AJIMEZ ARTE

Crítica

Juan Carlos Gea

Cuaderno de Arco

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El resto es Arco. Se ha dicho, y puede ser verdad, que el objeto artístico significa tanto por lo que contiene como por lo que excluye. En ese caso, Arco-08 -a pesar de la ampliación- puede leerse casi tanto por lo que hay en los pabellones de la feria de Madrid como en su dialéctica con la larga, sonada y sonora lista de los excluidos: galerías, artistas, comunidades autónomas enteras... Fuera bullen Art Madrid, Off Arco, salas rebeldes, autonomías sin galerías, ausencias y protestas. Lo que queda al recortar -el resto- es Arco.
Cuaderno de Arco. Lo de pasear por esta jungla en la jungla del Ifema cuaderno en mano se parece bastante a redactar un cuaderno de campo. Pero este año podría sonar a provocación, con todos los excluidos organizando su Art Madrid en su pabellón de cristal de la Casa de Campo. Así que tengo que rectificar: se queda forzosamente en «cuaderno de Arco».
HiperArco. Lo que convierte un supermercado en un híper es el añadido de alturas. A Arco le ha crecido este año la primera planta. Un enorme montacargas conecta los pabellones inferiores -las calles de Nueva York, dice el arquitecto Juan Herreros, autor de la arquitectura efímera de esta edición- con la planta superior, que por lo abigarrado y lo casi caótico recuerda más bien un zoco de puestos de a cuarenta metros cuadrados con un insólito foro circular en su interior, para los debates, intentando separar piadosa, pero infructuosamente, mediante unas cortinas el mundo de la teoría del mundo del dinero y del espectáculo. Recuerda el efecto de esas promociones exóticas de El Corte Inglés, cuando se monta una jaima y un mercadillo marroquí en la última planta para celebrar la «semana de Marruecos». O similares. La lentitud del montacargas -posiblemente el más lento del mundo-, aumenta la sensación de distancia entre los dos mundos, como si en lugar de unos metros, el pabellón 14 y el 14.1 estuviesen a unos sesenta pisos el uno del otro.
En la diáspora. El Principado es transversal en Arco-08. Tan disperso casi como el país invitado, Brasil, al que no hay forma de entrarle ni por la dispersión física ni por la dispersión estrictamente artística. Muchos asturianos, pero dispersos como partículas en una olla exprés. Salvo el aprovechadísimo rincón de Espacio Líquido en una vistosa esquina del zoco del 14.1 -donde Nuria Fernández alternaba disciplinadamente la atención al visitante con la crianza de su pequeño Íker-, el resto de los muchos asturianos que brujulean estos días en obra, en persona o bajo ambas especies por la feria lo hacen acogidos a la dispersión. Que uno viera, la víspera de la inauguración, navegaban por los pabellones Ferrero, Ramón Isidoro, Blanca Nieto, Cuco Suárez, Avelino Sala -vendiendo sus «Sublimes» revistas en el baratillo-, Rebeca Menéndez, los activos hermanos Adriana, Diego y Lucas Suárez, de la galería AltamiraÉ Quizá con un espacio en el Arco de a cuarenta, un rótulo del Gobierno del Principado y unas sillas para que descansaran allí los de la diáspora estos días, quedaba garantizada la participación institucional, que este año además anda escasa de presencia y haciendo morritos a Lourdes Fernández, que puede pasar a la historia del certamen como «La Excluyente»É aunque al final, las instituciones siempre acudan con la chequera, pública o privada, al rescate, como ya demostraban ayer los tiques de compra.
Residentes y presentes. Entre los asturianos transversales expuestos y aún residentes en la región cuatro se concentraban en el stand del Ministerio de Cultura, al que este año le ha salido barato el tinglado con la fácil estrategia de pedir a ochenta artistas que reflejen en un folio -como en un control sorpresa del cole- su punto de vista sobre el «estado del arte» del «estado del arte» en España. Seguramente les costó más el catering (que congregó multitudes) que la producción, aunque luego editen un libro que, ése sí, será una cocada. Brillantes las cuatro aportaciones astures (Cuco Suárez, Avelino Sala, Nuria Ruibal y Blanca Nieto). La instalación-intervención a medida de Rebeca Menéndez en Espacio Líquido, atinada y excelente, del mismo modo que la fluorescente austeridad de Carlos Coronas en Cubo Azul. Entre los asturianos trasterrados Pablo Alonso -gijonés que cogió el portante hace años para jugar fuerte desde Berlín- despliega un monumental acrílico en Jan Wentrup. Y queda la certeza de que algún otro asturiano de la generación Leyenda Urbana flotaba en el híper, aunque resultara casi imposible saber dónde sin tiempo ni un Virgilio dispuesto a hacer de guía.
Estrella roja. El punto rojo (con recuadro publicitario adjunto) sobre una de las cajas de luz del gijonés en el exilio Dionisio González lucía ya en la jornada inaugural como una estrella confortadora para quien necesitase sentir de algún modo redimida la asturianía. Su apabullante instalación en Arco 40, con Max Estrella está, por cierto, entre lo más interesante de la feria para el que suscribe.
En la planta noble. A dos minutos-ascensor de distancia de todo esto, en el bajo comercial aguardaba el resto de la asturianía expuesta y a veces presente, como Pelayo Ortega, que cuelga tres obras muy representativas de sus frentes recientes («Pintura evanescente», «5 viñetas desde el tren», «Adán y Eva») en Marlborough, ese espacio de Arco distorsionado por el agujero negro de cotización que concentran los 23,2 millones de euros del «Man at washbasin» de Francis Bacon: un coágulo de belleza dolorosa, de melancolía y deseo, con el que el pintor no podía saber que estaba poniendo además la primera piedra para un monumento a la especulación mercantil. No muy lejos, Manolo Rey-Fueyo exhibe en la castellonense Cànem una de sus bellísimas epifanías pintadas, y dos asturianos geniales y discretos se alineaban con la crema de la vanguardia histórica: Luis Fernández -una rosa y un dibujo de caballo en Luis Barbié- y Aurelio Suárez -dos óleos: «Florícano» y «Obsequio para ella», de sus importantes años cincuenta- en Guillermo de Osma.
