AJIMEZ ARTE

Crítica

Juan Carlos Gea

Suspensión de juicio

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Publicado en La Nueva España
Lo único cierto que se puede decir de Laboral Centro de Arte y Creación Industrial al cabo de su primer año es justamente eso: que está funcionando. No es poco. Cuando echó a andar lo hizo, forzada por las agendas de los políticos, en condiciones de precariedad que afectaban más al factor humano y a la operatividad que al escenario que se encontraron los invitados. Sólo a lo largo de estos doce primeros meses se ha ido completando un equipo en el que faltaban por cubrir casillas tan decisivas como el comisario jefe o responsable técnico o de programas educativos. Aún así, se ha conseguido que el corazón del gigante siga latiendo, que se formen algunos de sus órganos vitales y que incluso se empiece a perfilar su complicado rostro.
Para sortear con el decoro con que lo ha hecho esas disfunciones, el equipo que capitanea Rosina Gómez-Baeza ha echado mano de una dedicación titánica y un entusiasmo que ha buscado ávida, y a menudo infructuosamente, vías de contagio. Con ese impulso y otros externos -patronos tan solícitos como la Fundación Telefónica-, Laboral ha conseguido desplegar las primeras y aún borrosas facetas de una identidad que lo sigue teniendo todo para ser tan atractiva como incomprendida. Hoy incluso más que el día de su apertura, ya que el contacto con las primeras exposiciones, talleres, producciones y actividades formativas ha servido más para desconcertar que para fijar balizas. Esa incomprensión se ha manifestado como ruido de fondo, a veces agresivo, tanto en el público como en sectores del semivigil mundo cultural y artístico asturiano.
Y eso que buena parte del año se le ha ido a Gómez-Baeza en explicar un proyecto complejo, poliédrico, difícil de clasificar. Y profético; empeñado en la prospección un magma de creatividad tecnológica en formación cuyas fronteras lindan con la industria, el diseño y el arte, y donde la mayoría se sienten desorientados: materia, por decirlo con un adjetivo «ad hoc», «emergente». Profetizar a infieles sobre suelos inciertos exige un gran gasto de energía en los oráculos y mucha fe en quien no es visionario, aun cuando la prédica se plasme en logros -«Feedback» o «Emergentes»- y en catas de vetas vivas del presente, como las dedicadas a los videojuegos. Esas persuasiones las oscurecen prédicas pensadas para conciliar que sólo han conseguido el descontento de todas las partes, como «It's simply beautiful».
Con todo, quizá el mayor de los problemas del centro provenga de su nombre. La palabra «arte» compromete. Crea expectativas. Si Laboral se hubiera rotulado sin más Centro de Creación Industrial se hubieran disuelto «a priori» reticencias y decepciones. Pero, ay, el barniz del prestigio. Personalmente, no me importa si lo que he visto en Laboral es o no es arte, pero es normal que al visitante se le haya ido más tiempo en debatir si un videojuego lo es que en percibir de qué modo refleja el una muestra inédita de creatividad humana que, además, retrata una sociedad a veces con tanta elocuencia como una obra de arte. Nuestra ansiedad debería provenir más bien de la constatación de que tenemos una realidad ante de las narices que no es que no sepamos enjuiciar estéticamente: es que no sabemos ni siquiera nombrar. Siquiera por eso, hay que introducir un elemento esencial de suspensión de juicio: cautela.
Mientras, el político podrá vender su contento y la directora mostrarse satisfecha por lo que ha crecido muros adentro; pero saben que hay mucho que hacer extramuros. Laboral podrá ser una esponja y un procesador de señales exteriores, pero si la transmisión no funciona en sentido contrario habrá fracasado. Incluso admitiendo que el amor mutuo tardará, el chispazo tendría que haber surgido ya. Dirán las cifras lo que digan, pero el asiduo no ha percibido la vida que deberían haber transmitido a unos muros que siguen demasiado inmaculados los 60.000 visitantes que oficialmente han visitado el centro. Y pedir una moratoria de un siglo, como pidió Stendhal para ser comprendido, sería ciertamente demasiado.

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