AJIMEZ ARTE

Crítica

Imagen

Bruno Marcos

La vida como trauma de la naturaleza

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Paraísos Artificiales
Carlos Suárez
Galería Vértice (Sala 0)
13 de Marzo - 19 de Abril, 2008
Oviedo


Existe una imagen sublime a la vez que insoportable, una imagen al borde del régimen de clausura que lo moralmente inaceptable establece. Esta imagen es una de aquellas que se dieron dentro de esa pura fantasmagoría mental que tuvo la desfachatez histórica de convertirse en acontecimiento verídico proyectado, a tiempo real, sobre las retinas del planeta. En ella la serenidad clásica se impone a la tragedia de lo más real que lo real: Un hombre desciende, sobre un fondo geométrico de una verticalidad inmensa, interminable, agitado por el viento de su propia caída hacia la muerte. Su silueta, congelada en el instante fotográfico, convoca de alguna manera a la belleza atemporal frente al horror. Aquel fue un hombre de los que se lanzaron al vacío desde las torres gemelas.
Me ha sido imposible evitar que esa visión irrumpiese en mi mente al contemplar las obras de Carlos Suárez para esta muestra artística. También en estas fotografías las figuras aparecen minúsculas y solitarias frente a un espacio crudo, brutal. Si bien, aquí, estas presencias humanas se muestran extraviadas, al punto de apercibirse de su situación trágica, al punto de una terribilitá ahogada, no oída, aún en actitud social cotidiana, con vestimenta cotidiana.
Se titula la muestra Paraísos Artificiales como el conocido libro que Baudelaire dedicara a sus experiencias narcóticas. La producción de estos paisajes de puro contraste entre la figura humana y un escenario deshumanizado tiene de paraíso lo que tiene de simbolización, de exorcización de una soledad existencial, de una reducción psíquica a representación. Esa defensa que el autor hace del espacio de sus creaciones como “paraíso”, como “su mundo”, “su país” bien pudiera plasmar más que una complacencia con la belleza de sus creaciones una dependencia del imaginario. El que estos lugares inhóspitos sean reclamados así comporta una idea del Edén bien distinta a la del resto que sólo puede ser interpretada desde la vindicación de una soledad que permita la individualización del yo asumiendo sus trastornos. No en vano buena parte de la acción de los artistas de los últimos doscientos años ha supuesto una defensa del individuo frente a esa masa que, como dijera Ortega, ha tomado el centro de la escena. El propio Baudelaire, a la cabeza de esa extravagancia conocida como el dandismo, se internó en los paraísos artificiales de los estupefacientes para percibir el mundo de otra manera.
Sin embargo creo que estas escenografías avanzan, en la madurez de Carlos Suárez, hacia lo aterrador. Esa individualización viene a despojar al mundo de todo -acaso dejar la luz y las sombras cavernarias de Platón- para colocarnos, seguramente, frente a la pregunta de la muerte.
Dice Blanchot: “A la muerte, al ser aquello a lo que no estamos acostumbrados, nos acercamos o bien como a lo inhabitual que maravilla, o bien como a lo no-familiar que horroriza”. En definitiva, los personajes de esa caverna a cielo abierto son sorprendidos, con el disfraz del ciudadano postmoderno, por la nada.
Estos paisajes, a medio camino entre lo biológico y lo glacial, entre la arquitectura gigantista y el abismo del no lugar, tienen un ascendiente metafísico. Los personajes acaban por ser más inquietantes que la frialdad que los circunda. Hasta tal punto es así que da la sensación de que ellos fueran, finalmente, los que sostienen la escena en lugar de que los muros gélidos sean los que los sujetan a ellos. Parece que lo que sobrase no es el escenario, inclemente y opresivo, sino los personajes, escenificando lo que dijera Freud sobre la vida como trauma de la naturaleza.

 

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