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Crítica

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Jaime Luis Martín

Cementerio femenino

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Patricia Vázquez (Gijón, 1981), licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, completó sus estudios con el escultor George Lappas en la Fine Arts School of Athens. Obtuvo, con su hermana Carmen, el primer premio «Un espacio en un espejo» (sala Lai, 2006). Ha quedado seleccionada en diversos concursos y expuesto su obra en diferentes muestras colectivas como Aula de Cultura de Algorta, sala BBVA de Bilbao o galería Catálogo General de Bilbao, por citar algunas de las más significativas. Para su exposición en la Casa Municipal de Cultura de Avilés, ha fabricado unas sorprendentes esculturas que ponen de manifiesto una situación social que condena a la mujer a la sumisión o la convierte en objeto de violencia.

Este universo femenino forma parte de un imaginario crítico en el que destacan las figuras extrañas de las mujeres-ataúd y las mujeres-perro, estas últimas atadas con un collar de perlas, exhibiendo su condición sumisa respecto a la autoridad masculina. Realizadas en material blando, a modo de cojines o almohadones, combinan la monstruosidad con lo familiar, provocando efectos inquietantes. En las mujeres-ataúd se realiza una aproximación a la identidad y a la muerte, dos términos que bien pueden asociarse a la violencia de género tan presente, vergonzosamente, en la sociedad actual. Pero en este discurso, ajeno a los aspectos más escabrosos, la estética se resuelve con una mirada ingenua, casi infantil, que contrasta con el tétrico motivo. Ya no se trata de un pensamiento binario -femenino, masculino- sino de aproximarse a los aspectos más trágicos de la diferencia, una oposición subrayada todavía por el dominio tradicional del hombre con consecuencias, en algunos casos, mortales. Este planteamiento de género tiene como resultado una sencillez en la propuesta estética que se sirve de elementos cotidianos y de desecho para realizar las esculturas. Así, a los ataúdes, realizados en cartón, se sobrepone una tapa de tela, rica cromáticamente, sobre la que se cose un rostro con diferentes expresiones, muecas de dolor, gestos de apatía, halos de coquetería, rictus de soledad.

Refuerzan esta idea femenina los materiales empleados -manteles, hules, cortinas- que se enmarcarían dentro del ámbito de lo domestico. En esta subjetividad todo se aprovecha y «si hay algo -como señala Silvia Herrera en los «Papeles Plástica»- que caracteriza las esculturas de Patricia Vázquez es la preferencia por la heterogeneidad de la materia prima, la utilización de materiales de desecho o de muy escaso valor, las técnicas y los procesos vinculados con la costura y labores femeninas». Ciertamente, la puntada violenta y tosca es una de las notas más singulares de estas esculturas construidas como un collage, hilvanando fragmentos -el cuerpo, la cara, los pechos- pero sin el primor de la modista y más bien con la urgencia de quien cose una herida.

Patricia Vázquez ha construido un sistema ideológico, un cementerio repleto de ataúdes femeninos que suscitan una mirada crítica y provocan un revulsivo en las conciencias. Su apuesta lúcida, que insiste en la dicotomía dominador/dominado, se resuelve en una instalación que nos hace percibir el arte como algo más que un objeto decorativo, logrando con su propuesta hacernos sentir y pensar

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