AJIMEZ ARTE

Crítica

Luis Feás Costilla

Caminan juntos y en silencio

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Publicado en La Voz de Asturias
María Jesús Rodríguez – Hugo O’Donnell: “Caminábamos en silencio”.
Galería Gema Llamazares, calle Instituto, 23 (Gijón). Lunes, de 17.30 a 21.30 horas. Martes a sábados, de 11.30 a 14 y de 17.30 a 21.30 horas.
Hasta el 24 de mayo.

María Jesús Rodríguez y Hugo O’Donnell forman, por fin, pareja de hecho. No me refiero, por supuesto, a su estado civil y sentimental, sino a la cuestión de que, por primera vez, se hayan decidido a realizar una exposición conjunta, ellos que tienen tantos vínculos artísticos en común, formales, expresivos y de concepto. Miembros fundadores del grupo Abra, gozne del nuevo arte asturiano, allá por los años ochenta, desde entonces han venido desarrollando –en silencio– un camino paralelo en el que lo fundamental es una formalización abstracta de lo norteño, una apreciación subjetiva y sublimada de la naturaleza asturiana –con la que conviven diariamente– y un compromiso ético y estético con el arte de su tiempo, del que son dos eximios representantes. Sus confluencias eran tan evidentes que era lógico pensar que en algún momento podrían llegar a protagonizar al alimón una exposición como esta, que le deberemos ya para siempre a la galerista Gema Llamazares.
Sus obras combinan tan bien que hubieran aguantado perfectamente si hubieran sido dispuestas juntas, pero por el contrario se ha optado por realizar un montaje por separado, privándonos del placer de poder establecer más directamente analogías, estrechamientos y conexiones entre ellos. En la planta de arriba se muestra la obra bidimensional de Hugo O’Donnell, mientras que en la de abajo se exhibe la obra tridimensional de María Jesús Rodríguez, realizadas ambas con una perfección y laboriosidad que va más allá de todo lo exigible. Él presenta una docena de pinturas de su producción más reciente, dividida como siempre en series y modulada en bandas y planos fragmentados, mientras que ella muestra las últimas versiones de sus grabados en bloques de aluminio, con los que dio un giro radical en 2005, tras más de veinte años de uso del cartón como material casi exclusivo de su obra, siempre a medio camino entre lo pictórico y lo escultórico. El bellísimo matiz de color lo da el óleo, en el caso de María Jesús mezclado con barniz y en el de Hugo con lápiz y pinturas industriales, huella y sello de estos dos artistas auténticos.

Trabajos Chinos

Tanto María Jesús Rodríguez como Hugo O’Donnell trabajan como chinos para conseguir un resultado de delicadeza casi japonesa. O’Donnell, sin ir más lejos, suele dibujar con lápiz sobre la mancha de color todavía húmeda, levantando auténticas mallas de grafito que en su momento, por ejemplo, recordaron la urdimbre umbrosa del bosque asturiano, su diminuta y abundante hojarasca otoñal, con lo que daba especificidad local, cercanía y calidez a una obra que, de otro modo, debiera ser ubicada dentro de la abstracción postpictórica, en un registro más frío. Ahora, en las obras que muestran en la galería Gema Llamazares, el pintor refuerza la blanca espuma del trazo y el gesto perfilando con lápiz nada menos que cada uno de los pliegues del pigmento extendido, cada una de sus oquedades, cada una de sus fisuras, con la paciencia de un santón budista, en un ejercicio de precisión que, visto muy de cerca, a corta distancia, recuerda los dibujos de olas del nipón Hokusai y sus diáfanas líneas de contorno.
Por su parte, María Jesús Rodríguez también se ha metido en un buen lío. Cuando decidió dejar de trabajar con el cartón para pasarse a las planchas de aluminio, un poco constreñida por las escasas posibilidades que aquel primer material ofrecía (y con el que tantos, tan variados y tan insospechados resultados plásticos había obtenido, sin embargo), se dio cuenta enseguida de que cambiaba para complicarse todavía más y que las exigencias de su nueva técnica de trabajo eran aún mayores que la del cartón, tan sencillo. Rodríguez graba en el aluminio diminutos jardines de cuento de hadas (vergeles microscópicos llenos de algas, líquenes, hojas y otros motivos vegetales, terrestres o marinos pero sacados siempre de su vivencia infantil en el occidente asturiano) y lo hace con la minuciosidad propia de la mejor ilustradora, en complejos entramados coloreados a varias caras que pueden colocarse tanto perpendiculares a la pared como de pie, exentos y sin apoyos, consiguiendo piezas únicas de belleza insólita para cuya concreción ha sido necesario un esfuerzo evidente.

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