AJIMEZ ARTE

Crítica

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Alfonso Palacio

Pintutras de Vicente Pastor con coda para dos instalaciones

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Texto extraido del catalogo editado con comotivo de la exposición en la galería Altamira, Gijón .     

La simultaneidad es el título escogido por Vicente Pastor (Barcellina, Luarca, 1956) para designar su nueva propuesta artística. El propio creador se encarga de informarnos en el catálogo de lo que entiende por esta idea: “la coexistencia en el tiempo, ya de objetos exteriores a nosotros, ya de nuestros propios estados de conciencia”. Se trata por lo tanto de una expresión que se adapta muy bien a lo que ha sido buena parte del trabajo realizado por este versátil creador desde sus inicios allá por los años centrales de la década de 1970 hasta la actualidad: un continuo y fecundo diálogo dentro-fuera, espíritu-materia, hombre-naturaleza. Ahora bien, ese diálogo no debe entenderse nunca en sentido binario, como sucede con tantos otros artistas, ni trata tampoco de desembocar en una superación de contrarios con la que finalizar algún proceso o estabilizar categorías en tensión. Al contrario, a Vicente Pastor habría que verlo como una especie de neutralizador, en el más puro sentido barthesiano, es decir, como un artista para el que todas las expresiones que intervienen en la configuración de su poética personal, tanto desde el punto de vista técnico como conceptual, por muy variadas que en un principio puedan parecer, lo que al final hacen es reflexionar sobre un mismo tema, sin apenas fracturas ni divisiones de ninguna clase, en estado de coexistencia o, por utilizar el propio título del proyecto, simultaneidad. En este sentido, eso que es común a todo su universo, de lo que su obra ha venido hablando a lo largo de los últimos años, y que puede verse en esta muestra, no es otra cosa que la necesidad que tiene el ser humano de sintonizar con el mundo que le rodea, de reconocerse y desplegarse en él, consciente como es el artista de que de la naturaleza venimos y a ella volvemos tras desaparecer. De ahí que prevalezca siempre en su actitud hacia el fenómeno de la creación un intento no tanto de comprender o racionalizar las cosas, sino más bien de fusionarse o armonizarse con ellas. Pocos propósitos, como puede verse, tan radicales como este que inspira el trabajo del artista luarqués.

En ese empeño juega un papel muy importante una concepción espacio-temporal de largo y variado recorrido a lo largo de la historia: la del aquí y el ahora. Este principio es uno de los grandes pilares sobre los que se levanta tanto la creación como el impulso creador de Vicente Pastor, artista iniciado en el zen y asiduo cultivador de sus técnicas de meditación. Así, plenamente conectada con esta preocupación, no ha de extrañar la insistencia del artista en afirmar que su obra debe entenderse como una especie de diario íntimo en el que se van reflejando las cosas que le van pasando día a día. Esa plasmación de experiencias y de sentimientos, que en el fondo es toda obra de arte, se realiza de una manera rápida e intuitiva, si bien es cierto que va precedida de todo un proceso, dilatado en el tiempo, muy lento, de vaciamiento interior, que predispone al artista para la perfecta ejecución de la misma. Con posterioridad a su finalización, vendrá toda la labor, mucho más “sofisticada”, de conceptualización y teorización de lo que se ha hecho.

Los trabajos que Vicente Pastor expone en esta ocasión son fruto de un aquí y un ahora concretos. Todos ellos fueron realizados en el presente año en su casa-estudio de Barcellina o en sus excursiones, sólo o en compañía de su amigo, el fotógrafo Ernesto García, a las cercanas playas de Otur y Portizuelo. También son el resultado de un momento vital especial, marcado por la tristeza que lo embarga ante la posibilidad de ver a corto plazo expropiada una parte de la finca que rodea su casa, que para Pastor no es tan sólo su lugar de trabajo, sino el espacio que guarda los mejores recuerdos de su infancia. Esto ha hecho que, en este caso, a lo bello y sensual de su trabajo se una ahora el sentimiento de lo elegíaco, aunque no tanto a escala global, como podía verse hasta ahora en la obra de este artista, que se ha movido muchas veces en el terreno de la denuncia ecológica, sino más bien personal, dando lugar a unos trabajos que rezuman una cierta intimidad. En ellos el artista se presenta como alguien capaz de reabrir y en algunos casos zanjar, por medio de ese sistema de la neutralización al que se ha hecho alusión, varios de los debates que han protagonizado una parte de la modernidad y postmodernidad artística.

