AJIMEZ ARTE

Crítica

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Francisco Carpio

El [F] ACTOR LUZ

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Texto extraído del catálogo de la exposición Light Works de Carlos Coronas en la Galería Astarté

Sin luz no hay visión. Una tautología tan evidente -y aplastante- como ésta nos puede servir para calibrar la importancia y pertinencia del papel que el [f]actor luz juega dentro del teatro de las artes visuales. Un teatro de luces y también desombras, no lo olvidemos.
El arquitecto norteamericano Louis Khan afirma: “Todo lo que es material en lanaturaleza, las montañas, los ríos, el aire y nosotros mismos, tiene su origen en la consunción de Luz. Así, la luz es la auténtica fuente de todo ser. En realidadnacemos de la luz. Yo creo que la luz es la autora de todo lo que es material...”
Deberíamos tal vez añadir que igualmente es autora de buena parte de todo lo que es espiritual. Un carácter simbólico y sacralizado que, entre otros, Juan Eduardo Cirlot se encarga de recordarnos en esa obra espléndida y necesaria que es su Diccionario de Símbolos, identificándola con el propio espíritu, con toda su aura metonímica y su intensidad luminosa. Esa doble militancia, ética y energética, inmaterial y física, es la que hizo a los primeros padres del cristianismo, y después a los eruditos medievales, diferenciar entre lux [dimensión espiritual] y lumen [dimensión material].Lux y/o lumen, lo cierto es que debido a toda esta carga metafórica, energética, conceptual y simbólica, la luz -en síntesis, una onda  electromagnética, compuesta por fotones individuales, capaz de ser percibida por el ojo humano, y que determina con su frecuencia el color- se ha convertido a lo largo de la historia en un material útil y fecundo para muchos artistas. Bizancio, las vidrieras de las catedrales góticas,
el tenebrismo barroco o ciertas manifestaciones de las vanguardias son, entre otros, evidentes ejemplos.
Y, sin embargo, será a mediados del siglo pasado cuando las experiencias artísticas que utilizan la luz como objeto se convierten en puro sujeto del arte. Así, la luz - tengo ya dicho- como recurso artístico, abarcando una amplia y variada sintaxis lumínica: neones, holografías, vídeo, Leds, fotografía, cajas de luz, cine, etc., comienza a ser una práctica habitual en un grupo de artistas, en su mayoría norteamericanos, que arrojarán la luz de sus experiencias sobre el panorama
artístico mundial.
En definitiva, dada la pluralidad de lecturas y visiones que este elemento, energía o materia conlleva, tal como afirma acertadamente Arthur Zajonc, la mejor estrategia que podemos utilizar para entender plenamente la luz es circundarla, examinarla en sus múltiples manifestaciones. Después de mirarla con los ojos imaginativos del poeta o del artista, podemos pasar a observarla con el ojo preciso y analítico del físico, o podemos viajar con el místico o el santo para experimentar
la luz interiormente, con el ojo de la devoción. Cada una de estas perspectivas nos ofrece una forma distinta de abordar el misterio de la luz...
Es precisamente también en estos territorios encendidos e incendiados donde, desde hace ya un cierto tiempo, Carlos Coronas viene cobrando sus piezas artísticas. Cazador de luces. Cazador de espacios. Y lo hace, empleando fundamentalmente dos de las principales palabras del alfabeto plástico: la luz y el  color, concebidas ambas desde un punto de vista industrial y tecnológico, vale  decir,contemporáneo.
Los tubos fluorescentes, blancos y de colores, constituyen básicamente el material -que paradójicamente acaba siendo bien poco “material”, más bien deberíamos
decir el “espiritual”, dadas sus especiales características- con el que escribe la sintaxis resultante de este alfabeto. Una escritura visual y conceptual que, inevitablemente, le acerca a la temperatura artística de Dan Flavin, a su búsqueda de diálogos entre escultura, pintura y
arquitectura, y, en definitiva, a la creación de espacios. “Las piezas de Flavin -son palabras de José Jiménez que pienso encajan también en gran medida con las obras de nuestro artista- en ningún caso tienen un carácter meramente objetual, sino que constituyen una auténtica síntesis de escultura y modificación plástica de los espacios arquitectónicos, todo ello con un intenso aliento pictórico, además de tener como objetivo conseguir la implicación física y mental de los públicos, que
dejan así de ser considerados meros espectadores pasivos...”
Así las cosas, la obra pictórica -si es que aún debemos considerarla, al menos conceptualmente, pintura- de Carlos Coronas ha ido asistiendo, paulatina y progresivamente, a un proceso de despojamiento y síntesis, a una auténtica gimnasia de purificación, al tiempo que se expandía -luminosa, cromática, espacialmente- más allá de los estrictos límites bidimensionales que se le suponen a este lenguaje. En ese camino de desnudez nuclear, el primer peso del que se iría despojando, el primer paso que daría será el de suprimir cualquier servidumbre referencial. Como él mismo señalaba hace ya unos cuantos años: “... son obras que
pretenden la pintura pura, sin interferencias de ningún tipo; las referencias figurativas son imaginarias, no existen, aunque, a veces, las sitúo en el umbral que separa un campo del otro...”
Un nuevo peso-paso arrojado-dado, sería la conversión del objeto soporte en sujeto, prescindiendo del artificio del marco, y adoptando un protagonismo formal y conceptual que le hace transformarse en una suite de iconos circulares y polígonos autónomos. Contenedores singulares de un factor pictórico y cromático que, final y paradójicamente, vuelven a mutar en puros y duros objetos.
Su casi funambulista promenade por el delgado alambre de ese umbral [una frontera que se mueve por los híbridos y mestizos paisajes de la pintura, la
escultura y las instalaciones] le llevaría después incluso a prescindir, en gran medida, de la “pintura pintada” -creo que el término no debe dar lugar a ningún tipo de equívoco- para irse arrojando en los luminosos, cálidos e incandescentes brazos de lo que, en este caso concreto, yo llamaría la “pintura iluminada”.
De esa forma, la luz -como ya me he ocupado y preocupado de recordar inicialmente- se convierte en estos trabajos el tubo de color, en el pincel y en el lienzo. Otros tubos, concretamente ahora los de los neones y fluorescentes van convirtiéndose en sus herramientas e instrumentos plásticos preferidos.
El color, pues, se convierte en luz o la luz se convierte en color. Tanto monta. Tanto importa. Verdes, azules, naranjas, amarillos, magentas. Eléctricas pinceladas y trazos de color. Líneas cromáticas, luminosas, auráticas que conforman un singular dibujo incendiado y energético en pleno espacio -dialogando en ocasiones con
diversos paneles pintados- y que contribuyen a crear, precisamente eso: espacio[s] coloreado[s]; atmósferas que acotan y [de]construyen planos de aire y de volumen. Una atractiva y tridimensional arquitectura [y también escultura] cromática, que tal vez alcanza sus voces más plenas y expansivas en su reciente intervención en el Museo Barjola de Gijón.
La voz estricta, tectónica y equilibrada de Madame Geometría -algo atemperada por la calidez de las luces- recorre y alimenta [como una transfusión de sangre estructurada] todos sus intersticios, todos sus músculos, todas sus arterias. Con una gramática [nada parda, sino al contrario, muy colorista], bien sencilla y económica: verticales, aspas, cruces, diagonales, horizontales o rectángulos, Carlos Coronas despliega un eficaz lenguaje plástico, especial y espacial. Neón, vinilo,
cables de acero y eléctricos, transformadores, argón. Palabras industriales y precisas para -literalmente- iluminar una personal propuesta plástica.


 

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