AJIMEZ ARTE

Crítica

Antonio Alonso de la Torre García

Enrique Álvarez de Celis expone en la Casa de Cultura de Avilés su último trabajo: “Lo que veo”

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El joven Enrique Álvarez de Celis (Oviedo, 1990) se aproximó al ambiente artístico a través de la Asociación Marbás de Llanera, dirigida y coordinada por el dinámico artista Jaime Rodríguez. Con sólo diecisiete años, y a punto de iniciar el bachillerato, Enrique ya ha sido seleccionado en la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias 2006 (Héptasis, 06+1) y también en la XIII Bienal de Pintura de la Carbonera en el año 2005. Esta exposición en Avilés es su primera individual. Con anterioridad ya había expuesto junto a otros artistas en varias localidades asturianas, como Avilés, Siero, Degaña o Sotrondio. En este tiempo de formación ha experimentado técnicas, texturas y colores y actualmente opta por la pintura para llevar al lienzo, con sensibilidad, aspectos de su entorno que observa y le preocupan.

A la temprana edad de los diecisiete años suele estar muy presente la excitación de ver y de sentir; sobre todo cuando se vive en un medio en continua transformación. La vida de Enrique Álvarez de Celis ha transcurrido entre los límites de los concejos de Llanera y Siero, un espacio que se ha transformado enormemente en los últimos años. Enrique ha visto como, en poco tiempo, el asfalto, las urbanizaciones, las gasolineras y las grandes superficies arrinconaban el paisaje rural que él había disfrutado en su infancia.

La serie que ahora podemos ver es la culminación de un largo proyecto desarrollado en los últimos dos años. En este trabajo el artista dialoga con su entorno, tratando de desvelar su particular visión sobre la confrontación entre lo natural y lo artificial. Enrique habita un lugar en el que es fácil plantearse la diferencia entre lo que necesita de la intervención del hombre y aquello otro que no es más que un abuso por su parte. El interés de gran parte de la población tal vez no justifique la destrucción de pequeños y hermosos paisajes, sobre todo cuando se está ligado emocionalmente a estos rincones que encierran íntimos secretos insustituibles.

Para expresar su reacción ante las circunstancias del medio que habita, Enrique se centra en dos conceptos claves: el territorio y la indagación personal que conduce a una toma de conciencia sobre la realidad. El punto de partida en su trabajo son fotografías obtenidas de la prensa local. Le llaman la atención imágenes de la ciudad, con carreteras, edificios, fábricas..., pero sobre todo los lugares que suponen una intromisión urbana en ambientes rurales. Símbolo de este conflicto, tantas veces mal resuelto, pueden ser los coches estrellados que recorta de los periódicos y protagonizan alguno de sus cuadros.

El procedimiento de trabajo consiste en colocar sobre el lienzo la pequeña imagen escogida y extender látex por encima. Al secar se levanta el papel de periódico con una esponja húmeda y de este modo queda la impresión en la tela. A partir de esta intervención Enrique desarrolla el cuadro. La imagen es pintada en algunas zonas, sobre todo aquellos rasgos que quiere resaltar. De este modo se marca un núcleo originario que Enrique expande intuitivamente por el resto del lienzo por medio de colores apenas mezclados y tiza blanca. En el resultado final se observa la imagen que sirve de embrión y a partir de la cual se expanden líneas y colores que integran toda la obra. El cromatismo potente y contrastado refleja el ritmo frenético de un paisaje y de unas formas de vida en transformación. Los “paisajes” resultantes expresan una realidad cambiante que armoniza con la composición dinámica de la obra. Pero junto a este vigor las obras poseen la delicadeza propia de quien siente y aprecia estos lugares como propios. Esto último se observa sobre todo en algunos de ellos, en los que utiliza colores más suaves y parte de elementos naturales, como árboles o jardines, que reflejan el necesario equilibrio que debe haber entre las exigencias del medio y las exigencias de las personas que viven en él.

Los cuadros de esta serie titulada “Lo que veo” suponen una yuxtaposición de elementos transformadores del paisaje. En su conjunto aportan una peculiar perspectiva del cinturón suburbial en que se está convirtiendo el centro de Asturias. Pero esta obra no muestra únicamente la acumulación de novedades materiales que se observa en estos lugares; también se denuncia el desplazamiento físico que supone para estos sitios la circunstancia de pasar de tener carácter propio a ser periferia, y también hay un desplazamiento temporal que conduce de la tradición a la postmodernidad. Ante estos hechos es necesario tomar conciencia para asimilarlos. Por todo ello la obra de Enrique Álvarez de Celis es una de las reflexiones artísticas más interesantes, tal vez la única, acerca del proyecto de la nueva Ciudad Astur en que se está convirtiendo el triángulo físico entre Avilés, Gijón y Oviedo; un lugar que inevitablemente quedará plagado de espacios intermedios que no se sabe muy bien a qué se verán relegados. Los intersticios de esa zona son ya periferias donde se superponen elementos: tractores con autopistas, casas de aldea con adosados, huertas con grandes superficies comerciales, gallinas entre vallas publicitarias... una convivencia curiosa, un trasiego continuo. Es lógico que surjan dudas sobre este proceso y que todas estas vacilaciones aumenten cuando empiezan a conocerse o a sospecharse las vinculaciones económicas existentes entre el poder y las empresas. Los deseos de los despachos no suelen coincidir con las realidades del colectivo que habita esos lugares y que se ve sentenciado a adaptarse a un progreso desnaturalizador.

En la obra de Enrique se valora y se estima el espacio cercano y los valores humanos que lo hacen habitable, se combina velocidad y sosiego y logra remitirse a realidades del presente, del pasado y del futuro. No es la adolescencia edad de certezas, pero sí es tiempo de reflexión y de formar criterios propios. En estos lienzos se puede apreciar mucho más que lo que se ve con los ojos. Tras ellos hay historias cercanas de fracaso y desorientación junto a ambiciones lejanas de triunfo y poder. Y en medio de esta bipolaridad estarían por un lado la propaganda invasiva y por otro las auténticas necesidades de las personas que habitan un lugar. En cualquier caso este trabajo de Enrique Álvarez de Celis refleja una vez más que la creatividad puede desarrollarse en cualquier parte. Estos cuadros se nutren de tradiciones y cotidianidades locales que se ven fagocitadas por aportes globales vestidos de modernidad.

Analizar la realidad más próxima, como hace Enrique, ayuda a la transformación interior que todos necesitamos para adaptarnos a un medio que se modifica de continuo. Con su trabajo creativo el artista madura al mismo tiempo que protagoniza un reencuentro con la naturaleza, los rincones o los recuerdos de su infancia. Pero también al pintar asimila las adaptaciones o intromisiones que toda persona sufre de modo inevitable. Al igual que le sucede a los lugares que habitamos nuestra transformación es continua. Es así como este joven recrea un diálogo interior entre el paisaje y la realidad actual pero también entre su propio pasado y presente. Estos cuadros reconstruyen el paisaje que habita, y a través de la percepción, la imaginación y la afectividad renueva también su propio ser.

Es un signo de madurez representar el mundo como se conoce y siente y no limitado a como se percibe. A través de esta obra podemos acercarnos a lo que hay detrás de la cambiante superficie de las cosas, distinguir lo que es una realidad esencial y duradera de lo que no es más que apariencia accidental o un juego de intereses. Y esto vale para el paisaje y para el paisanaje.


 

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