AJIMEZ ARTE

Crítica

María Elena Palmegiani

Lo más intimo de la Naturaleza

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Cristóbal Rovés (Oviedo 1959) se dedica a la fotografía desde 1977, empezando su formación como autodidacta y manifestando, desde el primer momento, un carácter creativo y experimental, como demuestran algunas de sus primeras fotografías, muchas de ellas centradas en el cuerpo humano y en su fuerza expresiva. Algunos de sus primeros trabajos recuerdan a la obra de John Coplans (1920-2003), en cuanto al tratamiento formal de la anatomía y la atención a los detalles, sin ser autorretratos como en el caso del londinense. También un reportaje, realizado en 1995 en Venecia durante el Carnaval, demuestra que el fotógrafo asturiano es capaz de alejarse de convenciones y estereotipos, dando de la ciudad una imagen personal y desenfadada, sin caer en lo retórico.
Tanto en los bodegones como en los retratos, en los cuales Rovés destaca especialmente, se percibe la profundidad de su mirada que, yendo más allá de lo convencional, explora las sensaciones y las emociones más íntimas.
Entre sus obras, hay que resaltar las emulsiones, que engloban una amplia gama de temáticas, en las que el fotógrafo empieza a trabajar a partir de finales de los años ’90. Extendiendo la emulsión con una brocha y positivando, obtiene una imagen fotográfica irregular, caracterizada por un “non finito” de referencia gráfica. El deseo de manipular la imagen fotográfica, está latente y se manifiesta ya en estos años, durante los que Rovés investiga también acerca de los soportes, emulsionando indistintamente sobre papel de grabado, papel vegetal o, incluso, cristal: las imágenes se hacen evanescentes, los contornos se difuminan.
En 2000 hace sus primeras incursiones en la pintura retocando las imágenes con intervenciones cromáticas que resaltan los contenidos de sus fotografías. Es en esta época que empieza a interesarse en el uso del acrílico aplicado a la fotografía y es en la exposición personal que realiza dos años después en la Galería Nogal (Oviedo), cuando expone por primera vez sus fotografías pintadas con esta técnica.
Un accésit en el Certamen Internacional de Fotografía “Ciudad de Oviedo” constituye el primer reconocimiento oficial, sin embargo, es solo en 2007, con ocasión de la XXXVII Edición del Certamen Nacional de arte de Luarca, que se le reconoce como una pieza del panorama artístico asturiano. No obstante se haya presentado más veces al Certamen, y a pesar de que sus obras fueron seleccionadas en tres ocasiones, ha sido solo ahora, en esta edición, que la fotografía “Sin título” (109 X 119 cm.), le ha permitido recibir el premio «Cajastur», (mientras que el premio «Ayuntamiento de Valdés» ha ido al avilesino Benjamín Menéndez por el cuadro “El principio de un sueño”).
Un premio merecido, este que se le ha otorgado al fotógrafo asturiano, que, con la sensibilidad de su objetivo, añade valor al contexto artístico regional, contribuyendo al reconocimiento de una disciplina como la fotografía, no suficientemente valorada en Asturias.
En la obra ganadora, Rovés deja que unas espigas, protagonistas absolutas, impongan sus siluetas sobre el cielo, agitadas con fervor por el aire que las sacude. El formato casi cuadrado de la fotografía otorga a la obra un carácter estático y sereno que contrasta con la fuerza y la vivacidad de las manchas rojas, en la parte inferior; en efecto, observamos como la imagen conserva su fuerza, lo que dinamiza el espacio y mantiene en tensión la obra.


