AJIMEZ ARTE

Crítica

Luis Feás Costilla

En la perdida de un maestro

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Publicadeo en La Nueva España

El escultor Joaquín Rubio Camín nos acaba de dar un mazazo enorme, él que no utilizaba apenas el martillo y el cincel. Maestro de la gubia y la forja, y también de la cámara fotográfica y el pincel, su desaparición, inesperada para quienes no formaban parte de su entorno más íntimo, supone una pérdida irreparable para el arte asturiano, puesto que con él se va una de las últimas grandes figuras de su generación, de la que ya sólo nos queda (y ahora habrá que tratarle con especial mimo) su amigo el pintor Antonio Suárez, quien sin duda estará pasando unos momentos terribles, desconsolados, con una profunda sensación de soledad.
A veces no nos damos cuenta de la fortuna que tenemos al poder contar entre nosotros con estos viejos maestros ejemplares, modelos de compromiso con el arte de su tiempo, transmisores de un conocimiento que sólo proporciona la experiencia de muchos años de actividad creadora, engarces con el pasado para los artistas de hoy, como en su momento lo fueron para los jóvenes Antonio Suárez y Joaquín Rubio Camín los ya veteranos pintores gijoneses Evaristo Valle y Aurelio Suárez, a los que al principio se acercaron con la distancia que imponía el respeto y la admiración, luego con mayor cercanía e intimidad, lo que le permitiría a Camín retratarles en varias ocasiones, al primero con los pinceles, al segundo con la cámara fotográfica.
Camín y Suárez compartían entonces (mediados de los años cuarenta) los mismos desvelos artísticos y el mismo afán de renovación que sus mayores, según se pudo apreciar en su primera exposición conjunta en la sala Cristamol de Gijón, en 1947, en la que sorprendieron a un público conservador que acogió con perplejidad y disgusto la manera con que estos dos jóvenes pintores mostraban en el lienzo los aspectos menos gratos del paisaje urbano asturiano, retratados, además, con una paleta fría y no siempre respetuosa cromáticamente. En aquellos primeros momentos figurativos, ambos pintores compartían, además, el interés por los arrabales gijoneses, crecientemente industrializados, que incluso llegaron a pintar a medias, firmando indistintamente.
Los cuadros que Camín realizó por entonces, normalmente con figuras, se caracterizaban por su rotunda construcción cezanniana, debida a la influencia de otro de sus modelos, Daniel Vázquez Díaz, cuya pintura se había convertido en la principal referencia renovadora del país, en unos tiempos en que la mayoría de los vanguardistas españoles habían desaparecido o se habían tenido que exiliar.
De la importancia que a su vez tuvo la pintura de Camín en el proceso de renovación del arte asturiano en los años cincuenta dio buena cuenta una exposición celebrada en el Museo Barjola de Gijón en 1989, comisariada por María Soledad Álvarez, en la que se resaltaban todos los momentos de gloria del artista gijonés como pintor, desde su participación en el Salón de Otoño de Madrid hasta la conquista en 1955 del Premio Nacional de Pintura.
Posteriormente, Camín abandonaría la pintura a favor de la escultura, si bien en los últimos años la recuperaría de nuevo, llegando a mostrar en varias ocasiones (desde 1997 y siempre en la gijonesa galería Cornión, que sentía como su propia casa) sus pinturas recientes, también a la espátula, que compartían con las de su etapa anterior un interés claro por el volumen, si bien con una cierta inclinación hacia contornos más blandos, en paisajes nubosos con amplios celajes que, de un modo más abstracto, también protagonizarían sus delicados y preciosos collages, hechos a cientos para no perder destreza en las manos y guardados en un armario para uso y disfrute exclusivo de los suyos.
Pero si por algo debe ser recordado Camín es, sin duda alguna, por su labor escultórica, a la que se dedicaría casi en exclusiva desde 1961 y con la que conseguiría los mayores éxitos de su carrera, como su participación en las Bienales de Sao Paulo y Venecia. Siguiendo la estela constructivista de creadores como el ruso Malevich o el vasco Jorge Oteiza, que también influyeron en el otro gran escultor asturiano del momento, el cangués Amador, Camín exploró todas las posibilidades conceptuales y expresivas del angular de acero, en un trabajo de forja de verdadero interés ensombrecido por el mayor éxito obtenido internacionalmente por escultores contemporáneos como Eduardo Chillida, de presupuestos estéticos similares.
La mayor aportación de Joaquín Rubio Camín a la escultura estaría en la aplicación de esos mismos principios rigurosamente abstractos a la talla en madera, un material al que se dedicó sobre todo a partir de su definitivo regreso a Asturias en los años setenta, tras casi dos décadas de residencia en Madrid. Con la madera, en todas sus variantes, dio lo mejor de sí, al enraizar su obra, hecha de roble y castaño y también de hierro, con el alma asturiana, lo que la dotó de una mayor autenticidad pero también redujo su proyección artística, que al final quedaría casi exclusivamente ceñida al ámbito local, con seguidores tan destacados como Pablo Maojo, cuya vivacidad pronto desbordaría el rigor estricto de su maestro.
Sería una lástima que la modestia y la indiferencia orgullosa con la que vivió Camín en sus últimos años, tanto en su Gijón natal como en su paradisíaco refugio en Valdediós, impidieran que su obra tuviera, ahora que ya no está, el reconocimiento que se merece, siendo como es uno de los principales artistas españoles de su generación y quizá el mejor escultor contemporáneo que ha dado Asturias, a la que desde luego no le sobran los modelos.

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