AJIMEZ ARTE

Crítica

Francisco Fresno

Los bueyes del arte

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Publicado en La Nueva España
 

No obedece a la casualidad que haya sido Walter Gropius, arquitecto e hijo y nieto de arquitectos, quien fundó la Bauhaus, porque la arquitectura tiene en su haber la integración de las artes, y las profesiones influyen mucho en la configuración de las mentalidades, y éstas en el desarrollo de las ideas. Sin embargo, el noble ejercicio de la política, cuando lo es, no se entiende como una profesión, sino como un servicio público prestado de forma colectiva, por relevos y con fidelidad al ideario que sustenta la razón de ser del partido político al que se pertenece, porque de lo contrario suele acabar derivando en un aberrante ejercicio de poder que tiende a utilizar lo público en sentido inverso.
En materia cultural la política debería servir para abrir cauces con amplitud de miras, dando oportunidades a los creadores para que desarrollen sus capacidades, y también para equilibrar los desajustes que se producen en el mercado al tener éste otros intereses diferentes de los esencialmente artísticos. En cualquier caso, éste debería ser uno de los aspectos diferenciadores de la política en materia cultural y artística, al justificarse sus medios y acciones como intermediación entre quienes crean los bienes culturales y la ciudadanía destinataria. Pero, desafortunadamente, no viene siendo así, ya que con demasiada frecuencia los responsables de las instituciones actúan plegados al dominio de las reglas del mercado, a sus modas y directrices y a las estrategias para formar masas consumidoras y poco críticas. Esto se confirma en el poco interés político para situar la educación en vanguardia respecto a otros avances que la dejan descolgada.
Pero, centrándonos en el motivo que anuncia el titular de este artículo, conviene poner algunas cosas en su sitio y dejar otras en evidencia. La libertad del artista cuando crea incluye un ejercicio continuo de discriminación, tanto de los medios como de la forma de disponer de ellos. El péndulo de esta discriminación alcanzó en el siglo XX síntesis extremas. La base de Piero della Francesca, de la relación geométrica y de orden entre las partes y el conjunto, se reveló esencial en Mondrian; las siluetas de las manos prehistóricas pintadas en negativo se encuentran en la afirmación de Jorge Oteiza «la presencia de la ausencia»; el blanco suprematista de Malevich, el minimalismo, la escucha del silencio de John Cage o la brevedad del cuento de Monterroso abundan en el mismo extremo.

Quienes en lo público representan a la sociedad en materia cultural pueden destinar más o menos medios a la creación artística, seguir unas políticas u otras, pero lo que nunca deben hacer, en ningún caso, es poner su carro por delante de los bueyes, utilizando la coartada de la especialización de un centro de arte para discriminar lo que a ellos no les corresponde, priorizando un tipo de soportes antes que la calidad y los contenidos. Es a los artistas a quienes nos corresponde elegir, combinar, discriminar y priorizar soportes y disciplinas para crear nuestras obras, y no a los políticos, asesores y gestores. A ellos únicamente les compete poner los medios y abrir las compuertas para encauzar y dinamizar todo el caudal artístico que aporte algo, y es en esa intermediación en la que han de ser vanguardistas, no necesariamente para llenar un centro de arte con multitudes, pero tampoco para mantenerlo como un desierto con más empleados que visitantes. Tampoco nos deben tomar a los artistas por tontos diciéndonos cuáles son los nuevos soportes de hoy. Ya lo sabemos y lo demostramos en la práctica. Lo que ocurre es que nuestra mentalidad permanece más abierta a todos los recursos que la de quienes pretenden dirigirnos poniéndonos una vía estrecha con falacias innecesarias.

La línea del centro de arte de la Laboral ni es dura ni un nervio de la vanguardia. No es dura ni va a contracorriente porque las nuevas tecnologías se encuentran en todas partes perfectamente aceptadas por todos, incluidos los artistas. Las últimas tecnologías las llevamos en el bolsillo, las tenemos en casa, las utilizamos en el trabajo y en el tiempo de ocio, en la creación, en la investigación, en la producció. Por tanto, no hace falta ni que nos las vendan ni que nos informen de sus ventajas y avances, porque ya estamos en ello. Tampoco son las nuevas tecnologías el nervio de la vanguardia, aunque sí un instrumento con grandes posibilidades, porque la vanguardia sigue encontrándose, como siempre, encima de los hombros. Por eso con las nuevas tecnologías se pueden conseguir en el arte, o fuera de él, grandes aportaciones o verdaderas tonterías y banalidades, dependiendo de quienes las manejen.

Los bueyes del arte somos más creativos que algunos políticos gastados y sus fieles. Para crear necesitamos mentes flexibles y asumir riesgos, de modo que podamos abordar lo mismo desde diferentes puntos de vista y con distintos medios, igual con un teclado de ordenador que con un bote de pintura; así es como vamos tirando del carro y llevándolo por nuevas vías. Los artistas entendemos la relación del arte con la técnica, la industria y el entorno de modo mucho más amplio. Nuestra capacidad para extrañar la realidad es la que nos permite re-descubrirla para presentarla de forma nueva y trascendente, unas veces con el aura de lo único a la que se refería Walter Benjamin y otras con las posibilidades de la reproducción y lo interactivo, sin que por ello nos encontremos en disyuntiva alguna, porque sabemos que cuando miramos en una pantalla un horizonte virtual estamos a la vez pisando otro real, considerando que el cielo baja hasta el plano de los pies.

Por ejemplo, para pisar firme no puede decirnos el director del Instituto de Inteligencia Artificial que la creatividad no existe en absoluto porque la entiende de forma operativa combinando algo que existe, tal como leímos recientemente en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA. Sus mismas palabras lo contradicen al repetir un adverbio, diciendo que un ordenador puede componer como Mozart y como Bach. Así que aprovechando el contagio de tan buena inteligencia, los artistas decimos que no creamos sólo y necesariamente con lo que prefieren Jorge, Juan y Rosina, porque la abertura de nuestro abanico artístico tiene más grados que el suyo y de lo nuestro sabemos más nosotros que ellos.

No se debería olvidar que las transparencias, las máscaras, las representaciones en 3D, el aerógrafo y las texturas para manipular imágenes digitales son inventos de los artistas prehistóricos que hace poco les piratearon los de Photoshop bajándolos de la cueva con calidad jpg+RAW. De modo que es preferible que nos dejen a los artistas discriminar lo nuestro, mientras otros, en vez de poner su carro delante de los bueyes, mejor nos complementan con más responsabilidad aplicándose de forma vanguardista y eficaz en lo que les compete, que no es poco para donde entra tan poca gente y tanto dinero público.
 

 

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