella neoyorkina, lástima que los medios no hiciesen eco de ella, ahora podemos contemplar la huella de su maestro.
Favila despliega en las paredes un espectáculo de abigarramiento castizo y aldeano, eso sí, con muy buen oficio y cerrando una etapa, con la promesa al fondo de pasarse a lo abstracto, imagino que habrá llegado a la conclusión de que toca ser “moderno”, cualquier cosa susceptible de empeorar, acaba empeorando, no nos quepa duda, pensará que si es capaz de perpetrar estas “maravillas”, limitarse a emborronar y manchar las telas debe ser coser y cantar, van a salir como churros, eso sí, la firma que se vea bien para no caer en errores de autoría, (la tarjeta que acompaña al sarao no tiene nombre).
Pintor de oficio, a la altura de la mejor mueblería fina, maneja una paleta llena de limitaciones, olvidando principios básicos de la disciplina como la participación de los colores y su convivencia, se acomoda en un recurso técnico de pincelada suelta que puede ocultar las muchas limitaciones. Los autorretratos de bienvenida demuestran la repetición de fórmulas a lo largo de los años, las escenas marineras delirantes, por cierto, es curioso el predicamento entre los profesionales de la hostelería y restauración por estas obras, el cuadro del Cristo cumple con el cometido de acojonar al que lo observa de forma impecable, la serie de balonmano imposible de describir, los carteles de antroxu no pintan nada en todo este disparate, en fin, difícil de explicar lo contemplado sin caer en la locura y la pesadilla, incluida la pantalla plana en el acceso al centro, para que la gente de la calle no se vea limitada de esta maravilla.
Me temo que esto no ha acabado.
Continuará.

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