AJIMEZ ARTE

Crítica

Imagen

María del Mar Díaz

El libro de viaje de Jaime Rodríguez o el emocionario plástico y pictórico de un relato en imágenes

0 comentarios

Texto extraido del catálogo

La Balada del Silencio
Casa de Cultura de Aranda de Duero
Del 8 al 28 de Febrero de 2008

Con demasiada frecuencia las acepciones de determinados términos no logran precisar todos los significados que pretendemos transmitir a los demás, porque algunos significantes trascienden los ya establecidos. Desde esa perspectiva, nos ha resultado necesario improvisar un nuevo vocablo en el título de este comentario para calibrar la expresión de nuestro sentir, pues de eso se trata ahora. Cuando Jaime Rodríguez me solicitó este prólogo por medio de un brevísimo mensaje, quien firma estas palabras ya intuía que se iba a enfrentar a un torrente de emociones y que la distanciada asepsia de un análisis formal no lograría resolver adecuadamente esta cuestión de afectos, pasiones y sentires. Desde esa certeza absoluta, puesto que ya han sido muchas las líneas que he tenido la ocasión de dedicarle a Jaime, las palabras se quedaban cortas, ocluidas y estrechas en sus significantes, porque el abismo insondable de las emociones y de los sentimientos anega cualquier ápice de racionalidad, porque el torbellino de sensaciones y vivencias intuitivas del artista se sobrepone siempre, en sus obras, a cualquier otro sentimiento más contenido o cerebral. De lo dicho, resulta muy buen ejemplo, sin duda alguna, la inquietante composición en la que la silueteada figura del artista, según se interpreta, aparece en inmersión absoluta y fluye imparable en la profundidad de las aguas, zambulléndose, entregándose y, al mismo tiempo, anegándose, pues todo ello puede ocurrir casi a la vez, en un microespacio de tiempo que delimita el placer del dolor, engendrado incluso desde la propia felicidad de la dicha.
De alguna manera, la sintaxis personal de Jaime pivota indefectiblemente sobre el eje de la emoción más descarnada y lo que nos dice, evoca y transmite, por medio de sus últimos trabajos, viene a ser la recopilación de sus emociones que constituyen ahora este bello prontuario. La serie ha sido recogida bajo el espléndido epígrafe La balada del silencio, título inspirado por Luis Pineda según las palabras del artista textualmente transcritas en la evocadora cita que encabeza esta pequeña síntesis valorativa.
La exposición que el autor ha concebido para la Casa de Cultura de Aranda de Duero (Burgos) surte de su tránsito geográfico por el Valle del Duero y por otras comarcas castellanas. Durante esa prospección previa, Jaime confeccionó un cuaderno de viaje en el que plasmó sus percepciones sensitivas por medio de anotaciones textuales muy precisas o, como en otras muchas ocasiones, a través de una serie de bocetos de sobria y turbadora concisión. Cito a tal efecto el esquemático e imponente paisaje recogido en la portada del catálogo de la muestra, en el que el ocre de la tierra firme se arquitraba con el infinito horizonte de los páramos blanquecinos saturados por una luz palpitante.
En este poético libro de atmósferas, por calificarlo de algún modo en referencia al hermoso título de la serie, La balada del silencio, el autor fue registrando las pulsiones del trayecto en primera persona, anotando asimismo aquellas experiencias sensitivas que iban dejando profunda y silenciosa huella en él. Vale la pena comentar ahora brevemente uno de los trabajos de esta muestra que desarrolla, en clave de ironía, el trazado urbano consagrado al vino producido en la comarca riberana. Las anotaciones textuales en castellano (Bodega de las Ánimas, Bienvenido al centro de interpretación del vino, Aranda de Duero, ¿Todo a 100?, etc..) rivalizan con la grafía oriental en una suerte de codificación personal muy enigmática. Al margen de la ambigüedad de los códigos, la composición precisa un recorrido, un tránsito o un trayecto de disfrute, euforia y placer como sucede ante la degustación de un buen caldo. La vida se impone y el arte se hace partícipe de esta plenitud vital. Tal es así, que este diario de navegación por tierras castellanas se fue impregnando de imágenes recogidas a vuelapluma con la ayuda de un grafito y de tintas líquidas, pero también se han incorporado otro tipo de substancias más verídicas y naturales, más impulsivas por así decirlo, como el vino, el café, la tierra... Tratándose, en esencia, de aquellos elementos que Jaime tenía a mano en el momento del arrebato creativo y durante la conformación de esa torrentera de ideas, signos y metáforas personales de todo género que vienen a condensar estas obras. Como un auto de fe, las mencionadas substancias atestiguan su paso por el varonil solar cantado por Machado (Orillas del Duero), traducen sus deleites, goces, nostalgias o tristezas y acreditan su indisoluble vínculo con la vida, codificado por medio de esta realización artística. En ese sentido, tampoco quiero dejar de mencionar otra de sus composiciones en la que nos propone no pocos enigmas que interfieren siempre con las poderosas razones dictadas por el corazón, simbolizado en este caso por una llave sobrepuesta sobre el dedo corazón en el que se halla el emblemático cerrojo. Además, una suerte de componentes heterogéneos, hallados durante sus correrías castellanas, actúan incluso en algunas de sus aportaciones a modo de improvisados collages. Estos anecdóticos recursos también incrementan el verismo de esta serie y traducen el peso de su selectiva mirada artística, dado que entran a formar parte de la obra enriqueciendo el espacio plástico.
