AJIMEZ ARTE

Crítica

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Luis Feás Costilla

Todo va bien, se supone

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Publicado en La Voz de Asturias
David Martínez Suárez. Tout va bien.
Sala Borrón, calle General Yagüe 3 (Oviedo). Lunes a viernes de 11.30 a 14.30 y de 18 a 21 horas. Sábados, de 11.30 a 14.30 horas.
Hasta el 25 de junio.

Tout va bien es el título de una película de Jean Luc Godard que utiliza David Martínez Suárez para su presentación en Oviedo, en la Sala Borrón. Está considerada como el más alto grado de compromiso político marxista y en defensa de la lucha de clases del magistral cineasta francés, de quien el joven asturiano, autor él mismo de trabajadas películas documentales, recoge algunas interesantes máximas (“No hacer películas políticas sino hacer películas políticamente”) y reflexiones (“Cuando quiero saber cómo me va con una mujer, no le pregunto si me quiere. Porque las palabras pueden tranquilizar durante cinco minutos, pero la duda vuelve. Hago la película. Y ahí, cuando está acabada, puedo ver realmente cómo me va con ella y a ella conmigo”) que tienen mucho que ver con su propia manera de entender la práctica artística.
Porque David Martínez Suárez es un devoto de la facticidad, es decir, de la negativa a comunicar de las estéticas fuertes que también defendía Paul Valéry y en las que el hacer es más importante que el decir, pues se supone que la obra debe bastarse a sí misma. Es un presupuesto del arte contemporáneo que puso en circulación el arte minimalista y que el joven artista, formado en la Universidad del País Vasco, secunda hasta el punto de negarse a incluir su currículum en el folleto de la exposición (pues lo importante es el arte y no el artista), si bien admite el texto introductorio de Antonio Alonso de la Torre y uno propio final, lleno de sugerentes acotaciones sobre la lógica que evita el discurso y el qué que antecede al cómo y a lo preconcebido.
En este sentido, lo que hace es obligarnos a que nos enfrentemos con su obra directamente, sin intermediaciones. ¿Y qué es lo que nos encontramos? Pues una veintena de rudos collages en blanco y negro o color sin ningún tipo de pretensión estética, hechos bastamente con imágenes sacadas de revistas y otros medios de prensa torpemente ensamblados, que no quieren tener gracia ni interés alguno, tan sólo una difusa intención de combate y un interés por rebelarse contra los canales de comercialización de lo artístico, tan voraces.

Discurso interrumpido

El arma que utiliza David Martínez Suárez es el montaje, que es el mismo instrumento de combate que utilizaron cineastas como Einsenstein o Godard y los menos militantes pero mucho más subversivos dadaístas. Según estudió Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductivilidad técnica, su conocidísimo discurso interrumpido, el montaje cinematográfico, forma artística nueva, consiguió, con toda espontaneidad, producir los efectos que ansiaban buscar los dadaístas con los collages, que al fin y al cabo utilizaban los recursos de un medio artístico tradicional como es la pintura. El cine, arte genuinamente de masas, sería pues el medio técnico perfecto para acabar con la hegemonía de la burguesía y acabar con el aura de la obra única, y como tal sería un mecanismo de progreso social, aunque, como se ha visto a lo largo de los últimos cien años, siempre bordearía el peligro de acabar sucumbiendo a las leyes del mercado, su total enemigo.
Por eso, David Martínez Suárez no ha de basar la fuerza de su resistencia en sus collages fotográficos, demasiado anestéticos para ser efectivos, ni tampoco en sus obras cinematográficas, que no se muestran en Borrón pero podrían exhibirse en cualquier sala comercial, tal es su acatamiento de las convenciones del lenguaje fílmico, sino en sus potentes ensamblajes en madera y neón como el que expone en la sala del Instituto Asturiano de la Juventud, de explícita reivindicación laboral y social y que no dejan de ser un traspaso a las tres dimensiones de sus montajes en papel, pero con un poderío mayor y una muy superior eficacia plástica. En lo que no debe perderse de ninguna manera es en discursos autocomplacientes como el del gran Donald Judd, el escultor minimalista, cuando afirmaba aquello de que “si yo digo que esto es arte, es que es arte”, o el de su seguidor el conceptual Douglas Huebler, para quien “lo que yo digo es parte de la obra de arte: no necesito que los críticos digan cosas sobre mi obra, yo mismo les explico de qué se trata”. Estas actitudes un tanto pueriles lo único que consiguen es poner en cuestión la posibilidad misma de todo juicio crítico, en irritante abdicación

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