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Crítica

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Antonio Alonso de la Torre García

Arte en Gijón

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En la sala superior de la galería Espacio Líquido expone la castrillonense Chechu Álava. Un sitio adecuado por sus dimensiones para una obra personal e íntima que funciona a modo de diario. De ahí el título “Los placeres y los días”, con el que  homenajea a M. Proust. Con este escritor comparte algo más que el título, como el hecho de ser el propio autor el núcleo de la creación, o también la intención de resucitar imágenes desde la profundidad en que están ocultas. La obra de Chechu es un intento de reencontrarse con la propia existencia ya pasada. A través de dibujo, vídeo y, sobre todo, pintura, refleja vivencias personales a través de la difícil relación entre el “yo” interior y el mundo exterior. Hay vivencias que intenta retener porque sirven de estímulo para recuperar algo antiguo. Es una obra de carácter simbolista, que recuerda por un lado a la pintura de Munch, pero también a la inmediatez fotográfica. Se trata en definitiva de una reinterpretación actualizada y personalizada de íntimos fragmentos de una vida.

En el espacio inferior de la misma galería exhibe fotografías Eduardo Guerra, que en los últimos meses parece profundizar en el conocimiento de este lenguaje. Dos proyectos distintos ocupan esta sala, por un lado más de doscientas fotografías formato “polaroid” dispuestas en dos paredes sin aparente orden ni conexión. En el otro extremo de la sala cuatro fotografías de mayor tamaño en soporte papel sin enmarcar. El asunto son lugares en transformación, en obra, sin presencia humana visible y con la luz de penumbra que caracteriza la obra de Guerra. La sensación del conjunto, tal vez buscada, es de algo inacabado, en proceso, como esas vigas y paredes descarnadas que retrata. La obra no llena un espacio que parece encontrarse aún en montaje, en transformación.

Habrá que acostumbrarse a la denominación de Laboral una vez desterrado el tradicional artículo femenino con el que se conocía este espacio de la laboral. Servidumbres de ese futuro acomplejado del pasado que domina nuestra pseudocultura. En este espacio llama la atención la exposición LABshop, es decir, el apartado dedicado a tienda museística. Allí se ofrecen diez objetos de edición limitada y precios populares que necesitaron la intervención de una comisaria asistente. Entre los asturianos que participan de esta iniciativa figura Juan Carlos Martínez con una escultura cerámica. No es muy conocida la trayectoria como ceramista, ni como artista, de Juan Carlos Martínez, que sí se sabe que es el jardinero mayor del Ayuntamiento. Es muy comentada la polémica que existe alrededor de Laboral al apostar por un proyecto alejado de una realidad artística asturiana a la que de vez en cuando busca contentar con algunas concesiones. Lo que resulta más grave son las actuaciones que hacen dudar de la seriedad, el rigor y el conocimiento que se suponía, y que era de lo que se presumía.

Laboral podría convertirse en un agujero negro, al estilo de los que en su misteriosa inmensidad absorben todas las energías, como esos abismos negros que atraen a Paco Nadie y que podemos ver en la Sala 1 del Centro de Cultura Antiguo Instituto. Son similares a los que pueden verse en Oviedo en la colectiva ¿Qué arte? Discursos sin fronteras Que celebra los 400 años de la Universidad. En estos agujeros lleva tiempo trabajando Paco Nadie. Con ellos llenó las paredes del Espacio Astragal hace un par de años y ahora los presenta más lustrosos y pulidos. La sensación de huida de la realidad aumenta con la luz de la exposición y, sobre todo, con la música experimental del grupo Las Larvas que pudo oírse en la inauguración. Tal vez esta muestra ayude a abstraerse del caótico mundo contemporáneo, pero con el trabajo de Paco Nadie queda una sensación irresoluble y paradójica, casi esquizofrénica: el esfuerzo colosal e irrealizable de hacer visible la nada.

En la Galería Gema Llamazares expone Herminio hasta el día 29 de febrero. Las obras delicadas de este escultor conservan de anteriores etapas la sensación aérea de una materia frágil e insegura, que se alarga hasta producir en el espectador zozobra e incertidumbre. La mínima sujeción, los campos magnéticos o los mecanismos ocultos originan un ambiente de suspense en el que los frágiles objetos oscilan y cambian. Se trata de reflexiones sobre el movimiento, el espacio-tiempo o el equilibrio a través de la agilidad sinuosa de finas varillas extrañamente sostenidas. Pero en esta muestra Herminio incorpora unos acabados más sofisticados, con luces, colores y geometrías, además de numerosas referencias a la marinería, a arboladuras, cabrestantes... De este modo incorpora a su obra la experiencia sentida de su entorno en La Caridad. Como un Legazpi del mar.

También la experiencia del mar se refleja en la obra de Joaquín Vaquero Turcios (Madrid, 1933), pero en esta ocasión no son las barcas sino los colores azules de sus profundidades. El color sigue siendo protagonista de sus cuadros y junto a los azules destacan los violetas. Las formas y la concepción surgen de masas de agua y luces submarinas pero también de estructuras geológicas. De una u otra forma se remite a lo primigenio. Puede verse desde el 25 de enero al 17 de febrero en la Sala de Arte Van Dyck.

Tadanori Yamaguchi expone en el Museo Barjola el proyecto con el que ganó la beca que convoca esta institución. Se trata de un trabajo contundente y lleno de sutilezas. En la planta baja el espectador se ve cohibido por la masa de piedras que apenas le dejan un estrecho pasillo para su paso. Pero desde arriba, desde los coros de la antigua capilla, la visión es amplia y el espectador domina el espacio. Pueden observarse más dualidades en este trabajo, como la piedra que aporta sus duras texturas bañadas por la levedad de la luz. Como es habitual en Tadanori predomina el encuentro íntimo y la convivencia entre elementos opuestos que invitan al diálogo sosegado.

Por último hay que mencionar la incorporación de nuevos espacios expositivos a la ciudad, como son los casos de Mediavanced y El Arte de lo Imposible. En la primera pueden verse últimamente exposiciones interesantes, como la de Elena Rato, que incorpora el color rosa a sus habituales negros y amarillos; en El Arte de lo Imposible se muestra una colectiva en la que destaca el fotógrafo Ernesto Coro, que también mostró obra recientemente en El Luzernario y en el café XYZ.

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