AJIMEZ ARTE

Crítica

Luis Feás Costilla

Entrada al jardín secreto

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Publicado en La Voz de Asturias
Soledad Córdoba. Un lugar secreto.
Galería Vértice, calle Marqués de Santa Cruz, 10 (Oviedo). Lunes, de 17.30 a 21 horas. Martes a sábados, de 11.30 a 14 y de 17.30 a 21 horas.
Hasta el 31 de mayo.

Va llegando a su fin la exposición de Soledad Córdoba en la galería Vértice de Oviedo, que, como viene siendo habitual en cada ocasión en que aparece públicamente esta joven fotógrafa creativa, ha tenido una considerable repercusión en los medios. Nacida en Avilés hace treinta y un años, su eco ha sido nacional desde que obtuvo, en 2001, el premio de fotografía del suplemento El Cultural del diario El Mundo, con una línea de trabajo que ha mantenido desde entonces: series secuenciadas, protagonizadas por ella misma, en las que su cuerpo excreta, segrega o expulsa su yo más íntimo, metamorfoseado en poéticos elementos de la naturaleza. Posteriormente ha recibido otros galardones importantes, como el del Certamen Nacional de Arte de Luarca o del Certamen Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid, ambos en 2003, o el Premio Joven 2004 de la Universidad Complutense, ha formado parte de la sección oficial de Photoespaña y ha expuesto, además de en Asturias, en la galería Blanca Soto de Madrid, en la sede de La Caixa de Lérida o en la Sala Juana Francés de Zaragoza.
Pero su principal apoyo sigue siendo Vértice, con la que ya expuso individualmente en 2003 y que la ha llevado a Arco y a la feria de Lisboa. El vestíbulo de entrada de esta límpida galería ovetense le sirve a Soledad Córdoba para albergar su última serie en curso, titulada Un lugar secreto y compuesta hasta el momento de seis piezas diferentes, una de las cuales se muestra simultáneamente en la exposición Arte AlNorte del Palacio Revillagigedo de Gijón. En ellas, la artista avilesina se exhibe –más púdicamente esta vez– como un ser de inusitado magnetismo telúrico, capaz de extraer de sus entrañas bandadas de mariposas o de atraer hacia sí los elementos vivos de un cuadro o los que se ocultan al otro lado del espejo. La fuerza de las imágenes, que desbordan, en su alto vuelo, cualquier exceso lírico –una rosa es una rosa–, se potencia con su presentación en secuencias, algo deslucida por la manera en la que han sido colocadas las fotografías, de abajo arriba y de derecha a izquierda, al revés de lo que es normal en nuestra tradición de lectura.

Verdad desnuda
La tentación de autorretratarse y convertir al propio artista en el eje principal en torno al cual gira toda su obra es una tendencia muy de ahora, acostumbrados como estamos al exhibicionismo sin cuento de la televisión, la fama instantánea y los quince minutos de gloria que preconizaba Andy Warhol. La falta de pudor mediática se explica por la dura competencia entre iguales, las ganas de llamar la atención y, también, por el deseo de proporcionar una marca de autenticidad y un sello personal a una obra que, de otra manera, no sería tan identificable y distinguible. Es comprensible que muchos autores quieran firmar sus obras de esa manera, aunque eso a veces contribuya a la usurpación del arte por el artista, o que lo hagan por economía de medios, como lo hicieron todos los grandes maestros antiguos con sus autorretratos, pero a uno siempre le debería dar cierto apuro verse tantas veces reproducido, a no ser que se tenga un ego desmedido o una falta absoluta de consciencia.
 Esta diatriba nada tiene que ver, por supuesto, con la estupenda fotografía autorreferencial de Soledad Córdoba, impensable de otro modo, ni con los méritos de la de Cristina Ferrández Box, tan vehemente y sincera, pero resulta llamativo que esta última no tenga problema en mostrarse como Dios la trajo al mundo en su exposición en la Sala Borrón de Oviedo, siendo luego tan tímida como es. Se suele decir que los tímidos somos capaces por reacción del extremo más opuesto, y que los actores más histriónicos en público son siempre los más reservados y callados en privado, pero lo cierto es que la fotógrafa afincada en Asturias muestra sin rubor su blanco cuerpo metido en un nido hecho de ramajes como parte de su propuesta artística. Con ella quiere reflejar su comunión plena con una naturaleza cada vez más amenazada por la presión humana, representada en fotografías quemadas de bosques devastados por el fuego a los que ofrece en desagravio una instalación cerámica próxima al land art y con la que busca, a la manera romántica, desactivar un proceso que, a poco que nos descuidemos, va a traer un diluvio del que no nos salvará ni el mismísimo monte Ararat.

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