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Crítica

Luis Feás Costilla

Al menos los balcones

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Está claro que soy el único al que el proyecto de ampliación del Museo de Bellas Artes de Asturias, tal y como está planteado, le parece una barbaridad urbanística, de estética posbélica propiamente hablando, así que como buen estratega cambio de táctica y solicito humildemente una corrección perfectamente posible, plausible y pragmática: si de lo que se trata es de vaciar todos los edificios de la calle La Rúa entre el Palacio de los Oviedo-Portal y la plaza de la Catedral, y dejar tan sólo las fachadas, que se conserven al menos las tres hileras de balcones de madera de la casa de los Noriega, en el número 18, el edificio decimonónico que hace esquina y va a convertirse en la nueva puerta de acceso a la pinacoteca ovetense.
Así la actuación sería mucho menos agresiva, o radical, como le gusta decir al arquitecto, el navarro Patxi Mangado, que cuando ganó el concurso de ideas no conocía los edificios sobre los que iba a intervenir más que sobre plano, como demuestra el hecho de que quisiera eliminar la escalera principal del Palacio de Velarde, una idea descabellada que afortunadamente pronto le quitó de la cabeza el director del museo, Emilio Marcos Vallaure. La conservación de los balcones, característicos de la arquitectura asturiana y española del siglo XIX, pero no necesariamente del resto de la carpintería y de la rejería, de muy desigual interés, no perjudicaría apenas en nada a lo que Mangado propone, que es dejar desnudas las fachadas, tras las que refulgiría una segunda piel en material reciclado, pero permitiría rebajar en algunos grados el impacto de la aplicación integrista de su propuesta pelona, que deja al aire los huecos de puertas y ventanas como cuencas vacías de un rostro cadavérico.
En una época en la que se prima lo espectacular sobre cualquier otro tipo de consideración creativa, hay que reivindicar cada vez más la discreción como valor tangible de la buena arquitectura contemporánea, según lo pretendido por Rafael Moneo en su acertada ampliación del Museo del Prado en Madrid y frente a lo que intenta ejemplificar en Oviedo el ingeniero Santiago Calatrava, con sus torres y palacios prepotentes.

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