AJIMEZ ARTE

Crítica

Ángel Antonio Rodríguez.

Acciones y convergencias

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Publicado en ABC   

 

Cuando recibió el Nobel de Medicina en 1906, Ramón y Cajal dijo que las imágenes del tejido cerebral eran tan nítidas como un dibujo a tinta china. Ya entonces se visualizaban con un método a base de sales de plata descubierto por el italiano Camillo Golgi, con quien el español tuvo que compartir el Premio. Nuestro científico continuó proyectando su conocida pasión pictórica hacia las redes neuronales mediante el dibujo, la mejor manera de plasmar las caprichosas formas que descubría su microscopio, pero su auténtica revolución no fue la descripción de gran número de células, sino el hallazgo de nuevos espacios abiertos a descubrimientos, desde la supervivencia del ser humano o los teoremas matemáticos hasta la esencialidad de una obra artística.

Con esas premisas, parece lógico que Karin Ohlenschläger, comisaria de Banquete-nodos y redes, abogue a la memoria de Cajal para confirmar que, «un siglo más tarde, nuestro conocimiento acerca de la dinámica de las redes ya no concierne sólo a los circuitos neuronales», y que del mismo modo que éstos son cambiantes, «también las redes de organización entre átomos y moléculas lo son, así como las redes de relaciones entre personas, comunidades o culturas». La muestra plantea un conjunto de reflexiones participativas que exploran la red como patrón común de nuestra actualidad.

Tercera oportunidad. Esta es la tercera colectiva de arte digital de una serie iniciada bajo el proyecto banquete- (inspirado en el conocido diálogo platónico) que varios especialistas pusieron en marcha en los años noventa y hoy cuenta con una asociación cultural para promover acciones y convergencias entre los sistemas biológicos, sociales, tecnológicos y culturales. Las dos primeras fueron Metabolismo y evolución (2003) y Comunicación en evolución (2005) que impulsó MediaLab-Madrid junto a otros organismos, como el ZKM de Karlsruhe, donde irá el año que viene esta nueva cita. Se constata así la necesidad de LABoral de aprovecharse del camino que abrieron otros. Y en ese empeño por erigirse en referencia, Rosina Gómez-Baeza ofrece una confusa mixtura de cifras para justificar el centro que dirige y que ahora denomina «LAB» a secas, persiguiendo esa singularidad aún lejana.

Valor añadido. Firmas como Eugenio Ampudia, Marcel.lí Antúnez, Daniel Canogar o Fontcuberta aportan prestigio con propuestas que ya se han visto en otros foros. Lo mismo ocurre con las instalaciones Luci, sin nombre y sin memoria, de José Manuel Berenguer, y Sin título (Ciencia Ficción), de Marina Núñez, que logran mejores relecturas. Entre las sorpresas destacables, Secuencias 24, de Pablo Armesto, un poético razonamiento de las tesis expositivas que analiza los infinitos ritmos del genoma humano y respeta la pureza estética. La sencilla interfaz de la Terre di Nessuno de Jerez e Iges es otro ejemplo rotundo para concebir una irónica escenografía, sin tapujos. En otras realidades virtuales, acciones robóticas, vídeos y proyectos net.art hay bastantes altibajos, y la complejidad documental prima sobre el diálogo con un espectador huérfano de explicaciones más resolutivas. Abundan las producciones con propósito educativo, pero pocas (La intención de Marta Gonzalo y Publio Pérez, POEtic-Cubes, de Raquel Paricio y J. Manuel Moreno) se brindan con claridad argumental. Y es que, pese al importante esfuerzo dedicado al montaje, LABoral sigue adoleciendo de una comunicación más fluida y de esa capacidad de síntesis que defendía Cajal en sus estudios.

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