AJIMEZ ARTE

Crítica

Luis Feás Costilla

Paisajes de San Agustín

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Publicado en La Voz de Asturias
Agustín García.
Galería Dasto, calle San Vicente, 16 (Oviedo). Lunes a sábados, de 17.30 a 21 horas.
15 de marzo.

San Agustín creía, como el resto de los pensadores cristianos, que la belleza natural, sensible, no es contemplada por los sentidos, sino por el espíritu, como símbolo de la belleza divina. Más que por su brillo o por su fulgor radiante, el sol ha de ser admirado como símbolo de la luz divina, puesto que la belleza física de un paisaje tiene valor por haber sido creada por Dios, pero no es más que un reflejo de la belleza suprema, que es Dios mismo. De todas maneras, Dios, el artista del universo, es autor de bellezas insuperables, y la naturaleza de los seres creados por Él sería en cualquier caso más completa, más rica y más perfecta que la belleza de las más hermosas obras de arte. El cristianismo ensalza la belleza de las obras de arte hechas por el hombre, pero considera superior la belleza natural, si bien concede que el arte ha de revelar y poner de manifiesto la belleza que se encuentra en la naturaleza. Agustín de Hipona intuía ya el hermanamiento de la naturaleza y el arte en la belleza, puesto que, en cierto sentido, el arte también sería naturaleza, e incluso “obra indirecta” de Dios.
Al igual que su santo tocayo, Agustín García parece intuir que en los bellos paisajes que pinta hay algo más, no desde luego trascendente, ni divino, pero que sí que va más allá de lo que puede ser un ingenuo sol calentando inclemente la árida meseta castellana. La función propia de la imagen sensible es la de hacer “visible lo invisible”, como decía otro santo varón, Juan Damasceno, patrón de los pintores, en sentencia afortunada que más adelante repetiría Paul Klee, artista suizo al que tanto debe Agustín García, que coincide con ellos en que una imagen pictórica no puede quedar reducida a sí misma. Los despojados paisajes de este pintor burgalés residente en Oviedo, de materia nada brillante, colores apagados, texturas enceradas y composiciones reticulares, que ahora amplían su campo a pequeñas esculturas en bronce con los mismos signos y estratos, expresan en realidad un sentido homenaje al hombre, ausente pero presente, roturador de cultivos y espalda mojada bajo el sol abrasador. El hombre es, dicen los creyentes, la obra maestra de Dios, y Agustín García pone todo su empeño en denunciar también el maltrato y la injusticia a los que se ve sometido, su sudor, sus lágrimas y su intento desesperado de sortear fronteras, aunque le vaya la vida en ello.

 

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