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Crítica

Ángel Antonio Rodríguez

Pintor de pintores

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Hoy se cumplen 30 años de la muerte de Nicanor Piñole, artista imprescindible del siglo XX , que, pese a tener museo propio en Gijón, sigue siendo hoy un artista incomprendido

Publicado en El Comercio

Ya hace treinta años que falleció el maestro del silencio, el humilde pintor gijonés que creó escuela entre tantas generaciones de asturianos, Nicanor Piñole, pintor para pintores y esencia de la luz norteña.

Los últimos años de Piñole transcurrieron entre Gijón, Borines y Cabueñes, con numerosos homenajes de la cultura y la sociedad española. Los pintores asturianos celebraron su 98 cumpleaños el 6 de enero de 1978, regalándole una bandeja de plata firmada por 125 autores. Se publicaba entonces el libro 'Nicanor Piñole'. Dos ensayos de Jesús Villa Pastur y homenaje de los pintores asturianos en edición no venal. Aquel día cumplía cien años y era el decano de los pintores españoles. La fiesta fue celebrada con todos los honores, en actos que tuvieron amplia repercusión nacional. Entre otras cosas, el Rey le concedió la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio. Doce días después, el maestro fallecía en su modesta casa.

Su última exposición individual fue en Valencia, en 1975, poco después de ser nombrado Académico de Honor de la Real de Bellas Artes de San Fernando y haber visto en el Museo de Arte Moderno de Madrid una gran retrospectiva de su obra. Lafuente Ferrari dijo que «en el silencio de su vida, los espectáculos visuales no son para Piñole fugaces sensaciones que pasan, sino realidades llenas de sentido que hacen su nido en el mundo interior del artista y que allí se enriquecen con todas las calidades de su espíritu». Seguramente el pintor no podía imaginar que su estela seguiría impactando nuestras retinas y que contaría con tantos homenajes póstumos.

Los artistas asturianos, especialmente los nacidos entre la segunda mitad de los años veinte y el final de los años cincuenta, aprovecharon la vía abierta por Piñole, al tiempo que analizaban las nuevas corrientes del siglo e inundaban de calidades la situación de nuestra pintura. Hoy, con las investigaciones que se han ido sucediendo, con las exposiciones de carácter monográfico que le han dedicado instituciones, museos y galerías, y con el descubrimiento diario de sus cuadros, que emergen esporádicamente de algunas colecciones inéditas, se subraya definitivamente la importancia de Piñole para la pintura asturiana del siglo XX.

El Museo Nicanor Piñole de Gijón se inauguró en 1992 con los fondos donados por la viuda del pintor, Enriqueta Ceñal, que los atesoraba en su domicilio gijonés. No obstante, para acercarse a su legado es imprescindible recorrer también el Museo de Bellas Artes de Asturias y el Jovellanos, con importantes piezas. Imprescindible también conocer otras colecciones públicas y privadas, que en estos treinta años hemos ido descubriendo a través de diversas exposiciones monográficas. La esencia del pintor se respira bastante bien en los citados espacios públicos, no sólo en los grandes formatos sino también en ciertas piezas de apariencia inacabada o en los dibujos preparatorios. Una de las joyas más interesantes del Museo Piñole son sus cuadernos de apuntes y sus bocetos, imprescindibles para comprender la génesis de su legado. Son especialmente exquisitas las series de bocetos donde aparece su madre. El tiempo detenido en su rostro, sus manos, su mirada nostálgica, captada en minutos infinitos mediante un trazo libre y envolvente, en veladas de atmósferas monocromáticas, son una delicia formal, plena de ternura. No menos definitorios de las cualidades del pintor son sus autorretratos, de los que el museo tiene una amplia colección en diferentes técnicas (acuarelas, sanguinas, grafito, óleo...) que describen su personalidad desde una penetración íntima y retrospectiva hacia la conciencia creativa del autor. Además, los años de aprendizaje, con piezas presentadas a las Exposiciones Nacionales, o los paisajes de Carreño y Gijón, describen la pincelada empastada y el equilibrio compositivo inherente a su peculiar impresionismo, que se nutre de esos ocres herrumbres del cielo asturiano. Las realidades de Piñole están llenas de historias, que narran la evolución vivida dentro del cuadro. Por eso, sus mejores piezas son las que se liberan de ataduras o afanes expositivos. Su lenguaje, puro, personal e intransferible, se aprecia mejor en los pequeños lienzos aunque parte de su fama responda a una absurda definición que le encasilla como pintor de romerías o paisajismos costumbristas.

La esencia de Piñole, esa tímida esencia de brumas y colores, es una sobrecogedora excusa para relajar el espíritu. Síntesis de color, espacio y tiempo, tanto en sus retratos y autorretratos como en sus paisajes, que desvelan una sorprendente línea de autoconocimiento. No es un creador para neófitos. Su pintura suele agradar a la mayoría de las miradas, pero sólo resulta excepcional para aquellas capaces de encontrar las virtudes que habitan lo más hondo del cuadro.

Por eso hoy, como ocurrió durante muchas fases de su vida, Piñole sigue hoy siendo un autor incomprendido. Pintor para pintores, sus virtudes sólo son aptas para quienes admiran la esencia de las cosas. El 19 de enero de 1978, tras fallecer don Nicanor, Francisco Carantoña publicaba en EL COMERCIO un emotivo artículo. Uno de aquellos párrafos, alusivo al legado del pintor, decía: «Nos queda su obra, y según transcurran las generaciones, esa obra irá allegando a Piñole amigos nuevos, seres humanos que al penetrar en el espacio interior de sus lienzos se sentirán rodeados por el espíritu del pintor, y comprenderán que quien hizo aquellos cuadros, además de ser un artista excepcional, era también un hombre bueno».

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