AJIMEZ ARTE

Crítica

Luis Feás Costilla

El otoño no dura tanto

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EXPOSICIÓN: Noé Baranda. Carelia: Aquí el otoño no dura tanto.
LUGAR: Sala Borrón, calle General Yagüe 3 (Oviedo). Lunes a viernes, de 11.30 a 14.30 y de 18 a 21 horas. Sábados, de 11.30 a 14.30 horas.
FECHA DE CLAUSURA: 28 de abril.

Cada lugar, con su delimitación precisa de coordenadas geográficas en latitud y longitud, experimenta de forma distinta los ciclos naturales. Aunque ahora parece que todo esto está cambiando, y ya no se puede predecir con tanta exactitud como lo hacía Clarín en La Regenta el paso de las estaciones en Asturias, por ejemplo, no sería faltar a la verdad decir, sin ir más lejos, que Madrid, en su concreta localización espacial, apenas tiene primavera (brota muy rápido y enseguida da paso al verano y al calor) y sin embargo presenta unos largos y bellísimos otoños, que se disfrutan intensamente en la ciudad más poblada de árboles de Europa. De los países nórdicos, que tienen ese verano tan peculiar, con el sol de medianoche que nunca se hunde en el horizonte, se puede decir por el contrario que los otoños (también hermosísimos, en una apabullante naturaleza sin nadie) no duran tanto, y sin apenas solución de continuidad se sucede un invierno escalofriante de noche eterna.
Esto es, se supone, lo que sucede en Carelia, un área geográfica determinada, entre Finlandia y Rusia, a la que el fotógrafo gijonés Noé Baranda ha viajado recientemente para depurarse, después de un tiempo trabajando sobre la figura humana y el paisaje enfermo, en series como Standby (2002), Soledades habitadas (2004) o Los hombres huecos (2005), compuestas por fotografías de personas perdidas en la encrucijada, conscientes de su propia vida y de su propia muerte, en palabras del propio artista. Técnico superior de fotografía por la Escuela de Artes de Oviedo, el joven Baranda, que dirige su propio estudio en Gijón, en el que se dedica a la fotografía publicitaria y el diseño gráfico, cuenta ya con un amplio currículum, con siete exposiciones individuales, innumerables colectivas y premios y selecciones en el Salón Nacional de Fotografía, la Beca Al Norte, el Premio Astragal o la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias, así como en el Festival de Cine de Gijón, en el que pudo exhibir Fábrica de nubes (2002), el tercero de los cinco cortometrajes que ha dirigido hasta el momento y que le muestran como un creador inquieto, dispuesto a aprovechar todas las oportunidades que le ofrece un medio bien conocido para él como es la imagen, estática o en movimiento.
QUE CAIGAN LAS HOJAS
En su serie más reciente, influida por la finlandesa Aino Kannisto y que ahora presenta en la Sala Borrón de Oviedo, Noé Baranda se muestra como un fotógrafo nada frío, con una obra de cuidada presentación, cada vez más madura y con unos códigos progresivamente autosuficientes, algo a lo que sin duda contribuye su marcada intención narrativa. Su serie sobre Carelia cuenta el transcurrir de una jornada, desde el amanecer hasta ese extraño instante que los campesinos mallorquines y catalanes llaman l’hora baixa, el último momento del día, en el que el sol se acaba de poner pero la luz crepuscular todavía refulge por el horizonte, en que todo se vuelve silencio, los pájaros callan y empiezan a encenderse las primeras luces artificiales. Es una hora esencialmente melancólica, que ha inspirado a músicos, poetas y pintores y a Noé Baranda le ha proporcionado material para sus mejores fotografías, con las que cierra en azul su actual exposición.
Pero la serie también cuenta otra bella historia, como es la del amor que el fotógrafo siente por su modelo, a la que ha acechado en bosques, lagos y embarcaderos. En su visible propósito depurativo, al que contribuye sin duda los deshumanizados paisajes nórdicos, a Noé Baranda todavía le falta una última purga, como es la de exudar el exceso de miel (con o sin luna), no tan presente en las fotos (perfectas de contenido) como en los textos y las justificaciones que les suelen acompañar. En este caso, las sentencias a modo de título, debidas no a la pluma del propio Noé sino a la de su padre, Pablo Baranda, bienintencionadas y pertinentes en la mayor parte de las ocasiones, pero también algo excesivas y a todas luces innecesarias. El arte siempre supone un complicado juego de equilibrios entre figuración y abstracción, entre significación y silencio, entre arte y estética. En determinados momentos, las tendencias se han decantado claramente hacia alguno de esos extremos, intentando superar dialécticamente las dicotomías, sin percatarse de que lo que se trata es precisamente de mantener esa polaridad, diversa y plural, pero el debate ha servido al menos para quitar algunas excedencias, y el artista actual debe saber dejar caer las hojas que le sobran.

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