AJIMEZ ARTE

Crítica

Fernando Castro Flórez

Azares y placeres de la pintura

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Publicado en ABC
Santiago Serrano.Al norte del silencio.Carlos Franco.Pintura y otras realidades.Palacio de Revillagigedo. Gijón.Plaza del Marqués, 2.Comisario: Ángel Antonio Rodríguez.Hasta el 11 de Enero.



En pocas ocasiones se puede asistir a un festín tan prodigioso de la pintura como el «encuentro» de Santiago Serrano y Carlos Franco en Gijón. Ángel Antonio Rodríguez ha demostrado de forma muy lúcida que sus respectivas concepciones estéticas no están tan distantes como pudiera parecer. Porque a ambos les interesa muchísimo, por ejemplo, la obra gráfica, pero también tienen una preocupación obsesiva por el color y una necesidad de sacar partido de lo idéntico, junto con una resistencia a entregarse a planteamientos ortodoxos. Pero más allá de la fascinación por las texturas o los textos míticos, lo que encontramos en ellos es el fascinante placer por los detalles, la capacidad para asumir el azar y, especialmente, una búsqueda del lujo visual.

Entre maestros. Serrano es uno de los artistas que ha mostrado mayor preocupación por una pintura pura, siguiendo de forma personal las líneas marcadas por Mondrian (su concepción rítmica y rigurosa de la geometría), Malevitch (su telón de nihilismo) y Rothko (fronteras en las que los campos cromáticos vibran). En su obra hay una suerte de compleja simplicidad que revela una sensibilidad que enlaza con el romanticismo, pero sin teatralidad ni afectación. Esas superficies, tensadas en la mas estricta tradición moderna, tienen -valga la paradoja- una notable densidad. En ellas, el artista, huyendo de lo anecdótico, ha dejado que se sedimenten atmósferas. Las manchas controladas, las veladuras, la geometría y el temblor de los límites dominan estas obras de contundente presencia en las que los colores, «cocinados» de forma impecable, tienen difícil definición. No es éste un artista precipitado; en sus cuadros hay una suerte de ritmo lento, una naturalidad que podríamos conectar con aquella serenidad que, según Heidegger, era un dejar que lo noble surgiera en un retorno a lo esencial. Ello no excluye un dinamismo interno, una prodigiosa musicalidad de lo que ha «reaccionado» (químicamente hablando) en la opaca superficie del cuadro. Ese ritmo visual de la pintura de Serrano, sutil, produce una sensación de misterio, desata la analogía con el silencio y hace pensar en la idea del vacío.

El manierismo de Carlos Franco le permite unir a El Greco con Picasso o Warhol, «pasando por Guatemala y la India», en una clara manifestación de su espíritu sincrético. Miguel Cereceda considera lúcidamente que de lo que trata su obra es de cómo hacerse cargo de lo que uno desea, aunque también tendríamos que tener presente que el cuerpo se deja llevar por el arrebato dionisiaco.

Este pintor tensa su imaginación en pos del harem, dibujando el placer del tiempo del fin de semana con las mujeres, la lira, la geometría de la pasión, todo un juego de escalas que hacen del cuadro una escena dinámica. Ese ingreso en el lugar del deseo es también una meditación muy lúcida sobre la relación del pintor con la modelo o, en otros términos, con la carne de la pintura, en una dirección que inevitablemente recuerda a la Suite Vollard de Picasso. «En el harem -explica- pretendía conseguir en un solo lugar la creación de un fondo pictórico que, a su vez, tuviera significado arquitectónico y simbólico; así como la sensación de un espacio y la coexistencia interior con las figuras. Todo se iba haciendo al tiempo como un cuadro abstracto. Era una composición que generaba la figuración».

En pos de la desnudez. Ese es un lugar del placer ocupado por las mujeres, de la misma forma que los banquetes son principalmente lugares «pictóricos masculinos», teatralizados, remedos de la Última Cena. Franco arriesga su imaginario en pos de la desnudez, entregado al placer de pintar un poco de carne; su visión mestiza interrumpe esa temporalidad carnal y resurge desde los detalles, convirtiendo lo accidental en el lujo mágico de lo cotidiano.

Serrano genera obras de gran contundencia que, a veces, tienen una evidente dimensión escultórica. Hay siempre una búsqueda obsesiva del equilibrio, así como una meditación sobre la finitud y la infinitud. Franco deja que su imaginación mestizista recorra tópicos como la tauromaquia, la naturaleza muerta, el desnudo o el paisaje, buscando siempre el «acontecimiento», que el fondo y la figura comiencen a jugar. Tiene toda la razón cuando apunta que la urdimbre de los lienzos no es muda. Es en la superficie tensa de la pintura donde las pasiones luminosas de Santiago Serrano y Carlos Franco se entretejen en ese «reto inagotable» del que habla Ángel Antonio Rodríguez, en esos lanzamientos de dados que nunca llevarán a la abolición del azar.

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