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Crítica

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Jaime Luis Martín

Por donde vaga la muerte

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Publicado en La Nueva España

Jaime Rodríguez
No se que…
Hasta el 5 de Enero
Centro de Arte Casa Duró


Reconozco mi admiración por la obra de Jaime Rodríguez (Oviedo, 1967), un artista multidisciplinar, coherente y experimental que ha creado un recorrido vital íntimamente unido al texto poético y sus expansiones visuales y objetuales. En sus trabajos, que invitan a la lectura, aparece un entramado de signos, sexo, muerte, caracolas y cuerpos. Pero, sobre todo, una pasión, sin sutilezas ni mentiras, por el otro, a quien invita a dejar su huella, no con ánimo archivístico sino con la intención de sentirlo más profundamente. Aquí no hay lugar para el espectáculo y todo se vuelve sentimiento, trazos de heridas y campo de ruinas. Nos encontramos ante una especie de diario en el que se acumulan vídeos, dibujos, pinturas, fotografías, sonidos, píxeles y los rastros de amigos, de poetas, de artistas que se incorporan a la obra de este creador como actores de una escena alegórica e intimista. Este espíritu neobarroco atravesado por lo sexual, y en el que late lo onírico, sedimenta en una serie de imágenes dispersas, transgresoras, como piezas de un rompecabezas que habrá que reunir para recomponer la intimidad, ese desplazamiento que el artista realiza al encuentro del espectador.

Sin duda esta muestra puede considerarse el final de un viaje y una de las mejores que ha realizado. En estas estancias de la Casa Duró reúne las experiencias estéticas que ha acumulado durante los últimos años en unas construcciones de gran intensidad y concentración. Collages, instalaciones, acciones, fotografías, archivos sonoros, trozos de marcos y molduras que sirven como soporte para latidos grafiteros, y hasta los huesos de un cadáver se encuentran presentes en este fértil territorio. Todo nos obliga a un recorrido complejo, que nos traslada desde zonas misteriosas a rituales de desconsuelo, desde traumas enjaulados a despojos de vida. Pero también se ofrecen momentos de resistencia, figuras que subrayan la pasión, evocaciones de un placer intenso, claves para soportar el dolor, depósitos para la memoria y trazos de amor envolviendo, como un sutil hilo invisible, a través de la palabra y de la música, los cuerpos agotados y los pies sin caminos. El amor del que nos habla el artista no se define por la conquista sino que se explica por la idea de refugio, surgiendo allí donde irrumpe la voz del amado, cuando alguien se vacía y deja un hueco, un lugar para habitar. Aunque, en ocasiones, en el discurso aparecen rupturas, desengaños, desocupaciones. Y, entonces, el cuerpo queda deshabitado, lleno de un rumor de soledad.

La exposición de Jaime Rodríguez congrega una serie de nombres, desde Yves Klein a John Cage pasando por Kafka, Duchamp y Stockhausen, que convierten el itinerario en un continuo homenaje a la experimentación, la ruptura y la primacía del proceso sobre el resultado. Nada que ver con los ejercicios de retórica y escaparate que se prodigan con descaro. Jaime practica un arte que se resiste a permanecer callado, a convertirse en adorno, con tendencias, todavía, al concepto y al compromiso. El artista tiene claro lo absurdo de la existencia pero no renuncia a la utopía que construye con las manos, colectivamente.

En esta situación se puede entender su propuesta como una búsqueda de la felicidad, envuelta en una profunda melancolía y deudora de una mirada que proviene de la infancia y se extiende como un jardín por los rellanos del abismo. Porque Jaime Rodríguez, un artista excepcional, ha sabido contemplar los lugares por donde vaga la muerte y convertir esa visión en una fascinante poética.

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