Efectivamente, el primero de esos debates atañe a la manera en cómo el creador se enfrenta al trabajo sobre la obra de arte. La secuencia fotográfica que se incluye en este catálogo da buena muestra de ello. Lo primero que llama la atención, precisamente, es la colocación del soporte sobre el suelo, y no en un caballete o clavado a la pared, como suele ser habitual. Es decir, el dominio de la horizontalidad sobre la verticalidad a la hora de crear. Ya Freud habló en su día de la división de la percepción en horizontal y vertical. Esta separación se produjo, según el célebre psiquiatra, en el instante en que el hombre fue ganando la posición erguida, es decir, abandonando el estado de mono y entrando en el de la civilización. Lo horizontal quedaría, por lo tanto, como un vestigio de lo animal, ligado siempre al dominio del suelo. Poco tiempo después, los psicólogos de la Gestalt, allá por los años veinte y treinta, así como Maurice Merleau-Ponty ya en la década de 1940, reforzaron esa idea que confirmaba el campo de visión como algo eminentemente vertical. Para ellos, la relación del sujeto con el mundo, su estar-en-él, habría de explicarse siempre desde un ángulo frontal-paralelo, en función de esa posición erguida, alejada del suelo, que adopta todo sujeto, y que hace del eje vertical de su cuerpo, y por lo tanto de la simetría bilateral, el factor estructurador de la percepción.

Ahora bien, Vicente Pastor parece querer apartarse de todo ese proceso civilizador, convencido como está de que la cultura no es más que una finísima capa sobre millones de años de biología, y devuelve la pintura al campo de la horizontal. Así, en su manera de trabajar, veloz, impulsiva, puede verse algo de esa animalidad a la que se ha hecho alusión. Y en ello también se aprecia un propósito claro de desublimación de las formas artísticas. Que luego cuelgue verticalmente sus cuadros en el momento de exponerlos al público quizás haya que verlo como una concesión menor. Porque el ataque a la idea de imagen, entendida en el sentido tradicional de forma creada en la vertical, que se aprecia en estas piezas del artista asturiano es evidente. Su apariencia visual, es decir, los charcos de color que se originan en ellas, las costras que se forman, la expansión del pigmento hacia el exterior o su concentración en el centro del soporte, etc., viene mediatizada por esa posición desde la que estas obras son gestadas.

Para la ejecución de las mismas el artista suele elegir, como sucede en esta ocasión, un soporte de madera. Acto seguido, mediante una brocha, Pastor dibuja unas líneas de fuerza que le sirven para estructurar el espacio. El vertido de una mezcla de arena y cola, que el pintor extiende mediante la llana, marca la siguiente fase de la ejecución. A continuación, en casos como el que se ilustra en el catálogo, el artista coge tierra, en ocasiones sustituida por cualquier otra clase de elemento orgánico, que primero filtra y luego aplica sobre la superficie del cuadro por medio de una fregona. La incorporación del pigmento con una brocha sobre esta superficie es el siguiente paso. También puede aplicarlo tras verterlo desde el propio bote, o mediante la mano, reforzando con ello el componente azaroso y de itinerario abierto que tienen la mayor parte de sus creaciones. Finalmente, Vicente Pastor se sirve del agua para mover el pigmento. Para ello, unas veces utiliza la manguera. Otras, en cambio, es la propia lluvia, tras dejar el cuadro a la intemperie, la que se encarga de realizar esa labor.

A la luz de esta explicación, se aprecia la continua interacción que en todo este proceso de ejecución de la obra se produce entre el artista y la naturaleza, hasta el punto de que esta última no sólo aporta buena parte de la materia prima que constituye la misma, sino que, de manera directa, es ella la que muchas veces llega a culminar la pieza, definiendo su aspecto final. El artista, por esa capacidad que tiene para coordinar estos elementos, se convierte así en una especie de médium, idea ésta muy del gusto de Vicente Pastor, entre el ser humano y ese entorno que lo rodea. De éste, el creador absorbería una corriente de energía que, sabiamente canalizada y condensada a través de su trabajo, debe ser capaz de hacerla llegar al espectador.

