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Ana Fernández

Adolfo Manzano, el hogar como frontera

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Publicado en El Cultural
La casa es la frontera
Galería Espacio Líquido. Jovellanos, 3. Gijón. Hasta el 7 de junio. De 350 a 5.800 E.

 


La exposición de Adolfo Manzano (Quirós, Asturias, 1958) funciona como una instalación cuyo hilo argumental es la casa como frontera, como refugio, como auténtico muro que separa lo íntimo y lo público. En la sala de la galería, dieciséis obras ejecutadas en este año muestran la facilidad del artista para adaptar la técnica y los materiales al mensaje y de articular un discurso con diferentes medios expresivos.

Hay pequeñas casas monolíticas de mármol blanco pintadas con sentencias que en su conjunto forman un discurso completo y que adoptan la caligrafía peculiar del grafiti. Hay un bloque de esas casas que se dispone en hilera como si fueran adosados, o con la inestabilidad irregular que tanto gusta al artista. Y hay también grandes dibujos de grafito sobre papel poliéster donde se perfila la silueta de una joven atractiva mostrando el bloque de la casa recorrido por las frases evocadoras. Esas imágenes funcionan como el book de un producto comercial, semejan una parodia de los resortes de la mercadotecnia moderna donde se asocia la belleza con las bondades de un producto, tienen el formato de la cartelería y la teatralidad vacua de un programa de lanzamiento publicitario. Por último, la pared del fondo de la sala está ocupada por un enorme grafiti de colores ejecutado por un profesional de ese arte callejero. El mural rompe visualmente con la asepsia del blanco marmóreo y la delicadeza del grafito sobre papel, y conceptualmente explica la idea de la calle como una trinchera, pues en medio se levanta sobre una peana otra casa elemental, ya no de piedra sino dorada, como un lingote o una joya.

El hogar, que es frontera en muchos aspectos, dirime la tensión con la ciudad precisamente en la calle, ese lugar de lucha donde el aislamiento doméstico del individuo se convierte en la soledad del ciudadano, donde la necesidad elemental de una vivienda choca con la especulación del suelo, donde el ser humano se vuelve masa y las ideas personales se diluyen en la fuerza fagocitadora del conjunto. El grafiti es el grito de rebeldía del individuo (ése mismo que deja su nombre o apodo en los muros) contra un sistema que niega su derecho a un lugar digno para vivir y contra esa sociedad deshumanizada que se ha olvidado de lo importante.

 

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