AJIMEZ ARTE

Crítica

Luis Feás Costilla

Papeles que crean vida

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Publicado en La Voz de Asturias
Reyes Díaz Blanco. Papeles que engendran color.
Galería Durero, calle Covadonga, 26 (Gijón). Lunes a sábados de 17.30 a 20.30 horas.
Hasta el 15 de diciembre.

 

Con soberbia diafanidad, Reyes Díaz Blanco practica desde siempre una pintura íntima, familiar, femenina, en la que se reflejan los motivos más próximos de su entorno cotidiano, tratados con un afecto cálido y cercano, casi maternal: bodegones de flores, interiores, jardines nocturnos pero luminosos, juegos infantiles, retratos de sus seres queridos, ya sean estos pertenecientes al pasado, al presente o, cabría decir, incluso al futuro. Su pintura emana vida y dulzura y extiende sus brazos consoladores a infinitas generaciones, tomando como punto de partida a su propia genealogía pero expandiendo su instinto protector con un alcance verdaderamente universal, gracias a una figuración resumida y esencial en la que lo que realmente importa es la transmisión de valores.
Educada en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando bajo la influencia del pintor Antonio López y la denominada Escuela de Madrid, Reyes Díaz ha sabido potenciar la vertiente más poética y mágica de su realismo, hasta el punto de que en su pintura es frecuente la presencia de ecos y apariciones, hados del hogar que no provocan miedo sino seguridad, seres fantasmales a los que no hay que temer sino acoger bien en casa, pues lo único que hacen es procurar nuestro cuidado, nuestro bienestar, nuestra sensación de pertenecer a un lugar en el mundo en el que nada sobra y nada falta y en el que nos sentimos confortables. La pintora gijonesa tiene una enorme capacidad de evocación y sugestión, que hace de su obra un surtido inagotable de emociones.
Es sabido que Reyes Díaz es una estupenda dibujante, según se puede apreciar en algunos pasteles y carbones presentes en su actual exposición en la galería Durero de Gijón. También, que es una magnifica y reconocida pintora, con una quincena de individuales en Asturias, Madrid y los Estados Unidos a lo largo de  una carrera de casi cuarenta años. Pero lo que los papeles que muestra en Durero verdaderamente revelan es que es ante todo una excepcional colorista, capaz de establecer equilibrios cromáticos de una sutileza y una exquisitez pocas veces vistas. Favorece esta impresión el hecho de que esta vez se haya tomado la libertad de trabajar casi exclusivamente con el collage, retocado con guache, lo que le ha permitido desentenderse de otras preocupaciones plásticas y centrarse en las posibilidades combinatorias de esta técnica, nueva en su carrera.

Ñeru
Los collages de Reyes Díaz, seducidos por el accidente de colocar por azar el papelito sobre el soporte y aceptar su sugerencia, sabiamente administrado por el instinto plástico de su autora, que estructura las composiciones mediante precisos planos de color, utilizan fotografías, tarjetas postales, affiches y recortes de periódicos, en su mayor parte antiguos, pues con ello consigue la pintora gijonesa uno de sus más elevados propósitos morales, evocar el pasado en tiempo presente. Las imágenes rescatan algunas de las cosas que duermen el sueño del olvido, como señala bellamente la propia Reyes Díaz en el texto del catálogo, olores apenas recordados de la infancia, hoteles de lujo situados en arcadias sólo conocidas por los libros, estancias de mansiones suntuosas irremediablemente transformadas por el funcionalismo moderno, en un ejercicio de nostalgia realmente atractivo que además no afecta a lo formal, pues los collages se mantienen dentro de lo que se espera de una artista estrictamente contemporánea e incluso le abren nuevas posibilidades expresivas, que ya se reflejan en el hermosísimo Hojas y hojas en blanco, el único óleo sobre tela de la exposición.
Todos hemos padecido alguna vez el síndrome del nido abandonado, que no sólo utiliza inteligentemente para sus fines creativos la delicada e introspectiva Reyes Díaz, sino también otros artistas más brutos y espontáneos como Vicente Pastor, que ha hecho del nido, el ñeru en asturiano, uno de los símbolos reconocibles de su también dilatada trayectoria artística, así mismo vinculada al poder de evocación de la naturaleza. Si no fuera porque está colgada de la pared, dispuesta de frente, podría leerse como un nido incluso la corona de espinas que enmarca una de las dos vídeo-instalaciones que ahora mismo presenta en la galería Altamira de Gijón junto a varias de sus características pinturas, realizadas con arenas y pigmentos sobre madera, últimamente con mucho más color. La corona de zarzas y el montón de pelo humano sirven para incubar pájaros y acoger sendos monitores en los que se ven flujos y reflujos del mar, fuente misteriosa de materia viva.

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