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Crítica

Luis Feás Costilla

Nueva York, dentro y fuera

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Publicado en La Voz de Asturias
Bernabé. New York Inside-Outside.
Lugar: Sala Murillo, calle Marqués de Pidal, 7 (Oviedo). Lunes a sábados de 18 a 21.30 horas.
Hasta el 29 de septiembre.


Cuando ganó en 2006 el Premio de Pintura de la Junta General del Principado, Bernabé Fernández Llana era para la crítica asturiana un perfecto desconocido. Formado en talleres particulares y ganador de varios concursos de pintura rápida al aire libre, su obra no había sido apenas exhibida en Asturias, salvo en una exposición compartida en la galería Murillo y otro par de individuales en salas menores, pese a lo cual un jurado compuesto por directores de relevantes museos nacionales no tuvieron el menor reparo en galardonar su lienzo, que competía con otros de no menos interés. Su mérito: hacer figuración contemporánea aplicada a temas de nuestro tiempo, sin miedo a enfrentarse a un formato grande y realizando las simplificaciones necesarias para que parezca actual.
Es verdad que, para quien aplica el juicio con distancia o sin ideas preconcebidas, la pintura de Bernabé resulta inmediatamente grata, bien planteada, dibujada y resuelta. No importa que se haya iniciado tardíamente, que a sus cuarenta y cinco años aún esté haciendo sus primeros pinitos en esto del arte o que todavía tenga que desprenderse de algunas influencias notorias. El suyo no sería el primer caso de artista de vocación desde la infancia que no ha podido desarrollarse hasta la edad madura y que por eso mismo quema etapas con rapidez, aprende de cada nuevo paso y evoluciona de una forma acelerada pero coherente.
Entre su estreno en Murillo y el premio de la Junta General del Principado ya había un cambio apreciable, a pesar de que de uno a otro había apenas unos meses de diferencia, y entre el premio y esta nueva exposición en la sala de Oviedo, dos años después, ya puede hablarse de una manera de hacer reconocible, con unas características propias que se pueden analizar y entre las que destaca una clara preferencia por los temas urbanos, tanto de exteriores, con esos motivos de coches y túneles que tanto recuerdan a los de Alejandro Quincoces, como de interiores, referentes a tránsitos por museos de arte contemporáneo o por estaciones de tren, similares a los practicados en aeropuertos por otro artista de la misma galería, Federico Granell.
A contra luz
En un pintor figurativo no es baladí el tema que se escoja y en este sentido es destacable que Bernabé quiera huir de tópicos y tipismos y se decante por motivos ciudadanos sin apenas anécdota, que refleja de manera fiel pero con la necesaria frialdad estilística, sin demasiadas implicaciones emocionales, para lo cual no ha dudado en aprovechar sus viajes por ciudades lejanas como Madrid o Nueva York y utilizar las impresiones allí conseguidas, con la ayuda de una cámara fotográfica que maneja con la misma soltura que los pinceles.
 Bernabé tiene una manera de pintar muy resolutiva, sin preocuparse demasiado por el detalle, con pinceladas amplias y ágiles o incluso barridos y restregados con la brocha. Al artista de Valduno lo que suelen interesarle no son tanto las figuras que representa como los efectos de luz y color, los contrastes vigorosos, las sombras en primer término que producen los fondos deslumbrantes, ya sean debidos a letreros luminosos, enormes cristaleras hacia el exterior o al sol del ocaso que se pone rasante entre rascacielos, al final de una calle. Ese enfrentamiento y superposición de las zonas oscuras del cuadro sobre las más claras, quizá el distintivo más evidente de su pintura, producen una tensión muy plástica y reiteradamente buscada que no es sino el reflejo de un pintor que conoce bien los recursos con los que cuenta y los sabe aprovechar.
En los dos últimos años, Bernabé ha protagonizado nuevas exposiciones individuales en las galerías Sharon de León y Espacio 36 de Zamora, y otra compartida en Gema Llamazares, y con ello ha podido reforzar el aprecio por una obra cada vez mejor conocida y que es fruto de un lustro largo de trabajo. Lo que presenta ahora en la sala Murillo de Oviedo, convenientemente ambientado con elementos urbanos neoyorquinos muy reconocibles, sigue los parámetros anteriormente señalados y también una más acusada tendencia a utilizar formatos muy alargados, apaisados, que recortan significativamente las escenas y obligan al espectador a completarlas mentalmente, al tiempo que subrayan sólo lo que a este cada vez más atrevido pintor le interesa

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