El libro de viaje está jalonado de tesoros inmanentes y pleno de hallazgos furtivos o efímeros, y cada obra se detiene en la descripción de una aventura personal o de una vivencia íntima y secreta. Es, en definitiva, la pieza básica de este relato en imágenes, surgidas a partir de ese improvisado cuaderno preliminar que le ayudó a encauzar la deriva de esta muestra individual. Junto con otras 4 piezas sobre papel y una obra escaneada y trabajada igualmente sobre papel impreso, descuellan de este amplio conjunto las 41 sargas sobre bastidor, elaboradas con técnica mixta, y en las que el autor ha transferido bocetos previos, incorporado adherencias fortuitas, introducido pigmentos naturales o utilizado simplemente, en tanto que humilde y sencillo vehículo de expresión, el grafito.
Se trata, en esencia, de unas obras de propensión dibujística, pero no exentas por ello de una voluntaria plasticidad pictórica, inferida por medio de unos acordes cromáticos de profunda hondura lírica. Cabe referirse en esta ocasión a la fugaz instantánea dedicada a Villanueva de Gumiel, cuya vibrante energía deriva de la desmaterialización de la luz, transida de reflejos y de iridiscencias azuladas. Para completar este plantel de imágenes, una instalación de Video Arte en formato VCD, realizada y montada por el artista, se proyectará en formato de horquilla continua durante el periodo expositivo.
He tenido la ocasión de comprobar muy a menudo el turbador efecto que las aportaciones del artista producen en el público. Para bien y para mal, en el menor de los casos, sus numerosas exposiciones personales no dejan indiferente a casi nadie. De su actitud artística sin cortapisas, merece la pena destacar ciertamente su atrevimiento formal en lo que a las nuevas tecnologías concierne –con hibridaciones de todo género y condición. En sus trabajos, sobresalen asimismo sus planteamientos técnicos heterodoxos, dado que esos recursos le impelen a desarrollar numerosas fusiones procedimentales y a mezclar toda clase de materiales inusuales y sorprendentes incluso.
La presente muestra también contribuye, como otras muchas exposiciones anteriores, a corroborar la versatilidad y la riqueza de su concepción formal, que sugiere improvisación y directed en la resolución. No obstante, el artista consigue trabar muy acertadamente la traducción de la idea, pensada siempre con meridiana claridad, y la resolución plástica del tema, atendiendo a los más mínimos detalles que logren realzar la formulación expresiva de sus obras. En arreglo al aforismo “menos es más”, también se puede decir que la simplicidad, el esquematismo y la depuración de los procedimientos plásticos caracterizan la mayor parte de sus trabajos.
Jaime Rodríguez, que se vierte excesivo en todo, sin dobleces y sin reservas, se halla siempre presto a la asimilación de nuevas fusiones y experimentaciones, a palpar y a descubrir nuevos lenguajes y a imaginar otros recursos, pues la inventiva se cifra asimismo como uno de sus valores artísticos más señeros. Algunas intervenciones –pensemos ahora en la que desarrolló durante la inauguración de la muestra colectiva Semántica (28 de septiembre 2006), coordinada por él mismo para el Centro de Arte Casa Duró de Mieres—vuelcan directamente su plano de reflexión creativa hacia lo corporal, como medio de entregarse, y de brotarse si se me permite la expresión, hacia los demás, hacia la otredad al fin y al cabo, y también como medio de atraparnos en su espiral de ambivalentes sentires.
En mi opinión, la capacidad de entregarse sin medida a lo que siente y a lo que hace de manera indisoluble, como si el sentir y el hacer fueran dos caras de una misma moneda, se cuenta entre una de las cualidades más importantes de su trayectoria, porque logra a partir de ese abandono sin reservas un lenguaje específico muy personal y también muy sincero, algo muy difícil de alcanzar para otros artistas. Pero, esa conmovedora sinceridad en la creación artística va aparejada con frecuencia de un gran desgarro y de un enorme sufrimiento, por eso sus obras apelan a nuestros sentidos, impulsan nuestros sentimientos de gozo más profundo o de turbadora nostalgia como sucede con esta muestra. Valga la anécdota protagonizada, en ese sentido, por Milagros Rodera, comisaria de la muestra del escultor César Montaña en la Sala de Exposiciones Banco Herrero (Oviedo), ante la referencial trilogía viajera de Jaime Rodríguez, El viaje de papá, De corazón en corazón y Viaje Astral (en sueños), concebida en 2004-2005 para la exposición Itinerarios de la gráfica contemporánea asturiana. La personalísima introspección de este hermoso ciclo proponía al espectador un soliloquio íntimo absolutamente emotivo y así lo captó Milagros, tal y como lo había percibido yo misma previamente, logrando arrastrar al público al desconsuelo y al llanto.
No se ha pretendido ofrecer ahora un recuento de su prolijo recorrido, que queda muy bien expresado en su interminable curriculum, he preferido detenerme, muy al contrario, en aquellos hechos y detalles de sus obras precedentes, porque conectan directamente, desde mi punto de vista, con la aportación de este hermoso cuaderno de atmósferas. Como ya se ha comentado, este penúltimo conjunto de trabajos se ha fraguado durante su recorrido castellano y estas aportaciones delatan abiertamente la belleza, magnitud y serena quietud de las comarcas por él visitadas (Burgos, Burgo de Osma, Aranda de Duero, etc...). Todas estas aportaciones vienen a proponernos nuevamente el desafiante cruce de miradas íntimas del autor, muy bien evocadas sin lugar a dudas por medio de esta espléndida serie. Al imbricarse sin ambages en la exploración de territorios personales, el artista entrega al público, y a quien quiera percibirla con la misma intensidad que él, la plenitud y el gozo de este espléndido tránsito viajero.

Para más información:

http://www.kaosart.org/images/jaime/Aranda_Duero/Aranda_Duero.htm

 

Volver

Comentarios

No hay comentarios a esta critica

Si lo deseas, puedes enviar un comentario a critica:

Envía esta referencia