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Crítica

Gabino Busto Hevia

Museos: ¿Agentes de cambio o de inmovilismo?

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Publicado en La Nueva España

Quisiera aprovechar este Día Internacional del Museo o de los Museos, dedicado oficialmente al cambio social y al desarrollo, no para reflexionar, como habrán hecho tantos, acaso bajo nómina o cheque, sobre el papel que los museos pueden cumplir en las transformaciones sociales y en las evoluciones de nuestro mundo, sino para tratar de algo más oculto, por determinante y comprometido, como es la cuestión de en qué medida la propia comunidad museística acoge y se muestra sensible a las innovaciones sociales y a sus correspondientes retos.
Me apresuro a decir que no comparto el optimismo oficialista que por nuestras latitudes rodea al museo en general, y que a veces, incluso, lo coloca sin sonrojo entre la mejor vanguardia cultural y social.
En primer lugar hay que decir que el museo, en el mundo desarrollado, y en sus distintos grados y escalas, forma parte de un sistema muy controlado e intervenido, relacionado íntimamente con los manejos del poder e involucrado de manera activa en el sostenimiento de la realidad socio-política imperante. No hay más que echar un vistazo a la función que cumplen los museos, cada vez más hegemónica y excluyente, en la promoción y sostenimiento de los lucrativos negocios turísticos y, lo que es mucho más decisivo, en la producción de los propios turistas, sin los cuales no habría negocio, para darse cuenta del alcance que puede adoptar este fenómeno en nuestras comunidades.
En segundo lugar, las interrelaciones entre los grandes museos, los medianos y los pequeños, sujetas a rígidos marcos protocolarios y económicos, resultan extremadamente difíciles, casi imposibles. Al igual que en los mejores años de la sociedad estamental, la amistad y el amor, en el mundo de los museos, cuando se da, es entre iguales. Y en esas relaciones lo que rige es más bien una disimulada pero dura competencia por ver quien compra más y mejor, quien “levanta” más patrocinios, legados y donaciones, quien recibe y maneja más dinero, quien organiza las exposiciones de mayor bombo y platillo, y quien atrae mayor número de público. Conozco casos de lucha descarnada por un simple objeto o actuaciones insolidarias de un museo respecto a otro, cuando lo interesante, en el caso que nos ocupa, sería que los museos pudientes auxiliaran a los desfavorecidos, compartieran sus privadas y voluminosas agendas, intercambiaran generosamente sus conocimientos y propiciaran sinergias que corrigiesen los desequilibrios sociales y territoriales.
En tercer lugar, la Institución, en sus expresiones más genuinas, se caracteriza por una estructura jerárquica administrativa y científica espantosamente clasista, en la que el secretismo, la prepotencia, el cinismo y el autoritarismo son moneda corriente. En estos escenarios suele tener muy difícil cabida la cooperación o la ayuda mutua. No es que se le oculte información institucional o científica al usuario, es que unos técnicos velan por encubrírsela a otros. No es que el museo se muestre impermeable hacia las iniciativas ciudadanas, es que se muestra opaco hacia las proposiciones que pudieran emanar de sus propios trabajadores. No es que el museo, finalmente, luche por la corrección de las desigualdades sociales y culturales, es que las fomenta desde su interior.
Desgraciadamente son muchos los museos que en nuestra órbita presentan serios conflictos socio-laborales, conductas antisindicales, represión de derechos constitucionales, desarticulaciones de equipos, crecimiento alarmante de riesgos y, sobre todo, una pavorosa tendencia a precarizar cada vez más el empleo.
Todo museo que se precie aspira hoy, con auténtica fe, con verdadero ahínco, a funcionar como lo haría cualquier empresa, grande o pequeña, pero al uso. Así, los sueños de la presente museología giran alrededor de la disposición de un arquitecto divino, unos poderosos padrinos capitalistas, un director-gestor mediático –no importa si se revela con el tiempo nesciente, ágrafo, patán o las tres cosas a la vez-, un conservador astro o estrella en el infinito firmamento de la sabiduría, un equipo dócil y fácilmente intercambiable, una saneada cuenta, una amplia cartera de consumidores fieles y, si llegase el caso, algún que otro figurón de adorno.
