AJIMEZ ARTE

Crítica

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Luis Feás Costilla

Ricardo Mojardín. Cave Canem

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Publicado en La Voz de Asturias
 Galería Vértice, calle Marqués de Santa Cruz, 10 (Oviedo). Lunes, de 17.30 a 21 horas. Martes a sábados, de 11.30 a 14 y de 17.30 a 21 horas.
Hasta el 8 de noviembre.



Ricardo Mojardín muestra en la galería Vértice de Oviedo la nueva crisálida de su proyecto Karmanimal, el ejercicio transmigratorio en el que lleva ocupado los últimos cinco años. En este tiempo Mojardín se ha encarnado en simios, vacas, peces y conejos para ironizar sobre la fatuidad moderna y la emisión y recepción del arte en la contemporaneidad, con alusiones que no por evidentes dejan de tener mucha gracia, siempre con la misma pregunta: ¿de verdad hay tanta diferencia, en lo que se refiere al arte, entre el hombre y los animales? Con el arte convertido en un espectáculo de masas, ¿acaso el ser humano no se comporta a veces como un primate enjaulado, no rumia como una vaca pesada, no boquea como un pez recién pescado? En el caso de los canes que integran esta exposición, primero presentada en la galería El Convent, situada en una masía del Ampurdán, el artista es al menos explícito al señalar la diferencia, establecida como una máxima de ribetes clásicos: “El perro ve, se acerca y huele; el hombre ve, se acerca y lee”.
    La exposición está dividida en dos partes muy distintas. Por un lado, presenta una veintena de cuadros en los que se reproducen, pincelada a pincelada, los perros más famosos de la historia del arte, pintados por grandes maestros como Velázquez, Tintoretto, Murillo, Rubens, Tiziano, Teniers o Paul De Vos, copiados al óleo sobre un vinilo en el se transcriben, palabra por palabra, textos académicos en los que se les describe o hace mención, pegados a su vez en una tabla. Por otro, muestra una instalación en la que se reproducen las siluetas de estos mismos perros recortadas en terciopelo negro y pegadas sobre una lona blanca plastificada, con la que se envuelven los troncos de los árboles del ovetense Campo de San Francisco, frente a la galería Vértice. Así, los perros pueden disfrutar del montaje en el exterior mientras sus dueños lo hacen de los cuadros en el interior, que como suele ser habitual en el artista asturiano están minuciosamente ejecutados, con la delicadeza y el cuidado con los que se acaricia a un perro viejo cuya muerte no se quiere por nada del mundo.
Cuidado con el artísta
No es la primera vez que defino a Ricardo Mojardín como un artista libertario, al que resulta muy difícil encasillar o encerrar en una sola actividad, él que es pintor, grabador y muchas otras cosas más, sin miedo a las contradicciones. Tampoco le gustan los límites demasiado estrechos de las disciplinas, y por eso él transita con toda comodidad por el territorio ambiguo de la instalación, pero lo bueno es que lo hace desde el conocimiento experto en cada una de las técnicas: lo que pinta lo pinta bien, lo que graba lo graba estupendamente (con premios nacionales), los objetos que utiliza están empleados con todo el mimo que requieren los materiales, por lo que sus instalaciones no son estériles híbridos sino muy fértiles acumulaciones multidisciplinares. Es un artista anarquista pero no un anartista, pues no cree en las jerarquías pero tampoco es de esos que se pierden en la mera provocación y acaban confundiendo el arte con la publicidad, y sus logros mayores no se deben a un azar espontáneo y fácil sino al ejercicio continuado y sistemático de una gran libertad creativa.
Eso sí, tampoco es que sacralice el arte ni lo convierta en el centro de la vida: sabe que es importante pero que no da de comer ni de beber y le parece más sensato mantenerse a una sana distancia analítica, para poder reírse del genio y de todos sus demiurgos y dejar así las cosas en su sitio. A lo largo de treinta años, Ricardo Mojardín ha puesto en cuestión tanto la veracidad de la representación pictórica, como la identidad del artista o los modos convencionales de exhibición artística. El artista asturiano se pregunta sobre la necesidad que tiene el hombre de complementar la información visual que recibe mediante la cultura, que le aleja del objeto percibido. Si hubiera que desconfiar de los sentidos puramente estéticos, la vista y el oído, los animales le llevarían ventaja, pues cubren sus carencias visuales con otros sentidos como el olfato, sin marcar tanto las distancias, y de ahí la advertencia pompeyana que da título a la exposición, Cuidado con el perro, que demuestra los planteamientos subversivos de Ricardo Mojardín y pone muy alto su índice de peligrosidad social y artística.

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