En la presente exposición, que se celebra en Luarca para luego viajar al Centro de Arte Moderno Ciudad de Oviedo (CAMCO) y finalmente llegar hasta Madrid, se encuentran también algunas de sus primeras obras pintadas con acrílico, y que constituyen unos de los resultados iniciales obtenidos por el fotógrafo en sus investigaciones acerca del color y la luz (entre ellas, cabe destacar “Verdicio”, del 2000).
Las fotografías que Cristóbal Rovés ha reunido para esta exposición pertenecen a una serie dedicada a los paisajes: el fotógrafo se para a observar lo que pasa inadvertido, centrándose, a veces, en los detalles, otras en la totalidad, desestabilizando al observador que puede llegar a perder referencias visuales. Algunas de sus fotografías, incluso, rozan la abstracción, recordando grafismos orientales; es el caso de la serie “Monte quemado”, cuyos elementos vegetales recuerdan las pinturas sumi-e. El protagonismo absoluto de la naturaleza se observa también en la presencia discreta de personas que, aunque aparezcan en alguna obra, no son más que figuras secundarias. 
En el proceso de realización de estas obras, cabe destacar el carácter experimental y el uso de las tecnologías digitales en contraste con el tema paisajístico: Rovés nos ofrece un pretexto para reflexionar sobre arte y naturaleza, naturaleza y tecnología digital.
Las fotografías de Rovés no copian ni reinterpretan la naturaleza, sino buscan lo más íntimo de ella; ahondando en su alma él consigue alejarse de la contaminación urbanística, buscando el contacto, a solas, con el elemento natural. De ahí, su pasión por Lanzarote y las playas asturianas, emblema de una naturaleza primitiva e incontaminada, salvaje y pura. La tecnología, en este contexto, tiene una importancia fundamental, no tanto como punto de partida, sino como medio para experimentar y encontrar la manera para que la imagen fotográfica, ya sugestiva de por sí, cobre aún más fuerza, y permita al fotógrafo transmitir la esencia, alcanzando lo más íntimo de la naturaleza. Todos los trabajos expuestos, están tratados digitalmente y Rovés nos demuestra que el tratamiento digital de unas imágenes paisajísticas no aleja del elemento natural, sino acerca al mismo: naturaleza y tecnología se funden en el lenguaje artístico.
Incluso allí donde la naturaleza nos sobrecoge, nos encontramos con los mensajes más íntimos e introspectivos, como pasa en la fotografía “Xagó 1”, una de las pocas presentes en la exposición que no han sido intervenidas con pintura acrílica, y en la que Rovés nos muestra una naturaleza al limite entre lo salvaje y lo poético, lo infinitamente grande y lo increíblemente pequeño.
El procedimiento que el fotógrafo asturiano sigue es laborioso y paciente, puesto que pasa por diferentes fases y recursos. El punto de partida es casi siempre la fotografía tradicional (usa el formato 6X6 y 4X5 pulgadas) a cuya poesía no quiere renunciar fácilmente; la foto revelada es, en un segundo momento, digitalizada y, convertida en un documento en formato TIFF (Tagged Image File Format).
A partir de este momento, empieza a realizar pruebas de color con Photoshop, encontrando combinaciones cromáticas adecuadas sin que, en ningún momento, el color prime sobre la fotografía, sino buscando el perfecto punto de convergencia entre color e imagen. En esta etapa del proceso, el fotógrafo va a la búsqueda de un equilibrio, estudiando con detenimiento los colores y dejando que la naturaleza siga hablando por si misma. Las intervenciones pictóricas son, para Rovés, un complemento a la imagen fotográfica, la cual es “ratificada” por el color que hace hincapié en las líneas y los volúmenes, en las luces y las sombras, elementos que, a veces, subyacen callados en los paisajes. Lejos de quitarle protagonismo a la fotografía, la pintura va a resaltar la imagen, sin recurrir a elementos efectistas sino remitiéndose a lo puro, a lo esencial.
Una vez elegidos los colores y la modalidad de ejecución, (a veces prefiere pintar manualmente, otras deja líneas sutiles realizadas al ordenador), encarga la impresión digital con tintas pigmentadas sobre papel de acuarela de 300 gramos. La fotografía se convierte, entonces, en el soporte sobre el cual realiza las intervenciones cromáticas, trabajando texturas y colores. El momento de la aproximación física, en el que el fotógrafo se mancha con la pintura, es necesario en esta serie de obras, porque responde a la inquietud de Rovés de entrar en contacto con sus fotografías, buscando aquel carácter informal que los colores arenosos y matéricos sugieren. En la fotografía “Xagó 3”, por ejemplo, se observa como el brochazo naranja dialoga con la naturaleza estructurando el espacio, dándole fuerza y carácter, reincidiendo en la poderosa luz del atardecer y, sobretodo, poniéndole alma a la pura imagen. De este modo, el objetivo de la cámara de Rovés, que ya en sus primeras obras había demostrado predilección por las visiones sujetivas, nos acerca al núcleo, recordando mensajes ancestrales y profundos.
El uso de algunas fotografías en blanco y negro como deseo de eliminación de la información de colores, le permite definir el trabajo pictórico de manera absolutamente autónoma e independiente, dejándose llevar solo por la poética del color y la sintonía que esa crea con la imagen fotográfica. Su sensibilidad y sus inquietudes son soberanas en esta elección, como es el caso de la foto “Xagó 4” dominada por unos cuadrados que, por su rigor geométrico, contrastan con la espontaneidad del paisaje, y que quizás quieran ser una reflexión acerca de la especulación edilicia o, más en general, acerca de todo lo que puede llegar a amenazar una naturaleza incontaminada. El paisaje nos llega, a través de la cámara de Rovés, en su estado primigenio y sumido en el silencio; una vuelta a los orígenes acompañados de la mano de la tecnología digital, un viaje hacia lo más íntimo de la naturaleza.

(Publicado en “Cristóbal Rovés. Premio Cajastur”, catálogo de la exposición itinerante del XXXVII Certamen Nacional de Arte de Luarca.
Luarca – Oviedo – Madrid, 2007).


 

 

 

 

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