El panorama no puede ser más desolador. El ente museal, apoyado en sus peores herencias y en su particular configuración actual, tiende a reforzar, desde sus mismas entrañas, las formas más perversas de control social, segregación, censura y dominación.
Ejemplo de ello, entre tantos, ha sido la suerte que corrieron dos de mis textos, dedicados al museo en abstracto, refrendados por mi dilecto Agustín García Calvo, muy aplaudidos y solicitados en sendos foros públicos en donde se presentaron, pero radicalmente repelidos por la Dirección del Museo de Bellas Artes de Asturias, la cual, prevaliéndose de su poder y al objeto de neutralizar desesperadamente una demanda de reintegración de funciones y acoso laboral, llegó a recuperarlos y utilizarlos mucho después, sin venir a cuento, en dicha litis, y a prohibir a la par el ejercicio de toda suerte de libertad de expresión de quien suscribe, confundiendo así, increíblemente, la crítica abstracta con la concreta, embrollando la expresión institucional con la particular, instando a una especie de testigo de descargo, que había llegado a disfrutar complacido de uno de los citados trabajos, a declarar en contra del actor,  todo ello en un intento de ahogar cualquier atisbo de voz crítica y de amputar despóticamente el pensamiento libre, precisamente desde un Museo. Sin  embargo, este patético asunto, a la larga, no dejó de resultar gratificante y animoso para mí, pues si alguien con alguna que otra responsabilidad en un Museo actúa de esa forma es porque encuentra en los escritos, bien breves y humildes por cierto, un peligro hacia sus generales y reaccionarias concepciones acerca de ese genérico equipamiento cultural o porque la abstracta y por ello contundente y viva acción de la palabra viene a cuestionar, sin ni siquiera haberlo pretendido, sus viejos privilegios, verbigracia, el de dirigir un Museo y pertenecer al Patronato de otro, incompatibilidad, dicho sea de paso, denunciada en el Documento de buenas prácticas en museos y centros de arte adoptado por el Ministerio de Cultura.
En fin, los museos, honestamente, si no se caracterizan, como he demostrado con estas pinceladas, por la decencia y la delicadeza en la armonización de sus propias comunidades profesionales: ¿Cómo confiar a estas instituciones el papel de agentes de cambio social? ¿Cómo erigirlas en instrumentos mediadores de la sociedad civil? ¿Cómo tolerar su intermediación en la resolución de los problemas sociales? ¿Cómo fundamentar sus acciones en pro del bienestar de la gente? ¿Cómo mantener este modelo de referencia para la innovación comunitaria? ¿Cómo delegar en ese medio los razonamientos sobre la evolución cultural del ser humano?
Es la profunda convicción de que el museo puede llegar a ser algo bueno para el pueblo la que me lleva a hacerme seriamente estas preguntas, por más que les pese a esos que, no teniendo de qué acusarte, te atacan por no sonreírle complacientemente a la Institución en este sacralizado Día o en el resto de los benditos días del año.

 Gabino Busto Hevia  trabaja desde 1991 como responsable del Departamento de Educación del Museo de Bellas Artes de Asturias.

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Comentarios

Nuria Saiz escribio el 21-05-2011:
He encontrado por casualidad este comentario y me he puesto a leerlo sin ningún ánimo al respecto, ni a favor ni en contra del tema que se expone, y desde la primera línea me ha capturado la facilidad de lectura con la que el autor ha dotado su texto, sin que el uso de los recursos literarios haya empañado la fluidez de expresión ni la clara comprensión del tema. Y por cierto, estoy de acuerdo con su postura, y viniendo de un responsable de museo, ayuda a la credibilidad. Un saludo.

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