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Crítica

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Luis Feás Costilla

Fotografiar lo que trasciende

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Publicado en La Voz de Asturias
Chefi M. Cabal-Guillermo Ocio. Tránsitos.
Galería Octógono, calle Rivero, 46 (Avilés). Lunes a viernes, de 10 a 13 y de 17 a 20.30 horas. Sábados, de 10 a 13.30 horas.

Hasta el 3 de noviembre.



La galería Octógono de Avilés, de labor perseverante aunque un tanto escondida entre los soportales de la calle Rivero de Avilés, presenta una exposición insólita en lo que a su contenido se refiere, pues muestra la obra fotográfica de dos artistas bien avenidos y conjuntados pero más conocidos por sus otros aspectos creativos.

Así, el inquieto Guillermo Ocio, que en su actividad incesante no suele hacer concesiones a su apellido, ha expuesto como pintor constructivista y es reconocido sobre todo como escultor, aplicado en especial a la madera, a la que se dedica profesionalmente, mientras que Chefi M. Cabal, que también ha trabajado la cerámica, el tapiz y el grabado, ha consagrado casi todas sus exposiciones a la pintura, que practica de forma desprejuiciada y experimental, con acento cálido y sensible, próximo a la estética oriental.

La aproximación de una y otro parecía que debía producirse en el terreno que comparten juntos, el de la pintura, o en todo caso en el de la combinación de pintura y escultura, siempre complementarias y de ecos mutuos, pero la sorpresa ha sido que los dos se han decidido a mostrar sus fotografías, una dedicación a la que Chefi Cabal ya había consagrado su última exposición en la librería Cervantes de Oviedo pero que en Guillermo Ocio constituye toda una novedad. Unidos bajo un mismo título que constituye toda una declaración, el artista ovetense presenta secuencialmente varias fotografías de dramático efectismo trascendente, a modo de intensas vanitas muy trabajadas en el estudio, sin apenas apoyo de recursos digitales, mientras que Chefi M. Cabal retrata con el macro la línea apenas perceptible que bordea la tersura de los pétalos sumergidos en agua, en un elegante juego de colores y formas sugeridas que con el más macabro de su compañero forman un conjunto de extraña sincronía e indudable belleza que se refuerza mutuamente y alienta y da esperanza al espíritu más caduco.

Mirar un cuadro

Mirar un cuadro y a continuación preguntarse qué es lo que nos quieren decir, es la reacción más inmediata a la hora de enfrentarse a una obra de arte. Como ha escrito Xavier Rubert de Ventós, las obras de arte son siempre "promesa de información", y por eso son interpretadas, escrutadas, analizadas. En la obra vemos siempre la expresión de una acción humana: se trata de una convención de ficción, es un efecto y no un objeto, un artefacto y no un producto natural, y por eso el espectador suele tratar de comprender un "sentido" que la obra a lo mejor no tiene ni pretende tener, pero que, no se olvide, su presentación como cuadro implícitamente promete.

Eso estuvo claro durante al menos 500 años, en el período dominado por la función representativa de la pintura, pero el problema surgió cuando la pintura dejó de querer decir algo y se limitó a ser, sencillamente, pintura. La crisis se inició a mediados de ese siglo, cuando muchas de las funciones que venían siendo cometido del artista hasta entonces (del pintor y del escultor, pero sobre todo del pintor) pasaron a manos de técnicos y especialistas (fotógrafos, decoradores, etc.). El arte vio así ocupado gran parte del campo en que reinaba y su instinto de supervivencia le condujo a la introversión y al ensimismamiento en un nuevo arte "depurado" y "esencial" que muchas veces queda fuera del alcance del público, bien sea por ignorancia, por desinterés o, también en numerosas ocasiones, porque la depuración es tan excesiva que del arte no queda el hueso sino la raspa, eso que desechan y menosprecian hasta los perros y los gatos. Por eso son tan necesarias iniciativas como la de la Casa de Cultura de Luarca, que dedica cada viernes de otoño precisamente a eso, a mirar un cuadro, utilizando para ello la colección de arte del Ayuntamiento de Valdés, analizada y penetrada por los ojos escrutadores de críticos que deben separar el trigo y la paja.

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