Buena parte de esa energía contenida en la obra de arte reside en la poderosa materialidad sobre la que se construyen los cuadros de Vicente Pastor. Para ellos se puede hablar de una identidad plástica marcada por el pigmento, que potencia la condición de “cosa” que tienen estas pinturas. La variedad de color en cada pieza, entendida como sustancia material, en palabras de Fried, no es muy amplia, aunque el que hay siempre pugna por desarrollarse con fuerza a lo largo y ancho del soporte. Ello es debido a la comunión física que el artista experimenta con el acto de pintar. Por otra parte, ese color no es nunca texturalmente uniforme, sino que, entre las superficies y las crestas, se distribuye en veladuras y acumulaciones de la más variada clase. Unas veces éstas serán volátiles, otras más abigarradas. Unas veces serán epidérmicas, otras más penetrantes. Ahora bien, independientemente del registro adoptado, se trata de pinturas que, por regla general, se caracterizan por la gran fluidez y frescura con la que han sido realizadas, incluso cuando las formas adoptan una especial dureza. También se singularizan por la importante sinceridad que el artista despliega sobre ellas, así como por su destacada capacidad para comunicar gran cantidad de sugerencias. En ellas, demostrando su condición de eterno experimentador, Pastor aúna geometría y formas orgánicas, planitud y gestualidad, orden y libertad.

Junto al color, es frecuente la introducción en estos trabajos, a modo de collage, de elementos extraídos del medio natural, como maderas o pequeños guijarros, así como de otros de carácter sintético o industrial, que para el caso de las piezas presentes en esta muestra se reducen, fundamentalmente, a planchas metálicas y moquetas. Aunque todos ellos refuerzan ese lado objetual que, junto al propiamente pictórico, tienen los cuadros de Vicente Pastor, el último de los citados, que se ha convertido en un habitual ya de su producción, llama la atención por la gran capacidad que tiene para absorber y al mismo tiempo reflejar la acción que el artista realiza sobre él. Y es que la incorporación de estos pedazos de realidad a la obra de arte nunca se produce preservando su individualidad. Al contrario, encima de ellos, Pastor realiza toda una labor de retorcimiento, erosión y revestimiento con pigmento, que conduce a la transformación última del mismo y a su fusión con la realidad del plano coloreado.

De este modo es como el artista logra desterrar cualquier señal de lucha o fricción entre color y objeto por la posesión de la superficie del cuadro, con lo que consigue dar solución a otro de los grandes debates que han presidido el desarrollo del arte moderno: el de la tensión entre visualidad, asociada a la pintura, y el de tactilidad, relacionada con la incorporación del objeto. Pastor recurre nuevamente a la neutralización, que no estabilización, de contrarios, para resolver este misterio, haciendo que el color, por su fisicalidad, casi mute en objeto, y el objeto, por su enmascaramiento, se transforme en color.

