AJIMEZ ARTE

Crítica

Jaime Luis Martín

La furia y la luz

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Publicado en La Nueva España



Manuel Viola
Luz y Sombras
Del 24 de Noviembre al 11 de Diciembre
CMAE, Casa de Cultura de Pravia, Galería  Opera Omnia


La primera impresión que uno tiene al contemplar la obra de Manuel Viola (Zaragoza 1916-Madrid 1987) es que nos encontramos ante un pintor gestual, arrebatado, lleno de fuerza y de furia, un artista que utiliza el lienzo como un depósito de sentimientos y energía. Pero, también, percibimos, en la firmeza de las manchas y en la intensidad cromática, determinación y rabia. La rabia de un perdedor de la Guerra Civil española que tras luchar en el bando republicano se exilia en Francia, donde se alista a la Legión extranjera y forma parte, posteriormente, de la resistencia contra el invasor nazi. Tras la derrota alemana, de vuelta a París, mantiene amistad con Picabia, Hartung, Scheneider, Soulanges, con quienes expondrá en el Salón des Surindépendants.

En 1949 regresa a España y en 1953 realiza su primera exposición individual, en la Galería Estilo, en Madrid, con una obra de incipiente impronta informalista. En 1958 entró a formar parte del grupo «El Paso», manteniendo una visión más gestual y menos matérica que sus compañeros, aunque participando, con todos, de esa imagen de modernidad deudora de la tradición española que tan bien supo explotar el régimen franquista, convirtiéndoles en embajadores de la cultura de la época. Sin embargo, Viola no se dejó manipular ni renunció a sus ideales políticos de juventud, comprometiéndose con el PSOE, un partido, por entonces, clandestino.

En este ambiente asfixiante y represivo, Manuel Viola vuelca en el cuadro toda su violencia, frustración y dolor. «Después de la batalla», «Derrota», «Amenaza indescifrable», son algunos títulos que emplea en la década de los sesenta para evidenciar lo que se oculta tras sus gestos: desesperanza y dramatismo. «El gesto arrasado -escribe Vicente Aguilera Cerni- parece el símbolo de una lucha, un acorde condenado al fracaso».

Esta gestualidad pictórica en la tradición del informalismo se vio influenciada por la abstracción lírica francesa y rozó, con su fuerza cromática y expansiva, los campos de color de Willem de Kooning. Sin embargo, a diferencia del pintor norteamericano, para Manuel Viola la luz «adquiere un papel decisivo -como señala Javier Hernando Carasco-, pues en ella se concentra tanto la expresión dinámica de la forma como su derivación sinestésica sonora: el grito, exteriorización de un desasosiego permanente». Un grito contra una España rancia que seguía anclada en el costumbrismo pictórico y miraba, bajo sospecha, cualquier apertura social y artística.

Pero los cuadros de Manuel Viola nos atrapan en un torbellino de sensaciones, pudiendo encontrar ecos goyescos, resonancias tenebristas y turbulencias místicas. Pero sobre todo nos transmiten los recorridos de un artista que convirtió cada lienzo en una poética personal, llenando el espacio de manchas aladas, sutiles vuelos de color entre el fuego crepuscular y los pliegues de la noche.

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