AJIMEZ ARTE

Crítica

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Fernando Castro Flórez

Ni bueno, ni bonito, ni barato

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Publicado en ABC

La Laboral ha conseguido el más difícil todavía, batiendo el récord de la incoherencia en su segunda tanda de exposiciones. El título It?s simply beautiful -con la manía de darle al inglés en plan snob, que fue tan característica del marketing de ARCO- no prometía nada del otro mundo. Pero la realidad supera funestamente cualquier idea preconcebida. Se trata de una muestra pésima, con obras lamentables y un tono de desidia general inadmisible. Cinco artistas ocupan espacios inmensos en los que sus patéticas «ocurrencias» bailan la conga. Los artífices de este desaguisado son dos comisarios del mainstream, Peter Doroshenko y Jérôme Sans, que dirigen actualmente el Baltic Center for Contemporary Art, en Newcastle. Da la sensación de que son ellos las «estrellas» invitadas y de que es su autoridad -para el que se la reconozca- la que legitima estas sandeces que pasan por ser arte contemporáneo «transcultural».

«Glamour» al mando. Si bien el catálogo brillaba por su ausencia un día después de la inauguración, que incluía, de acuerdo con la ortodoxia, música techno, dj?s y otras zarandajas, lo que se podía encontrar en el dossier de prensa era, como toda elucidación teórica, un folio escaso en el que se desgranan unas chorradas superlativas. Comienzan con una pregunta que me hace recordar las del catón de la actual Documenta: «¿Cómo interactúan los términos ??belleza?? y ??cultura?? dentro de diferentes disciplinas como la Historia del Arte, la Filosofía, los estudios culturales o la Arquitectura?». De acuerdo con la lógica del sinsentido, esa cuestión es pasada por alto, no vaya a ser que las neuronas se recalienten. Una vez que se ha apuntado tan alto, parece que lo mejor es seguir sin pánico la ascensión y, así, lanzar otro desafío: «¿Cuáles son los objetivos de la cultura en un mundo globalizado? La respuesta que demos a esta pregunta determinará nuestro comportamiento como artistas y como ciudadanos». Sin dar ninguna respuesta (eso es cosa de opositores o de cretinos), los comisarios glamurosos nos recuerdan que vivimos en un mundo centrado en el individuo y, tras tamaña perogrullada, no tienen pudor en afirmar que su exposición «despeja algunas de las sutilezas del concepto de belleza», para lo que recurren a un grupo de creadores internacionales (esto es, a cuatro artistas semidesconocidos procedentes de los cuatro puntos cardinales del mundo global y a un asturiano, Carlos Coronas, que cubre la cuota «local») que tendrían no se sabe qué clase de «compromiso».

Ver para creer. Hay, de verdad, que ver para creer, porque cuando uno recorre las excelentes salas de La Laboral, sin necesidad ni siquiera de administrarse esta píldora pseudoteórica que acabo de picotear, pasa, sin peaje, de la estupefacción a la más intensa indignación.

Mark Titchner monta una gran pancarta mural con la frase «El trabajo es amor en estado sólido», que no es otra cosa que una parida semejante a decir que «el amor es solidez y trabajo líquido», para disponer, en la sala contigua, un vídeo que es una mezcla de lo insulso y lo desproporcionado. Surasi Kusolwong parece que pretende criticar la influencia de Occidente sobre la cultura oriental -concretamente sobre Tailandia- y, para ello, ha montado un batiburrillo demencial: en una pared llena de luces circulares incluye fotografías de acciones de Matta-Clark y Nauman; al fondo, una piscina de barro, en la que se desarrolló una lucha entre unas mujeres el día de la apertura de la cosa junto a un piano de cola. Y, en un cuartito asfixiante, un montón de parafernalia militar; todo ese «camuflaje» no dice en realidad nada, a no ser que nos quiera llevar a la simple asunción de que somos unos memos y tenemos que ponernos como disfraz apropiado una de las cabezas de burro que están colocadas sobre un pedestal. El francés Fabien Verschaere ha rodeado un ring con dos figuras grotescas con una greca graffitera y, por lo menos, declara que su mundo es pura fantasía: «Crees que tocas, pero en realidad no estás tocando nada».

En la planta baja, Dzine presenta piezas que revelan una gran incoherencia, desde un triciclo tuneado hasta unas pinturas multicolores que son de un ornamentalismo casposo. Carlos Coronas, que es un artista sensato y nada asiduo a estas «celebraciones», se deja llevar por la pendiente de la bobada y, así, coloca, bajo una de sus instalaciones de luces fluorescentes -cercanas, no cabe duda, a las propuestas de David Batchelor-, un castillo que remitiría al «aspecto posible de la utopía». Da pena este fenómeno de «psicastenia legendaria» (camuflaje adaptativo ante el carácter desrealizante del espacio), que manifiesta que la llamada a filas del cuerpo curatorial hace que claudiquen incluso aquellos que son la periferia tratada desde la típica «superioridad» colonial.

Naufragios creativos. Es bastante decepcionante que un proyecto como el de La Laboral, que surge para ocuparse de las nuevas tecnologías y la creación industrial, abandone sin ninguna explicación su línea programática (perfectamente encarnada por Feedback, una de las exposiciones inaugurales), para hacer una muestra carente de todo rigor, con artistas de una ineptitud tremenda, salpimentada por unos comisarios que están en la línea hegemónica del «pensamiento sensitivo», esto es, en la completa deserción crítica. Al menos en el Palais de Tokyo, Sans, de la mano de Bourriaud, preparaba un potaje con más elementos, intentando salvar con el ludismo acumulativo el aburrimiento de fondo, buscando «relaciones», aunque éstas fueran las más banales. La simpleza de las deposiciones «artísticas» que ahora pueden contemplarse en La Laboral no hacen ni reír; todo lo más, dan pena. Es normal el naufragio de estos creadores, por otro lado nada brillantes, en un lugar que no les corresponde en ningún sentido, ni por la escala, ni por la vocación (repentinamente olvidada) del centro. «La muestra -leo en la última frase del dossier de marras- aspira a plantear interrogantes tan acuciantes como qué es belleza, su importancia dentro de nuestra existencia cotidiana o la capacidad de las obras de arte bellas para elevar el espíritu del espectador».

Abuso de la belleza. No puedo pensar ni por asomo que se crean lo que escriben, aunque sea estas escasas líneas. Porque esos comisarios espabiladetes no son tan estúpidos como parecen. Puede que ignoren lo que Danto ha escrito sobre el abuso de la belleza, sobre todo desde el momento en que lanzan preguntas de tanto calado desde las alturas del curatorial business class. A lo mejor la respuesta era el mismo título: It?s simply. Para todos los que busquen algo más que barro estetizado y utopías parvularias, esta «belleza» les estará vedada. La única esperanza que puede surgir de este patinazo es la de que estos vendedores de humo (Doroshenko y Sans, de los que anhelamos leer más trivialidades) hayan pactado una devolución de la jugada en el Baltic y, así, cuatro artistas asturianos y un buen chaval de Newcastle podrán desfogarse allí y ponerse, aunque sea por quince minutos, el disfraz del asno global.
 

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