Al lado de la serie de pinturas que componen la muestra, Vicente Pastor presenta dos video-instalaciones. Una de ellas está formada por un monitor de televisión rodeado de cabello humano, que aporta una vez más, frente al meramente visual, el componente táctil de la pieza. El pájaro que los acompaña sería símbolo de la materia viva, expresión esta última que, además, ha servido para bautizar la asociación formada por el artista y el ya citado Ernesto García. El monitor emite una sucesión de imágenes que representan, de noche, una serie de signos dibujados por Vicente Pastor con un palo sobre la arena de la playa de Otur e iluminados por la luz de una linterna. El paso de uno a otro de esos pictogramas se produce mediante encadenados en los que alcanza una gran importancia la presencia del fuego, vinculado en el caso de este creador al realizado en la noche de San Juan, con todas las implicaciones mágicas que ello comporta. Por lo tanto, el fuego, la tierra-arena, el aire, que lo envuelve todo, y el mar, tan próximo, hacen de esta obra un compendio, a modo de cosmovisión, de la naturaleza, de los ciclos vitales que rigen su curso y de la posible intervención de la mano del hombre en ella. También en trabajos como éste, el artista se nos presenta como uno de esos “primitivos modernos”, según expresión de Fakir Musafar, que desde finales de los años sesenta han marcado una buena parte de lo mejor del arte contemporáneo, y cuya creación responde a principios primarios que pueden vehicular a través de la actividad corporal. Ésta ha sido una de las dimensiones más explotadas por Vicente Pastor en sus performances e instalaciones. Para el caso de la que aquí nos ocupa, la referencia a los diseños del hombre primitivo, con todo su potencial simbólico, resulta más que evidente. Recordemos que algunos de los criterios estéticos que marcaron, desde el punto de vista creativo, aquella etapa de la humanidad, fueron los de transparencia, superposición y simultaneidad, entendidas estas dos últimas en el sentido de coexistencia de todas las formas, en una secuencia cronológica que parecía condensar, y por lo tanto neutralizar  una vez más, pasado, presente y futuro. Esos tres elementos, de uno u otro modo, aparecen reflejados en las imágenes de que se compone esta instalación.

Además, en ella también se aprecia esa dimensión chamánica con la que a veces, de manera acertada, se ha vinculado la actividad de este creador. El chamán, el político, el agitador y el payaso, que también prolifera por nuestras latitudes, y que se hace tanto más patético cuando, incapaz de asumir su propia inanidad, trata de presentar su casi siempre estrafalario trabajo como cargado de los valores tradicionalmente asociados a los tres primeros, constituyen las distintas personalidades sobre las que ha tendido a encarnarse últimamente la figura del artista contemporáneo. Esa dimensión chamánica esta relacionada con la idea de rito; y es que algo de ritual tienen esos paseos que Vicente Pastor da por las playas, montes y bosques asturianos, realizando esta clase de trabajos, los cuales se encuentran condenados, por otra parte, a su desaparición material o, lo que significaría un paso más, a su disolución en la naturaleza. A reforzar este sentimiento chamánico viene el hecho de que el artista luarqués también crea en la dimensión sanadora que puede tener tanto el proceso de creación, en este caso dirigida hacia sí mismo, como el objeto creado, orientada siempre hacia el espectador. De hecho, Pastor ha confesado que nunca se siente más como él mismo realmente es que cuando trabaja. Lo mismo intentaría que experimentara el contemplador de su labor. Tratar de trasladar al arte la capacidad de revelar o iluminar la verdadera identidad de cada uno resulta cuando menos encomiable en estos momentos de tanta desorientación. De igual modo, con la realización de esos gestos, en este caso sobre la arena de la playa, Vicente Pastor es capaz de activar los dispositivos por los que un lugar profano adquiere una potencial sacralidad.

La segunda de las video-instalaciones representa una corona de zarzas en forma de nido, que recuerda lejanamente la que en el año 2002 Pastor instalara con motivo de Artransmedia en la capilla de la Universidad Laboral, dentro de la cual se proyectan distintas imágenes del mar. Éstas han sido captadas a través de un cilindro colocado delante del objetivo de la cámara. Se trata de primerísimos planos del mismo, que en ocasiones acaban por diluir y abstraer el motivo, otorgándole una particular belleza. Éste va variando de posición, simultaneando la horizontalidad y la verticalidad, la indefinición y la precisión, lo que elimina cualquier referencia espacial y suprime la sensación de paso del tiempo. En este sentido, el mar, motivo cambiante e inmutable al mismo tiempo por antonomasia, se desprende de cualquier rastro de dimensión local, para ganar, aún más si cabe, en universalidad y eternidad.

Todo ello es lo que ahora el artista nos presenta en su nuevo proyecto, realizado desde su hermosa atalaya situada en Barcellina, que deseamos que no sea alterada, sino respetada, conservada, incluso ennoblecida. Imposible que sea de otra manera, pues nunca es bueno ignorar que, como decía René Char, “en nuestros jardines se preparan bosques”. Y son muchos los que, en este lugar, a Vicente Pastor le quedan todavía por levantar.

 

        

 

 

 

 

 



                   

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