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Ángel Antonio Rodríguez

La madurez de Melquiades

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Vértice presenta los últimos trabajos del pintor, que mantienen su particular mirada al romanticismo y la naturaleza

 

Artista: Melquiades Álvarez
Lugar: Vértice
Finaliza: 31 de diciembre
Horario: Martes a sábado, de 11.30 a 14 y de 17.30 a 21 horas. Lunes, sólo mañanas.
Tres años después de su anterior exposición en la galería Vértice, vuelve Melquíades Álvarez (Gijón, 1956) a inundar de buenas pinturas el espacio principal ovetense, que también ofrece desde ayer una muestra del eslovaco Cveto Marsic. El asturiano ofrece trabajos recientes alternando óleos, dibujos y acuarelas que mantienen su particular mirada al romanticismo y la naturaleza.
Ha llegado Melquíades Álvarez a una sublimidad muy personal, tocando los límites del virtuosismo sin tocarlo, porque la madurez del artista evita la tentación de cualquier aspecto repetitivo o decorativo. Así, mantiene intactas sus premisas expresivas y juega con el color y la luz, reinterpretando magistralmente sus vivencias cotidianas.
Dice el pintor que ha querido desprenderse de lo opaco y embotado, pintando ese momento donde las cosas son transparentes por simples y concisas, «como si quisiesen mostrarnos una particular forma de vida». La exposició se nutre también de sus palabras, que desvelan en el catálogo las intimidades de cada cuadro.
Pinturas para pintores
Una vez más, como he señalado en varias ocasiones, Melquiades Álvarez nos ofrece 'pinturas para pintores'. Ritmos que beben del ascetismo expresivo, la herencia zen, la versatilidad velazqueña, la quietud escenográfica del romanticismo norteuropeo y las brumas astures. En este sentido, la muestra mantiene la tensión pictórica en los fondos, no en las formas, y ha enriquecido los primeros planos con nuevos recursos.
A veces, en piezas como 'Leve' o 'Comienzo de un sueño', lo hace otorgando el protagonismo al horizonte, con cielos imposibles, serenos y crepusculares. O con luces sorprendentes, como ocurre en 'Barrio nocturno', que hace hermosa la pobreza urbanística de un barrio gijonés. O con ironía, jugando con las perspectivas, en un sugestivo diálogo de distancias titulado 'Cruce de miradas'. Habitar el silencio para reunir en pequeños detalles gran número de simultaneidades, e inventar atmósferas que toman las verdades invisibles de la vida, más allá de cualquier realidad tangible. Siguiendo, en fin, «las indicaciones de la derrota y algunos caminos libres que ésta siempre te deja».

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