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Crítica

José Luis Brea

¿Qué se hizo del capitalismo cognitivo?

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Publicado en salonkritik


Un par de bandazos apenas en las economías “de verdad” –las productivas, las especulativas- han bastado para que el sueño de recentramiento de los núcleos de generación de riqueza alrededor del intercambio simbólico y la producción de conocimiento se haya revelado efectivamente eso, un mero y frágil sueño –acaso el dulce sueño de la siesta estival de un fauno.

Es verdad que quienes se empeñaran –se empeñan- en entender la crisis de la economía contemporánea en términos puramente “pre-postindustriales” se encontrarían –se encuentran- hoy desarmados y boquiabiertos –es la economía política del conocimiento, estúpidos-, pero también es cierto que la mirada entusiasta que se dirigía a los sectores de la producción simbólica y cultural hace apenas un par de años, a la busca de un potencial "escenario lanzadera" del futuro de innovación y creatividad, es ahora una mirada apagada, desvanecida, que no brilla en los ojos de nadie, ni nadie se atreve a invocar.

Tenemos tal vez derecho –quienes estamos de este lado de la producción- a acusar de “cortedad de vista” a quienes –si alguno hay- patronean los cursos actuales de la economía global-local-mundial, cuando reaccionan sin titubeo a los desastres traídos por sus propios desmanes aventureristas recortando la inversión en esto de la producción cognitiva, demostrando que para ellos no era realmente otra cosa que gasto en lo superfluo, en lo suntuario-social, si acaso.

Pero acaso haríamos bien en, al mismo tiempo, preguntar en nuestras propias filas por qué ha resultado tan poco creíble la especie de que el nuestro sea –o pueda llegar a ser, transformaciones necesarias mediante, que nadie desde luego parece interesado en impulsar- un auténtico sector de innovación y desarrollo, capaz de motorizar una también auténtica transformación social en profundidad.

¿Será acaso porque nuestras instituciones –y las formaciones de mercado que se les asocian- siguen estructuradas a la medida de las viejas agencias ideológicas –productoras de narratividad cómplice, teatrillos de una representación falseada y falseadora? ¿O será tal vez porque las escasas tentativas de demostrar que nuestro sector puede efectivamente generar riqueza fuera de los límites de su estrecho campo de especulación torticera lo hacen siempre o bajo el signo de la corruptela o bajo el del más vulgar espectáculo sensacionalista –bienales, gentrificación, un turismo pseudocultural esperpéntico, cuando no histrionismos baratos tipo Damien Hirst … etc ?

O será, finalmente, quién sabe, porque en el fondo la superación del interesado estatuto de separación de los registros de la producción simbólica y la económica tout court nunca en realidad ha llegado a producirse. Y porque, consecuentemente, todavía las políticas culturales no han llegado a concebirse siquiera como herramientas útiles para favorecer el genuino desarrollo de ese tan mentado -y ferozmente criticado aún antes de existido- capitalismo cognitivo, ese horizonte remoto –que quizás tendría la fuerza de por lo menos librarnos de esta soez pesadilla inmediata. Todo lo contrario, su objetivo a la fecha –el de las instituciones del arte y la cultura- no ha sido otro que mantener bloqueadas las prácticas de producción simbólica en su condición de meros instrumentos –reaccionarios instrumentos, en tanto lo son de una separación ideológica- al servicio del sostenimiento y continuidad del rancio y viejo capitalismo industrial-especulativo, en su enconada resistencia no digo ya a desaparecer; sino, y aún siquiera, a evolucionar.

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