AJIMEZ ARTE

Crítica

Enrique Andrés Ruiz

El milagro de pintar

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Publico en ABC

Miguel Galano
El mar y la noche
Galería Utopía Parkway, Madrid. C/ Reina,11
Hasta el 14 de Noviembre

En las pinturas de Miguel Galano está siempre, junto a la realidad de afuera que pugna por vivir en paz, el interior del artista en el que se libra, al roce con esa realidad, una guerra de emociones que salta a la vista. El pintor, ante el entresueño de su visión, quisiera -como decía Von Balthasar- dejar ser a lo que es, dejar en su buena condición de libre y santa hermosura a la criatura que ha visto -y que puede ser un paisaje- ayer, anteayer o esta noche. El escollo con el que el pintor se encuentra es su turbulento interior, en el que esa criatura a punto está, a la manera romántica, de ser convertida en un reflejo de la propia entraña tormentosa.

Pero Galano no es, propiamente, un romántico, y lo que pueda tener de romántico lo tendrá de aquel Corot de los souvenirs de la Ville d? Avray, de La solitude, umbroso y brumoso. Este mismo año dedicó Galano, en el Museo de Bellas Artes de Asturias, un homenaje al maestro, que se tituló Corotiana, presidido por una de las pinturas más extraordinarias que se han pintado en España en los últimos años, El paseo de Corot, a partir de una visión del parque gijonés de Isabel la Católica. Este era un cuadro de la misma familia que aquel otro -excelente- con el que ganó el Premio Ángel de pintura, a partir esta vez del paso del pintor por un cementerio de Copenhague. No es, pues, el pintor conciso de Tívoli el que mueve a Miguel Galano, sino el regresado a sus orillas como el que regresa, entre las nieblas del crepúsculo, al recuerdo de un incierto ayer. Por lo demás, Miguel Galano ya tituló El Norte su exposición retrospectiva de hace unos años en el Museo de Teruel y no es difícil ver en él eso, un pintor norteño, y a veces un pintor nórdico, aunque sean cosas bien distintas.

Yo tengo un jardín de naranjos pintado por Miguel Galano pensando en uno visto en Córdoba, pero que, en su fosca nocturnidad, se diría que está en Avilés. El mundo del pintor es oscuro y esta exposición es la puesta en el límite de esa condición. Su oscuridad es, además, la melancólica y fragosa de un norte del alma. Diríamos enseguida, al ver incluso pinturas que Galano ha pintado como souvenirs de la clara Castilla o de la Andalucía cenital, que el pintor convierte en norte lo que toca. Una costa portuguesa, la farola nocturna de una urbanización, una tapia al mediodía, la ribera de árboles en un parque de la Europa Central, son por igual nortes a la vista de este pintor sin par del que se puede decir que pinta de milagro.

Convertir en Norte. Esto queda patente a los ojos de un aficionado a la pintura, no ante el que no lo es, o lo es a otra cosa. Galano no es pintor en el mismo sentido en que se llama pintor a quien cree que la pintura es una práctica que tiene por cometido satisfacer al fetichismo burgués, de cuya muerte, hacia los años sesenta del siglo XX, fue resucitada por la reviviscencia reaccionaria de la señora Thatcher y el señor Reagan en los ochenta. Tampoco lo será para quien desea poner a los artistas, como pretende el nuevo director del «complejo mostoleño», a pensar sobre «la centralidad de la centralidad». Ni para quien, para ver algo, mira por el catalejo que busca solo contradicciones postcoloniales y sus reflejos. Pero no demos yesca a quien luego nos puede decir que aprovechamos cualquier ocasión; aunque bien sabe Dios que estas consideraciones son inseparables de la suerte de la pintura en nuestro devastado mundo.

Sin padre ni madre. Digamos, sencillamente -por lo del milagro-, que Miguel Galano tiene un cierto estilo, quizá marcado por el norte y la melancolía. Pero de vez en cuando salta el cuadro raro, sin padre ni madre, fuera de estilo y lejos de la previsión que, por hacer caso a Corot, nace de la propia experiencia de los sentidos antes que de los modelos de la tradición «fetichista». Es entonces cuando este pintor excepcional ha visto venir el milagro y ha decidido que ya no va a tocar más lo que no se puede tocar. Retira su mano para que la criatura entresoñada en el recuerdo se haga presente y vuelva a vivir por sí sola en la pintura. Es hermoso pensar que fuera algo parecido al sueño de hacer volver lo ausente a la presencia, a lo que Alano de Lille, autor del Anticlaudianus, llamaba, hace ya muchos siglos, el «milagro de pintar». También era llamado Alano el Grande y Alanus Ab Insulis.

 

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