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Crítica

Luis Feás Costilla

Centol impar

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Publicado en La Voz de Asturias

También está muy intelectualizada la pintura de Maite Centol, una artista singular que no se atiene a los cánones clásicos y tiende a lo multidisciplinar, con constantes intervenciones en espacios públicos, instalaciones sonoras y audiovisuales y un ineludible compromiso con la didáctica y la participación social en la experimentación colectiva del arte contemporáneo. Sin embargo, partiendo de esta base enteramente conceptual, es en la pintura donde verdaderamente se muestra como una autora inteligente, que disecciona la realidad, que reconduce los procesos, que inventa posibilidades nuevas, que crea proyectos originales y los dirige.

Con una intencionalidad evidentemente fría, Maite Centol se interesa sobre todo por los procesos seriados, aquellos en los que, como ella misma escribe en el catálogo de la exposición que ahora protagoniza en la galería Durero, lo que importa es la repetición, la negación, numerar, cortar, agrupar, coleccionar, acumular, ordenar, marcando el tiempo con tramas geométricas compuestas por sucesiones de líneas sobre rectángulos o cuadrados cosidos. Es lo que muestra en Gijón, donde presenta apenas media docena de obras, las de mayor tamaño de su serie Impar, compuesta efectivamente tramas de líneas rigurosamente concebidas, además de un par de lienzos medianos de su serie Construcción, con estrictos ribetes arquitectónicos y analíticos.

Pero lo que de verdad importa es que en sus cuadros tras esa apariencia racional, ordenada y purista late en todo momento una pulsión descarnada, una impronta irreflexiva, un algo más que subyace y se revela bajo ese cascarón sin mácula. Desde sus análisis sobre el proceso mostrados en las salas de exposiciones de Cajastur en 1995, muy en la línea de lo exhibido ahora en Durero, o cuadros posteriores más cercanos a lo orgánico y capilar, en sus grafismos siempre se puede apreciar el temblor de la mano, ya sea con el lápiz (su instrumento favorito) o con el pincel, y ese matiz humano, esa concesión a lo imperfecto, hace vibrar esa cuerda única y sin par que muchos de sus correligionarios rechazan pero que es esencial para hacer sentir lo estético y lo artístico

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