AJIMEZ ARTE

Crítica

Roxana Popelka

Una lúcida y arriesgada propuesta conceptual en la 52º edición de la Bienal de Venecia

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 Para cualquier artista la posibilidad de estar seleccionado en la Bienal de Venecia, uno de los eventos artísticos internacionales más destacados, supone un prestigio profesional así como una plataforma de proyección internacional incuestionable. Dos de los artistas escogidos para esta ocasión por el comisario y crítico de arte Alberto Ruiz de Samaniego, encargado del pabellón español en esta 52º edición, merecen esta acertada elección con creces. Se trata de una apuesta valiente por el dúo performático Los Torreznos  compuesto por Rafael Lamata (Valencia, 1959), y Jaime Vallaure (Oviedo, 1965). Dos artistas con una dilatada e inusual trayectoria en nuestro país dentro del campo de la desconocida y olvidada performance.
El encuentro entre ambos, a principios de los años 90, en el emblemático taller de creación impartido por el artista Isidoro Valcárcel Medina en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, supuso el inicio de una fructífera colaboración por caminos poco transitados tanto de propuestas de creación experimental, como de investigación y gestión artística.
Será en el año 1998 cuando decidan crear La zona de acción temporal, un proyecto artístico concebido como espacio abierto a todas aquellas iniciativas artísticas experimentales. Dos años más tarde con Circo Interior Bruto, propician una labor de creación colectiva basada en la presentación de  diversas piezas escénicas. Con estas propuestas no sólo pretendían abrir nuevas vías de investigación dentro del ámbito artístico, sino generar un núcleo de experimentación alejado de los circuitos estrictamente comerciales.  Paralelamente a estas actividades, Rafael Lamata y Jaime Vallaure  venían realizando un trabajo conjunto, aunque será con motivo de una invitación a Canadá cuando estos artistas madrileños se planteen volcar sus energías en torno a una labor de creación performática. Así nacen Los Torreznos, (nombre que toman del conocido aperitivo madrileño consistente en cortezas de cerdo fritas.)    

La práctica de la performance como forma de expresión artística,
se enmarca dentro de la corriente de movimientos corporales contextualizados en los años sesenta que surgen con una clara intención de ofrecer una alternativa a las tradicionales formas de concebir el arte y la cultura. Uno de sus fundamentos más relevantes es la eliminación de la obra de arte como objeto y soporte, promoviendo así una participación por parte del espectador. En este sentido, el trabajo de Los Torreznos entronca con la concepción original de esta disciplina ya que en sus, hasta ahora, once piezas presentadas en distintos festivales y eventos artísticos, tratan de ofrecer una experiencia que se haga extensiva al espectador. Bajo la premisa de la síntesis buscan la simplicidad utilizando los mínimos recursos escenográficos posibles; una silla, una mesa, un pañuelo, etc. Es su presencia la que se convierte en el elemento identificativo de sus trabajos. Su intención no es otra que comunicar de forma directa con el público- y lo consiguen-,  para ello adoptan como eje vertebrador el humor y la ironía, en ocasiones con un tono no exento de crítica. En sus acciones abundan temas universales como la cultura, el tiempo o las emociones.
Para este dúo artístico el campo de la performance es muy amplio y actualmente se corre el riesgo de caer en un nivel críptico difícilmente asimilable por el público. Lo importante, opinan, es realizar un esfuerzo y clarificar el mensaje a través de la intensidad que llega a proporcionar el trabajo en directo. No les preocupa que sus acciones puedan ser calificadas como teatrales, lo importante para Los Torreznos no es tanto el territorio artístico en el que te muevas, sino que dejes de explorar e investigar .
El proyecto que preparan para la Bienal de Venecia, que se inaugurará el próximo 10 de junio,  consiste en cinco acciones presenciales y tres piezas de vídeo, así como una de audio. Los dos artistas consideran que su trabajo ha sido seleccionado porque encaja en la propuesta del comisario, a saber, por un lado Alberto Ruiz de Samaniego parte de la idea positiva de la hibridación de las prácticas artísticas contemporáneas, y por otro, de un postulado nietzscheano que viene a encarnar un cierto optimismo vital, en palabras del comisario: “ante el desierto de lo real conviene responder, nietzscheanamente, con la alegría del suceder, restaurar el fulgor del vértigo, de lo inaudito”.  Es en ese territorio donde cobran significado las propuestas de Los Torreznos al saber comunicar no sólo una profunda emoción, sino una experiencia estética consiguiendo que su trabajo, realizado desde el esfuerzo, se sitúe en una posición comprensiva, y permitiendo que sus planteamientos conecten directamente con el público. Una tarea nada desdeñable para los tiempos artísticos que corren.

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