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Crítica

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Jaime Luis Martín

Un cómic de madera

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Publicado en La Nueva España

Kiko Miyares es un creador personal y diferente, que se rebela y se sale de los cánones de la plástica actual para hurgar en una dramaturgia entre lo artesanal y el cómic.

Kiko Miyares
Comunity
Esculturas
Del 4 al 30 de Diciembre
Casa Municipal de Cultura de Avilés

a trayectoria artística de Kiko Miyares (Llanes, 1972), licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, comenzó en 1999 con exposiciones en Vitoria (Sala Araba), Madrid (Sala Aldeasa) y Bilbao (Centro BilboArte). En Asturias expuso en la galería Espacio Líquido en 2008 y el mismo año en la muestra colectiva «Cruces del arte» itinerante por Asturias, Madrid y Bruselas. Pero hay que reconocer que Kiko es un creador personal y diferente, que se rebela y se sale de los cánones de la plástica actual para hurgar en una dramaturgia entre lo artesanal y el cómic con derivas pop que podrían acercarlo a Roy Lichtenstein, y, más próximo en el tiempo, a Stephan Balkenhol, quien, también, trabaja la madera policromada con una concepción escénica y otorgando gran importancia al dibujo.

En este sentido, Juan de la Rica señala en los Papeles Plástica que Kiko Miyares «talla la madera como dibuja sobre el papel: a la brava. Sin bocetos ni planificaciones previas; sin proyectar ni esbozar ningún tipo de guía o ensayo». En la muestra, una pintura representa a aquellos personajes que encontramos tallados en madera, una especie de foto de familia, una escena que parece apuntar el origen de esta estatuaria. Pues bien, estas figuras se revelan realmente interesantes cuando adquieren una dimensión tridimensional. En este plano, la ironía y la burla, la irreverencia y la candidez conviven en esta disparatada comunidad y se manifiestan como un elemento esencial de la propuesta.

El artista talla la madera de manera violenta, sin exquisiteces, dejando visibles las huellas del proceso, las marcas, la aspereza del material; con una rotundidad que no desprecia, en ocasiones, el detalle y moldea la figura, confiriéndole un estilo rudo e inacabado. A partir de esta forma de trabajo confecciona sus cabezas sacadas del mundo del cómic -el cerdo y la mujer sin ojos, el oso y el chulo de tupé-, protagonistas de una realidad salpicada con textos tallados, objetos que se incorporan al discurso visual. Pero Kiko plantea un juego más allá del diálogo que genera la convivencia. Colocadas sobre un rudimentario y sencillo pedestal evocan, satíricamente, a los bustos clásicos, pero, en este caso, las estatuas se encuentran desposeídas de cualquier heroicidad, próximas al «undeground». A otro respecto, la disposición de las piezas, amontonadas prácticamente en una esquina de la sala, obliga a un recorrido sinuoso y cercano, introduciéndonos en la escena y haciéndonos sentir la mirada hierática de los personajes.

Pero además el conjunto de la exposición explora las relaciones entre la cultura popular y la alta cultura, sabiendo que esa distinción, que condena a la primera a la inferioridad y eleva a la segunda a signo de distinción social, ha sido disuelta al transformarse cualquier creación en un producto para el consumo.
Foto: Miki López

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