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Crítica

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Juan Antonio Álvarez Reyes

Oír colores, ver sonidos

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Publicado en ABC

Playware

Varios Artistas

Labora Gijón

Hasta el 21 de Marzo de 2008

En los últimos años, una serie de exposiciones en distintos lugares del planeta (París, Washington, Liverpool, Viena, Fráncfort, Nueva York y Los Ángeles) han estudiado y reivindicado de manera ejemplar la especial y fructífera relación entre la música y la producción visual, su sinestesia. El listado de esas exposiciones, Sons & Lumière, Visual Music y Summer of Love, bien pudiera ser completado con la exposición más histórica que organizó el Museo Thyssen en Madrid y, quizás -sólo quizás-, con la que se acaba de inaugurar en LABoral, en Gijón, desde uno de sus lados más contemporáneos e introduciendo un nuevo factor: el juego que produce efectos lumínicos y sonoros mediante instalaciones interactivas y videojuegos.

Si las dos primeras fueron, de las tres citadas, de una rotundidad, efectividad y solvencia apabullantes, la tercera enfocaba con toda la intensidad necesaria una época en la que la interacción mental y las transformaciones sensoriales eran parte constitutiva de toda una producción psicodélica que no ha dejado de seguir influyendo hasta la actualidad. Sin embargo, la muestra que nos ocupa, Playware, no podría ser calificada tan positivamente como ellas, y no porque no posea una extensión considerable, sino porque seguramente le falta intención e intensidad desde el lado curatorial.

Efecto rebote. Intención, en tanto que la muestra en realidad no se centra sólo en la relación entre imagen, sonido y juego, sino que se dispersa en otras consideraciones y aspectos que diluyen la efectividad y la posible novedad de la exposición. Intensidad, en tanto en cuanto la selección de las piezas no siempre es la más acertada y porque la organización ha sido encargada a dos instituciones, Ars Electronica (Linz, Austria) y el Museum of the Moving Image (Nueva York), y no a comisarios o investigadores concretos que hubieran tirado menos de la cartera de lo ya hecho anteriormente por esas mismas instituciones y hubieran ampliado el círculo de la investigación y concentrado el ámbito de la exposición. Como muestra, un botón: de la reciente edición de Ars Electronica repiten varias obras presentes en dicho festival -por ejemplo, Freqtric Project, de Tetsuaki Baba-. Y, como hace dos semanas en estas mismas páginas se comentaba precisamente que el festival austriaco «hacía aguas por todas partes». El «modelo Linz» debería ser tenido en cuenta, por supuesto, pero ampliado con otros -desde el ZKM a Le Fresnoy, por citar sólo dos- en la definición y búsqueda de una identidad propia para LABoral.

Los mejores, los modestos. Entre algunos de los trabajos más interesantes en esa línea de asociar y combinar el sonido, la luz y el color, además del juego -este último elemento sería aquí lo novedoso de la aportación de Playware-, cabría citar especialmente obras que no son, precisamente, las más espectaculares en la disposición del montaje, pero que visualmente, al menos, están más elaboradas y que coinciden con experiencias cinematográficas experimentales de las vanguardias y con distintos «viajes» psicodélicos. Así, Mono o Neon serían algunas de ellas. Esta última bien puede ser descrita y comprendida por cualquiera que se haya dejado llevar un rato por la visualización del audio de su ordenador. Neon combina, así, las experiencias estéticas señaladas e investigadas en las exposiciones citadas al principio de esta crítica y que, por cierto, no aparecen por ningún lugar en el material editado para la ocasión.

Prueba no superada. Sólo en Rez se hace alusión a «las asociaciones sinestésicas entre colores y sonidos» elaboradas por Kandinsky. No es que aquí se quiera hacer hincapié en «la envidia cinematográfica» -al decir de Carl Goodman-, ni por supuesto en otra supuesta «envidia», la artística experimental. Todo lo contrario: a partir de las investigaciones formales y estéticas que se han recogido y revalorizado recientemente desde diversos museos y centros artísticos de experiencias vanguardistas en torno a la sinestesia de imagen y sonido, bien pudiera haberse continuado esto de manera intencionada e intensa, añadiendo la interacción y el juego -por tanto, la propia acción del espectador-. Esto es algo que no se ha conseguido porque simplemente no se ha buscado o porque no se ha tenido una constancia clara de ello. Mientras, por el contrario, se ha tendido hacia obras en gran parte amables y casi para un público infantil.

Playware es una exposición a largo plazo del nuevo centro de arte de Gijón y es la continuación de Gameworld -con la que comparte el mismo display- y la etapa intermedia de este ambicioso proyecto compuesto de tres muestras. Si la primera entrega concentró el interés mayor de los actos de inauguración, la segunda no consigue llegar a ese nivel, haciendo gala a su posición en un lugar intermedio. Homo Ludens, será la tercera y última de las exposiciones dedicadas a los videojuegos por LABoral. Esperemos del futuro, al menos, dos cosas: que recupere toda la intención e intensidad necesaria y que logre superar incluso la primera entrega. También que el centro no abandone esta línea tan necesaria y oportuna para la creación industrial del presente: aquella que aúna arte, técnica e industria del ocio.

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