AJIMEZ ARTE

Crítica

Ángel Antonio Rodríguez

Obsesiones de un noctámbulo

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Publicado en ABC
La noche es un espacio fecundo para la creación artística, siempre afín a ese territorio híbrido donde las imperfecciones formales animan a intuir lo que no vemos. Brassaï adoraba el mundo onírico de la noche porque cobija a los espejismos o las luces surrealistas, mitos, asfalto y cuerpos capaces de interpretar nuevos recursos sígnicos con otras semejanzas, más o menos reales, que plasmó en las sugerentes fotografías de su París secreto, perfecto equilibrio entre experimentación técnica y pertinencia temática.

Esos contrastes que bosqueja la noche generan el sueño y la utopía en muchos artistas nacientes, como el asturiano Eduardo Guerra, excitando su promiscuidad creativa para habitar otros parajes, no-lugares, dislocaciones, esferas o terceros paisajes como los que Gilles Clément registró el año pasado en las obras que expuso, junto a Philippe Rahm, en el Centro Canadiense de Arquitectura de Montreal, o en sus colaboraciones con la Fundación César Manrique, proponiendo un cambio de perspectiva para que el medio ambiente se convierta en punto de partida de nuestra reflexión. Se trata, quizás, de descubrir en el horizonte, la tiniebla o la bruma «una gran cantidad de espacios indecisos, desprovistos de función, a los que resulta difícil darles nombre». Noche turbia, de Rembrandt a Whistler, de Novalis a Neruda, de Jeff Wall a Diane Varner. Noche de Ángel González, «negra, deshabitada, misteriosa». Noche infinita, de infinitos artistas.

La noche cantábrica, marginal y serena, tiene mucho que ver en la obra que Eduardo Guerra (Gijón, 1973) presentó en diciembre en AlNorte?07, la VI Semana Nacional de Arte Contemporáneo de Asturias. Entonces, sus Límites difusos se componían de doce fotografías en gran formato, una pista de audio y varias imágenes que analizaban el concepto de frontera mediante composiciones nocturnas y sobrias, centradas sobre imágenes de árboles plantados artificiosamente en las calles de las barriadas fabriles de su ciudad natal. Similares gérmenes emotivos se alojan también en estos nuevos diarios de noctámbulo que expone ahora en la galería Espacio Líquido, bajo el título Reflejos de un ayer que no llega. La muestra se incluye dentro de las actividades que el Festival de Fotografía y Vídeo Foconorte de Cantabría ha programado, en su segunda edición, en algunos centros expositivos de las comunidades límítrofes.

Historia ensimismada. En esta serie, los edificios en construcción son un nuevo pretexto para que Guerra reivindique la introspección a través de doscientas cincuenta fotografías en Polaroid ordenadas bajo un aparente caos y dispuestas sobre un fondo gris que, a modo de mural narrativo, configura los capítulos de esta ensimismada historia. Además, cuatro grandes fotos en lambda print se empapan de esa esencialidad nocturna y de una presencia humana tan invisible como obvia. Sin dogmas, sin alardes, sin prisas. Los papeles, adosados a la pared mediante imanes, fragmentan y componen edificios, garajes y rincones vacíos, flotando sobre profundas perspectivas, en un negro diario de imágenes. Son, en fin, seductores instantes para el diálogo de este naciente voyeur nocturno que, de la mano del silencio contenido y el insomnio, nos brinda la oportunidad de escuchar los sonidos más clandestinos y apreciar el singular desorden de esos ritmos que emergen en vigilia.

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