Occidente y Oriente. Una impresión quizá ya tópica, pero inevitable: mientras Occidente se abisma con presbicia (como la que dejan los portentosos trampantojos de Patrick Hughes en Nicholas Metinier) en su escombrera de autocitas, ironía de circuito cerrado, melancolía terminal, en su exasperación en el uso de lo ya usado, Oriente lo recicla todo -Occidente incluido, o sobremanera-, pero con manos laboriosas de niño sobreexplotado y una mirada paradójicamente fresca en culturas tan antiguas como las extremo-orientales. Es la distancia que va de las gélidas y reflexivas «vanitas» de Damien Hirst en Paragon Press a las anchas (y feroces) sonrisas de los tres kungfutecas del coreano Yue Minjun, en Artside. El peligro amarillo. Y muy real: no hay que olvidarse que las cotizaciones más altas en subasta el pasado año no fueron para un Basquiat o un Hirst, sino para un tal Zhang Xiaogang (presente también en Madrid). El mundo artístico -el coleccionismo especialmente- también debe aprender chino con urgencia.
Off política. Un vistazo a una parte del arte contemporáneo tiene la virtud depurativa de recordarnos que no toda la política se hace desde la política, algo que lenifica sobre todo en tiempos electorales; y, como contrapartida, la capacidad de mostrar que las vías de intervención, desde el arte, o son ingenuas o son finalmente inoperantes. Pero por dejar constancia («documentar», gustan de decir los artistas) del momento histórico que no quede. Muchas alusiones a la guerra, a la violencia ambiental, a los abismos económicos y culturales, a las trampas y miserias del lenguaje públicoÉ Dos ejemplos. Uno, para no dramatizar: la divertidísima instalación de Mateo Maté «Thanksgiving turkey», en la que el Patton de George C. Scott da la receta para un buen pavo de Acción de Gracias ante una salita tapizada en tela de camuflaje (en la vienesa Grita Insam). Otro, para mostrar las paradojas de la candidez, o quizá del cinismo: «Destroy capitalism», una fotografía en la que la también austriaca Lisl Ponger se basa en el barroco Antonio de Pereda para lanzar su alegoría política. «Destroy capitalism» está a la venta, naturalmente.
Animales y animales. Entre el repeluzno que producen los gatos de callejón disecados por Jan Fabre en Espacio Mínimo (que también da hospitalidad a los grotescos y tundidos ciudadanos del estupendo Enrique Marty) y el caballo dibujado por Luis Fernández que exhibe Barbié, se comprende todo el espectro de respuestas que aún pueden movilizar las emociones en el hipermercado. Animalidad hablando a la animalidad. Además, como siempre, hay espacio sobrado para lo epatante, lo banalmente espectacular, lo «pueril» (Cuco Suárez dixit) y para la vieja diosa belleza: una acuarela parisina de Delaunay, unos Morandi, un MotherwellÉ
Techno-Arco, o Canogar a la Laboral. La travesía de oscuridad tecnológica del «Expanded Box» esconde algunas de las pequeñas joyas de Arco-08. Del interés creciente en unos soportes que nadie sabe muy bien cómo se compadecen con las materialidades, fetichismos y autorías exclusivas del mercado del arte, da fe no sólo ese apartado, sino la constelación de piezas de fundamento «new media» que salpican la feria. Quién iba a decir, por ejemplo, que Canogar podría exponer sin problemas en Laboral instalaciones en fibra óptica como las que muestra en Max Estrella. Por cierto, dos de los autores que exponen estos días en «Emergentes» brillan con tecno-luz propia en Arco 40: Lucas Bambozzi y Rejane Cantoni, que invita junto a Leonardo Crescenti un fascinante caleidoscopio infinito que aturde y despista casi tanto como la propia feria. Bueno, quizá un poco menos.
El eterno retorno. Estimulante, abrumadora, agotadora, excitante, e incluso exasperante. Uno está tentado siempre de traducir como acontecimiento el mero ver y pasear agotado por la abundancia del hipermercado É Y, sin embargo, al final del trote cochinero sin conclusiones remarcables, el corazón -quizá porque es occidental- el ojo con presbicia recuerda el cuadro de 1994 de Charris que el IVAM ha recuperado para su stand: una noria donde cada una de las barquillas lleva el nombre de una tendencia artística del siglo XX y espera para reaparecer en el perpetuo giro de la rueda. También se lleva uno en la vista cansada los dos gigantes de metal de Li Songsong jugando su interminable partida de ping-pong, como el mejor emblema de los vaivenes de la monotonía. O el gesto del ascensorista en su lentísimo montacargas, subiendo y bajando clientela de la planta baja a la sección «Todo a 40». Si se padece esta especie de melancolía no conviene pasarse, al menos no de inmediato, por la exposición de Picasso en el Reina Sofía. Puede causar postración.
Cambio de escala. Claro que estas cosas siempre pueden reajustarse con un cambio de gafas o un cambio de escala. Del mismo modo que el medio es el mensaje, Arco en sí es la gran pieza (quizá incluso se podría incluir sin problemas la coetánea Pasarela Cibeles). Y eso es lo que hay que enjuiciar, aunque no pueda comprarse. ¿O sí?

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