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Crítica

Luis Feás Costilla

Bienal de La Carbonera: todo invita al pesimismo

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Publicado en La Voz de Asturias
La desaparición de la Bienal Nacional de Pintura La Carbonera, por mera dejadez o por discrepancias internas no explicadas entre los organizadores y el Ayuntamiento de Langreo, supone en cualquier caso la pérdida de un concurso de referencia en la historia de las artes plásticas asturianas. La Bienal surgió hace nada menos que veintisiete años como cumplimiento del acuerdo adoptado por la comisión que llevó a cabo la reconstrucción del monumento popularmente conocido como La Carbonera, dedicado a Luis Adaro y Magro, situado en el parque Dorado de Sama de Langreo, obra del escultor Collaut Valera, erigida en 1918.

Esta comisión decidió, el 28 de mayo de 1980, destinar el dinero sobrante a establecer un depósito en efectivo para financiar una bienal de pintura, cuyas bases fueron presentadas el 4 de diciembre de ese mismo año, festividad de Santa Bárbara, patrona de los mineros, que a partir de entonces quedaría instituida como fecha oficial de apertura del evento. Sólo se podía enviar una sola pintura por concursante, entre las que el jurado debía seleccionar y encontrar aquellas en las que se gastarían las trescientas mil pesetas del fondo, con las que se iniciaría una colección de arte que hoy, tantos años después, constituye un valor patrimonial incalculable.

En el jurado de la primera bienal, celebrada a finales de 1981, tomaron parte el crítico Francisco Calvo Serraller y los asturianos Evaristo Arce, Francisco Carantoña, Luciano Castañón y Jesús Villa Pastur, que a partir de entonces serían habituales en el concurso. Posteriormente intervendría en el jurado gente de la relevancia de Fernando Huici, José Hierro, Antonio López, Javier Barón, Rubén Suárez, Javier Rubio, Rosina Gómez Baeza, Angel Antonio Rodríguez o Dámaso Santos Amestoy, que integrarían jurados exigentes y plurales presididos por figuras nacionales con cuyo apoyo se ha podido construir una bienal con prestigio y bien planteada desde un principio.

Bajo el impulso del infatigable Julio-José Rodríguez Sánchez, si la Bienal Nacional de Pintura organizada por la Sociedad Cultural La Carbonera de Sama de Langreo ha alcanzado trece ediciones es casi por milagro, pues ya se sabe que las iniciativas culturales privadas respaldadas por instituciones políticas suelen estar siempre pendientes de un hilo. A lo largo de estos años el resultado (como suele suceder cuando las cosas se hacen bien, con cariño y profesionalidad) ha sido desde luego apreciable y ha permitido ver juntas obras de muchos buenos pintores, algunos de los cuales ya forman parte de la historia de las artes plásticas asturianas, pero lo más interesante no ha sido tanto las exposiciones bienales en sí, celebradas cada dos año en las Escuelas Dorado de Sama de Langreo, como algunas otras derivaciones del concurso a favor del bien común.

Porque el premio que se concede en la Bienal Nacional de Pintura La Carbonera es la adquisición de algunas de las obras seleccionadas por el jurado por parte de las tres entidades públicas que colaboran, Cajastur, la Consejería de Cultura del Principado de Asturias y el Ayuntamiento de Langreo, que ha resultado ser el principal beneficiario, pues gracias a la mediación de la Sociedad Cultural La Carbonera ha podido reunir un impensable patrimonio de arte contemporáneo incrementado cada dos años y ahora al alcance de todos, en la recién inaugurada Pinacoteca Municipal de Langreo Eduardo Urculo .

Sería una lástima que se perdiera ese patrimonio, a disposición de los langreanos gracias a la donación que la propia Sociedad Cultural La Carbonera hizo en 2004. Trece ediciones de la Bienal Nacional de Pintura La Carbonera de Sama de Langreo han supuesto un pequeño milagro en una comarca industrial en declive en la que hace veintisiete años muy pocas cosas invitaban a albergar algún tipo de esperanza. Con una fe y una tenacidad realmente inquebrantables, durante este tiempo los responsables de la Sociedad Cultural La Carbonera han persistido en su empeño revitalizante. Muchas cosas, efectivamente, han cambiado, pero al parecer no se ha alcanzado del todo el principal objetivo que se habían propuesto, como era combatir el pesimismo reinante en la cuenca del Nalón, al que de nuevo invita una situación tan anómala como la que en estos días nos está tocando vivir.


 

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